domingo, 24 de abril de 2011

PRIMER CAPÍTULO DE TRES NOVELAS (fragmentos)


EL MEDALLÓN DE ORO DE COLÓN

SEVILLA - ESPAÑA

JUEVES


El paso que llevaba el padre Camilo Eguiluz era de largo aliento. Y no podía ser de otra manera para él, acostumbrado no sólo a correr las maratones de Boston, Londres y Berlín, sino a participar al menos una vez al año en alguna de las exigentes competencias de triatlón, como la realizada en Niza. Desde muy joven, quizás desde antes de los doce, el religioso español había descubierto que la natación, el ciclismo y el atletismo, les serían tan importantes como la oración.
Había salido en punto de las diez de la Iglesia de San Pedro, donde oficiaba como acólito del padre Agustín, para tomar al trote las calles Laraña y Alfonso XII, que lo llevaron a la margen izquierda del Guadalquivir. Como era su costumbre, el corpulento franciscano se enrumbó en dirección de la Ronda de Circunvalación SE-30, que envuelve a Sevilla como una gigantesca anaconda gris. El circuito callejero de unos veinte kilómetros, que recorría al ritmo de un atleta de elite, lo complementarían la avenida del Alcalde Manuel del Valle y la Carretera de Carmona, que le permitirían regresar al antiguo barrio de Santa Catalina.
Detrás, a una prudente distancia pero sin dejarse notar, lo seguía una pareja en una motocicleta Vespa de color blanco. El conductor era pequeño y de una presentación bastante desaliñada. La pasajera, en cambio, contrastaba por su elegancia, pese a estar de bluyines y zapatos tenis. Ambos presentaban una apariencia extranjera, propia de los sudacas residenciados en España.
Desde que el padre Camilo Eguiluz salió de la iglesia de ladrillo vivo, no habían parado de grabarlo y de tomarle fotografías, como si el acólito fuera un verdadero deportista de talla mundial. Al fin y al cabo, no era común ver a un religioso de hábito y tonsura vistiendo ropas deportivas de marca.
Sin embargo, él no se había percatado de su presencia. Por un lado, estaba concentrado en dosificar de la mejor manera posible las fuerzas para recorrer el exigente trazado urbano que se sabía de memoria. Adicionalmente, su mente la ocupaban los asuntos referentes al festejo de los ochenta y siete años que el padre Agustín cumpliría en un mes, el próximo domingo 6 de julio.
Hacía medio año que aquel aniversario rondaba por su cabeza como algo más que inaplazable, obligatorio. Sabía que podría ser la última celebración de cumpleaños para el longevo capellán a su cargo. Y no porque el padre Agustín adoleciera una enfermedad terminal, no. Sencillamente, porque se estaba apagando, de manera inexorable, como los despojos de un pabilo entre la humedad.
A la altura del cruce de la avenidas Manuel del Valle y San Juan de la Salle, la Vespa blanca se desvió hacia la izquierda, para continuar su camino por la avenida de la Mujer Trabajadora. El corpulento franciscano prosiguió su ritmo de maratonista de alto rendimiento en dirección de la Carretera de Carmona. Al parecer, la pareja persecutora había dado por concluida su jornada del día.
Quizás la información que había obtenido complementaba satisfactoriamente la recopilada en los últimos cinco días, cuando lo siguieron el lunes a su cita con el Cabildo de la Catedral para unos asuntos históricos, y el martes en su visita a la Archidiócesis para recoger una copia del Plan Pastoral Diocesano 1999-2003, solicitada la semana pasada por el padre Agustín.
A la altura de los Jardines del Valle, sobre la calle de María Auxiliadora, el corpulento religioso de treinta y dos años apretó el paso que llevaba como si en realidad estuviera en el último tramo de una de sus competiciones. Apenas le quedaban por recorrer al trote las calles de las Escuelas Pías y Almirante Apocada para retornar a la Iglesia de San Pedro.





TODOS ADORABAN A MARITZA

1. FELIPE

Juan Camilo se levantó cerca del mediodía. Había estado rumbeando hasta las tres de la madrugada en Unoclub, la discoteca de moda en la avenida Vásquez. El equipo de sonido de la habitación sintonizaba Radioactiva, de Todelar. En esos instantes retransmitía el American Top 40, presentado por Shadoe Stevens, el reemplazo del legendario discjockey Casey Kasen.Por los parlantes resonaban los acordes finales de Under presure, interpretados a dúo por David Bowie y Queen. Sin levantarse, subió el volumen y esperó la otra canción, Don’t you forget about me, del grupo Simple Minds, y luego la siguiente, In your wildest dreams. A pesar de que Moody Blues no era una de las bandas de rock de su predilección, ese temita no sólo le parecía pegajoso, sino que tenía detrás una historia de amor que él no podía desconocer con tanta facilidad.
Era sábado. Juan Camilo había arribado a Cali hacia las ocho de la noche del jueves y salido para una fiesta al otro lado de la ciudad, en Pance. Aun así, el viernes se despertó a las seis para irse con sus primos al Lago Calima para practicar windsurf y esquí hasta las cinco de la tarde. El almuerzo lo consumieron en el Club Náutico, donde departieron con ex condiscípulos amigos de los colegios Bolívar y el Colombo. En resumen, llevaba dos días divirtiéndose como si nunca lo hubiera hecho, como si hicieran años que no viniera, cosa que no era cierta porque venía dos veces al mes desde que estudiaba en Bogotá. Para agravar las cosas, la noche del sábado había vuelto a salir, a pesar de las recomendaciones de sus padres de que no lo hiciera.
El 19 de septiembre iba a cumplir veinte años. Apenas estaba en sexto semestre de Ingeniería Industrial en la Universidad de los Andes. Pero como los todos los jóvenes de su edad, era joven y se sentía joven, con las fuerzas para doblegar al mundo. Ningún traquetico de mierda iba a dañarle los planes para ese fin de semana, y mucho menos la moteleada con Tatis, su novia desde hacía tres años, que en un mes se graduaría del Colegio Colombo Británico. Ni siquiera los mágicos, los grandes capos, que ofrecían un millón de pesos por la muerte de un policía, le iban a impedir la satisfacción de ver a su Tatis con el pelo mojado y oliendo a jabónchiquito.
Aún con sueño y el sonido de Don’t dream its over retumbándole en la cabeza, buscó las escaleras de madera para dirigirse al comedor auxiliar de la cocina. En el descenso, se encontró a su padre.
–Anoche nos tuviste pegados del techo –le dijo secamente, alargándole el primer cuadernillo del periódico El Tiempo–. Pero esta noche, óyeme muy bien, Juancho, esta noche no vas a salir ni a la esquina.
Juan Camilo conocía de sobra el carácter de su padre. Comprendió que no era el momento para ripostarle. Resignado, lo siguió hasta el estudio de la casona familiar en el barrio Normandía mientras ojeaba de mala gana los titulares del sábado 12 de mayo de 1990. Se fijó en la amplia fotografía, a color y dos columnas, titulada “Toque de humor”, que mostraba un momento de esparcimiento de la Selección Colombia en la concentración que el equipo nacional llevaba a cabo en Rionegro, antes de su viaje el martes próximo al Campeonato Mundial de Futbol en Italia. Pero su mente no deseaba más que encontrar rápidamente la página de la Cartelera de Cines para ver qué estaban dando en los teatros de la ciudad.
–Busca la página 9A –le ordenó su padre.
Juan Camilo obedeció en silencio.
–¿Y qué pasa con eso, papá? –preguntó finalmente tras hojearla.
–¿Es que acaso no dimensionas la gravedad del asunto, Juancho? –intervino su madre, que acababa de entrar al estudio.
Más obligado que apenado con sus padres, que no le quitaban la mirada de encima, Juan Camilo volvió a prestarle atención al periódico que seguía entre sus manos. Releyó el artículo ubicado en la esquina superior derecha, que era el que más se destacaba en la página 9A. Sobreponiéndose a la indolencia de sus escasos veinte años, tras una perezosa lectura de la nota periodística a dos columnas, les resumió que la fuerza pública había desmantelado cerca de Doradal, al suroeste de Antioquia, un laboratorio de cocaína avaluado en 1.500 millones de pesos.
–Pero sigo sin entender –reiteró sin dejar de juguetear con Faruk, uno de los tres gran daneses de la familia.
Sus padres continuaron en silencio, como si ambos estuvieran solos. Permanecían parados ante una inmensa litografía de pared a pared con la reproducción del mural al fresco titulado “Historia de Cali”, que el maestro Hernando Tejada, Tejadita, amigo personal de la familia, realizó en 1953 para la Estación del Ferrocarril.
Mientras esperaba, Juan Camilo recorrió con la mirada la pared de la que pendían los cuatro originales del maestro Omar Rayo, oriundo de Roldanillo. Desde niño conocía de memoria esos cuadros, como conocía de memoria los otros originales que estaban desperdigados por el resto de la casona igual que si ella misma se tratara de una prestigiosísima pinacoteca del arte contemporáneo colombiano: tres Grau, dos Ariza, un Villamizar, dos Botero y dos Obregón. No podían faltarle en la memoria los desinhibidos desnudos de los grabados de Luis Caballero y Darío Morales, ambos artistas radicados en París. Otros dos originales permanecían en la alcoba de sus padres: un Guayasamín y un Szyszlo, y la única escultura estaba situada en el jardín, a la entrada de la casona. La obra metálica roja se titulaba “Ángulo Sideral” y la familia se la había adquirido al maestro Edgar Negret en 1981.






JUANITA FLAMELTAIRE EN EL PARTENÓN

1. LAS DELICIAS DEL FAR BRETÓN

Comienza a pensar como los griegos, fue la primera advertencia de una vocecita tan débil como el viento en el verano. Sorprendida por el suave susurro al interior de su cabeza, Juanita Flameltaire, próxima a cumplir los quince años, no supo qué hacer. Tras mirar a su alrededor, prefirió seguir de pies, sin perder la compostura, aferrada de la mano de su madre y al lado de sus tres hermanitas, que por ser todavía tan pequeñas no lograban entender la verdadera razón de la romería que las envolvía por completo.
Era agosto. Era jueves. Iba a ser mediodía y el sol llegaba a su cenit. Poco a poco, la Plaza de Grève, en la que están asentados los mejores artesanos de París, de la llamada Gran Ciudad, se había llenado de gentes pobretonas y rostros lustrosos como la cera que esperaban ansiosos el Angelus tocado al vuelo por las campanas de la catedral de Notre-Dame para comenzar la solemne procesión del último adiós de Umberto Flameltaire.
A medida que transcurría la triste jornada, castigada por la canícula de un cielo sin nubes, a todos los bañaba una luz de fuego que hacía parecer que los bestiarios de las fachadas de las iglesias más antiguas de París flotaran en el aire estival. La ciudad a orillas del Sena sucumbía al despiadado verano de 1324. Ni siquiera el reconfortante aroma del agua de rosas, esparcido durante la solemne ocasión, aliviaba el entristecido sopor de los maestros, de los oficiales y de los aprendices del Gremio de Constructores de Campanas que acababa de perder a uno de los suyos, al más diestro de todos.
A pesar de tantas gentes, de estar rodeada por una muchedumbre que hacía años no se veía arremolinada en las calles de la Gran Ciudad, Juanita seguía sintiéndose sola. De nada le servían esas personas venidas de todas partes que no lograban aliviar el dolor por la muerte de su padrastro, por el deceso del más afamado campanero de Francia. Mucho menos le servían los comentarios que se propagaban en voz queda, como una brizna de luto, afirmando que a Umberto Flameltaire lo habían asesinado fuerzas sobrehumanas.
Recuerda que la muerte no es el olvido, le musitó con afecto la extraña vocecita interior para dejarse oír por segunda ocasión en su mente. El acento cariñoso que percibió le siguió pareciendo ajeno, pero a ella todavía le faltaba la edad y la experiencia para establecer su origen lombardo. Jamás había tenido la oportunidad de visitar otra ciudad; a decir verdad, el único de los Flameltaire que se había alejado del hogar había sido su padrastro, que no sólo por su trabajo recorrió toda Francia, sino que cruzó las fronteras para visitar las catedrales de Canterbury y Westminster, de Burgos y Toledo, de Colonia y Estrasburgo, y de Siena y Florencia, donde requirieron de su avezado trabajo como artesano del cobre.
Mucho más inquieta que asustada, Juanita volvió a mirar para ambos lados y hasta se volteó para verificar si alguno de los allegados a la familia era el que le susurraba con tantísima ternura, con la misma fraternidad que para los nietos preferidos pueden llegar a tener las palabras consoladoras de los abuelos alcahuetes. Tras mirar con más detenimiento, lo único que percibió fue una leve ráfaga de olor avinagrado, la misma que había estado sintiendo desde muy temprano, justo desde que se levantó para darle comienzo a aquel doloroso jueves de exequias. También llamó su atención la cantidad de gatos blancos que acompañaban a la apesadumbrada multitud, todos inseparables e idénticos como gemelos. A pesar del calor que seguía creciendo, los felinos se entremezclaban con la muchedumbre pobretona, pero parecían pasar desapercibidos, como si en verdad nadie los viera. Esta vez, Juanita se puso a contarlos. Tras un esfuerzo dispendioso, estableció que eran cuarenta y dos.
—¿Tú sí los ves, tú sí ves los gatos blancos, no es cierto? –le preguntó a su madre.
Pese a insistir en dos ocasiones más, no recibió una respuesta tranquilizadora. Su acongojada madre no sólo estaba luchando contra la reciente idea de quedarse sola otra vez, sino que en su angustia de viuda procuraba estar al pendiente de que las otras hijas, las tres más pequeñas, no se le fueran a refundir entre tanto gentío.
Resignada, Juanita prefirió esperar a que la extraña vocecita de susurro interior de nuevo apareciera en su cabeza. El bochorno y el tedio del asfixiante ambiente la apabullaron. Confundida, recordó que en las inmediaciones de la Plaza de Grève, antes del inicio del sepelio, le había parecido avistar no sólo a un caballero de armadura que montado en un enorme corcel negro la escrutó desde el fondo de una callejuela semivacía, sino a un extraño monje, de sayal marrón como el de los franciscanos, que antes de refundírsele entre la multitud la había saludado con su mano de anciano noble. De manera instintiva, sus ojos se posaron en el cielo despejado. Arriba, como puntos negros, sobrevolaban en círculos las dos aves que no habían dejado de hacerlo desde que comenzó la jornada de luto.

DOS CUENTOS (de 1983 y 1988)


 
LA TERQUEDAD DEL SILENCIO

I

Habían pasado cuatro días sin escribir. Si no lo lograba hacer hoy, ésta sería la quinta noche de un largo y consecutivo insomnio. Por eso, me encontraba sentado en este café, rodeado de bebedores sin marca que tan sólo les interesaba pasar un buen rato antes de que terminara la jornada. Después, algunos irían detrás de cualquier amante de turno. Los menos desesperados, regresarían a sus casas y por cumplir se acostarían con sus esposas.
Por mi parte, apenas trataba de olvidar y a la vez recordar al son de algunas cervecitas. Hacía una semana que mi amigo del alma había muerto. Salió de una fiesta bastante ebrio, acababa de dejarlo la compañera de su juventud. Montó el auto sin ningún destino, tan sólo el de la muerte unas cuantas cuadras más allá. Nunca vi el costoso vehículo, pero debió quedar destruido tras chocar de frente contra un camión que venía en sentido contrario.
Ignacio fue mi compañero para todas las cosas. Con él aprendimos a montar bicicleta, juntos llenamos cuadernos enteros tratando de inventarnos una firma personal. Si mal no recuerdo, fue un jueves por la noche cuando, atragantados de un miedo malicioso y con unos tragos de más, conocimos un burdel. Nos salió bastante costosa esa aventura: en verdad que las inexperiencias se pagan muy caro. También ingresamos a la misma universidad. Creíamos que era la última puerta ante la cual se postraría el mundo a nuestros pies.
Poco a poco, nos dimos cuenta de que la realidad es otra. Ignacio siguió sus estudios en veterinaria, ahora apenas le restaba presentar el proyecto de grado de su especialización. Yo me retiré al año y medio de mis estudios de ingeniería: los horarios y las imposiciones no son para mí. Llevo una vida disipada llena de libros y de hojas en blanco. Así he vivido por siete años: durmiendo en un cuartico del centro de la ciudad, donde Ignacio me visitaba cada tercera noche para preguntarme qué tal iban mis escritos. También me ayudaba con algo de dinero. Desde muy joven comenzó a trabajar en el zoológico de la ciudad.
“Más tarde nos volveremos a ver, Nacho”, pensaba, cuando ella entró en el café. Llevaba puesta una chaqueta amarillo ocre, una camisa rosada y unos bluyines bastante apretados. Buscaba a alguien, eso me lo dijo su triste mirada. Tal vez no la encontró, puesto que se sentó sola en una mesa contigua a la barra de café. Pidió para tomar un capuchino, de los pequeños.
Estaba nerviosa, era evidente, tanto, que llegó a derramar la bebida dos veces. Yo soy devoto de la belleza en las mujeres, pero soy incapaz de abordarlas. Sin embargo, me gusta que donde me encuentre haya, al menos, una bella mujer. Aun cuando tan sólo sea para observarla y me sienta contento por ello, y luego su ida me entristezca a pesar de no haberla conocido.
Pero esta noche era especial, tanto que lloré cuando ella pagó su capuchino y salió del café. Sabía que nunca más la volvería a ver. Había entrado en mi vida por tan corto tiempo: apenas un capuchino bien caliente bebido de prisa. Pero aún así, sentía haber aprendido a quererla tiernamente. Además, ella salvó la noche: recordaba ya cómo escribir y sobre qué escribir. Después dormiría los más que se puede tras haber perdido al amigo del alma.         
   
II

Me asomé por la ventana de mi cuartico. Eran casi las cinco de la tarde del domingo, la hora de las golondrinas. Así identificaba el atardecer del último día de la semana desde hacía bastante tiempo, desde los días cuando todavía vivía con mis padres. A esa hora de la caída de la tarde siempre volaban revoloteando frente a las dos torres de apartamentos muchas golondrinas, precisamente en el momento en que lo por lo general me sentía nostálgico.
Regresé y me tumbé en la cama. La mañana y parte de la tarde la había pasado escribiendo y estaba exhausto. No podía creer que en esta cama ella hubiese estado tantas noches y tantos atardeceres como éste.  A veces, Sandra venía con su grabadora y escuchábamos la nueva trova cubana y a Serrat y a Aute. En otras ocasiones, sólo leíamos cualquier cosa bajo el silencio del centro de la ciudad cuando todo permanece cerrado. Fueron cuatro meses estupendos, aprendiéndola a querer más allá de la ternura.
Todavía no puedo creer que aquella mujer que vi en el café presa de angustia, hubiera compartido conmigo algo de su vida, más allá de un capuchino bebido de prisa. Muchas veces nos amamos después de regresar del cine. Por eso es que ahora trataba de aclarar cuándo fue que la volví a ver por segunda vez. Si mal no recuerdo, unos días después de la noche del capuchino me la encontré en la calle. Ella venía caminando distraídamente por la acera de enfrente. La vi tan bella. Llevaba unos discos en la mano y, creo, no traía sostén, puesto que sus senos se movían libremente bajo una camiseta blanca.
Era ella. Lo único que se me ocurrió fue seguirla. Sandra entró en una librería de segunda y yo entré tras ella. Disimulé lo mejor que pude el estar buscando algo para mí. Así, por suerte, obtuve su dirección. Se la dictó al librero de viejo mientras le explicó que en ese momento no tenía efectivo, pero que le mandaran los cuatro libros, que ella los compraría todos.
Me entretuve entre los estantes. Allí estaba Historia de un deicidio, de Mario Vargas Llosa. Mucho había buscado ese libro. Fue tanta la emoción, que al volver la vista, me di cuenta de que Sandra no estaba. No importó por el momento: tenía su dirección y además tenía un nuevo libro viejo.
Otra vez ella había salvado mi día. Sólo me restaba rogarle al librero de viejo que me guardara el librito. Le dije que al final del mes me pagarían unos cuentos que se publicaron en un periódico de la capital y que regresaría por él. No prometió mucho, pero me respondió que haría lo posible.
Sí, creo que fue aquella tarde en la que volví a verla. Me incorporé de la cama, cogí un suéter y salí a engañar a la hora de las golondrinas con la poca gente en las calles del centro de la ciudad.         

III

Fue un sepelio aceptable. Decoroso. Esa clase de entierros cortos y con poca gente, pero tan llenos de sobriedad. Habían pasado nueve meses antes de que volviera a saber algo de ella: el mismo tiempo que le toma a una nueva vida para desarrollarse. Me enteré nuevamente de Sandra cuando los periódicos locales invitaban a amigos y conocidos a sus exequias.
Sabe, me dijo la madre durante el sepelio, mi pequeña fue toda la vida muy reservada, tanto que no me extrañaría que ninguno de sus compañeros y conocidos supiera que padecía de cáncer. Ella era la terquedad del silencio, pero era una buena muchacha, recalcó su madre.
“Vaya que sí lo era, pensé, tanto como puede llegar a serlo una persona a la que le queda algo más de un año de vida”. Me pregunté si nuestra relación habría sido injusta. Creo que lo fue más para ella: a mí, de todas maneras, y eso quiero creer, me resta una vida por delante.
Entonces me entró la angustia de que jamás sabría si fui egoísta con Sandra. Claro que no hubiera sido nunca el mismo si ella me cuenta lo que padecía. Más bien, creo que fui el compañero ideal. Aquel que la trató por lo que era realmente y no por lo que no quería ser. Ahora es que entiendo esa mirada de cierta nostalgia que reflejaba en aquella noche del capuchino bebido de prisa y aun cuando riéramos como chiquillos por cualquier cosa.
Sabe señora, le dije a la madre, su hija fue tan buena, que aquel sábado por la mañana, cuando salió con el pretexto de comprar La Libertad y no regresó, supo escoger el momento para decir adiós sin lágrimas o explicaciones. Lo siento, creo que a ambos se nos fue un ángel.
Usted también fue otro ángel al estar a su lado mientras ella lo quiso así, acotó la madre. Desgraciadamente, hasta ahora lo conozco. Pero aun cuando mi pequeña lo nombró una sola vez, se le veía al regresar a casa cierta paz interior que tanto había perdido con el correr de los meses.
Sí, me dije en voz queda, la inocente alegría de irse como llegó para dejarme saboreando un amargo y frío capuchino.




JOAQUÍN

            La sátira prosigue su curso normal. También lo hace el frío. Nunca lo ha sentido tan intenso en la parte posterior del teatro, donde no hay ductos para la calefacción. No le resulta suficiente el saco sobre el desteñido overol caqui. Prefiere abotonarlo por completo. Mete las manos entre los bolsillos, busca los anteojos de lentes gruesos, se sienta en el pequeño taburete, fija la mirada en el escenario, vuelve a meter las manos en los bolsillos y cruza las piernas para esperar que termine la obra comenzada a las ocho en punto. Es miércoles, día de pago, pero eso lo tiene sin cuidado. Para él sólo existen los días de trabajo y los días de descanso, y hoy es un día de trabajo. El frío sigue incomodándolo. Desplaza el taburete al borde izquierdo del escenario para aprovechar el calor de los reflectores. Divisa los andamiajes de la tramoya y la cabria, además de la utilería amontonada en los bastidores. Se sienta en el taburete y mete una vez más las manos entre los bolsillos. Hace veintiocho minutos está en escena un solitario. Él desconoce que se trata de la representación de dos monólogos, pero lo divierte el disfraz. Al joven actor sólo le ve el perfil izquierdo, que semeja el de un anciano de cabello albo. Antes, cuando entró en escena, notó que del otro lado tiene las facciones de un niño, como de unos cinco años. Alcanza a pensar que esa noche será la más divertida de la temporada que termina, pero a medida que pasa el tiempo la angustia lo consume. A pesar de que el joven actor imita la voz de un niño, sigue viendo el perfil del anciano. La luz de los reflectores calienta el escenario. El sudor le corre por la espalda encorvada. No distingue entre el niño que habla de cosas adultas y el anciano que añora la niñez. Piensa en su hijo cuando era adolescente, pero continúa viendo el perfil del anciano de cabello albo que resulta pareciéndose cada vez más al suyo.

Es el polvo. Aquel que no pierde la costumbre de tirarse en cualquier lugar y no levantarse hasta que lo fastidien. Por el cual él come y come su familia. ¿Qué sería de su vida sin polvo? Treinta y nueve años fastidiándolo noche tras noche con un viejo trapo rojo. Ni recuerda cómo ingresó a trabajar para el Teatro Municipal. Tal vez tras la noche en que pasó frente al edificio neoclásico y vio, a un costado de los carteles, el anuncio: Se necesitan un vigilante nocturno y un aseador. Informes en la Administración. Desde entonces, no ha faltado a su trabajo de aseador de medio tiempo, excepto en dos ocasiones: hace veintidós años, cuando el teatro cerró por cuatro meses para modernizarse ante la competencia de las salas de cine, y cuando a él lo incapacitaron hace siete años para tratarle una degeneración de la mácula. Ahora cuenta con sesenta y siete años. Ante él han desfilado miles de actores. Conoce sus alegrías y sus frustraciones. A cuántos artistas no ha consolado una que otra noche porque no oyeron los aplausos. Siempre les dice que habrá otra noche esperando con el éxito, aun cuando intuya que ello no es cierto. Entonces, él entra en escena, pero su actuación no es vista. Se limita a barrer y a sacudir el polvo, se cambia de ropa y no regresa hasta el día siguiente. Treinta y nueve años viviendo del Teatro Municipal y su polvo, pero sin haber comprendido qué es un balurdo, un reparto, un interludio, una didascalia, un libreto, ni mucho menos los tecnicismos del protagonista, el antagonista, el deuteragonista y el tritagonista. Se conforma con sentarse en un extremo del escenario, mirar la obra y el trabajo de los consuetas y los traspuntes. Claro está que se siente orgulloso de decirle a sus únicos dos amigos, sin tener claro qué es lo que dice, que ha visto las mejores atelanas, tragedias sotíes, fábulas, vodeviles, parodias, loas, comedias, sainetes, madrigales y dramas, a lo que añade que conoce hasta obras griegas, romanas y orientales.

El sonido lo extrae del reino de los recuerdos. Es la ovación del público. Cae en la cuenta de que lleva dos horas sentado en el taburete. Se reacomoda el grueso marco de los anteojos. Siente el sudor que lo empapa. Los reflectores son apagados. Se incorpora del taburete. Vuelve a sentir el dolor de cada noche en la espalda. Camina con pesadez en busca del viejo trapo rojo. ¿Dónde estará?, se cuestiona entre murmullos. Jamás se han separado. Es su más preciada herramienta de trabajo. ¡Te estás haciendo viejo!, murmura por segunda ocasión. Recorre los bastidores mientras devuelve el saludo de los actores y los trabajadores que se aprestan a salir. Otra noche de arte dramático. La última de esta temporada. Visita los tres camerinos, las oficinas traseras de la Administración, el cuarto de máquinas y la sala de control lumínico. Se detiene sollozando ante el escenario en penumbras. Acaba de buscar el viejo trapo rojo entre las veinticinco filas de butacas de la platea, bajo la pesadez de las cortinas verdes del escenario, en los dos baños públicos y sobre el tapete vinotinto. Se deja caer en la butaca más próxima forrada en terciopelo azul oscuro. Levanta la mirada. Un escalofrío se apodera de él.

Tres años antes de ingresar al Teatro Municipal, se casó con la que ha sido su única compañera. Fue en el amanecer de un día de mayo cuando usó por primera vez un traje de chaquetilla. Entonces, tenía veinticinco, andaba nervioso, no sabía cómo hacerse el nudo de la corbata y le tenía miedo al casorio. A ella la conoció un año atrás en una tienda cerca a la casa céntrica donde él vivía en una inmensa habitación de alquiler acompañándose a sí mismo, y donde desde hace cuarenta y dos años conviven. Ella trabajaba en la tienda a la cual llegaba los jueves el camión verde de la cerveza. Lo recuerda con claridad, porque fueron únicos su vejez, su oxidación y su sonido. Ella era una joven encantadora de veinte años, No tenía dientes blancos y parejos, sino extremadamente parejos y blancos. Desde hacía seis años, él, una vez terminó el servicio militar, era vendedor de lotería. Uno de esos que se recuesta contra la pared para que le compren un billete o una fracción mientras procura incrementar los precarios ingresos con la lustrada del calzado y la venta de dulces y cigarrillos. Regresaba a las siete a su inmensa habitación de alquiler tras entregar en la agencia del centro el dinero de la venta del día. Dejaba los billetes de lotería sobrantes bajo el colchón del catre y arrinconaba contra la pared los utensilios de embolar y la cajita de cartón con los cigarrillos y dulces, se lavaba la cara, se cepillaba los dientes y se cambiaba de camisa para salir a buscar la dentadura más perfecta, que no lo dejaba dormir en paz. Llegaba, pedía una cerveza fría y, de pies en la entrada de la tienda, la observaba con exquisita ternura. Se dirigía al mostrador, pagaba, y antes de salir le dejaba sembrada en el aire una encantadora lisonja que tampoco la dejaba dormir en paz. Ella llegó a recolectar trescientos siete piropos que desenterraba del aire para guardarlos en un cuaderno viejo, como se guardan las flores que se quieren conservar, hasta que, después de la cerveza de una noche, él se le acercó: Venga y cásese conmigo. Ella aceptó más que por amor, por creer que volvería a dormir en paz. Fue con el tiempo que aprendió a quererlo. Juntaron sus vidas, como lo hicieron mucho antes sus padres y sus abuelos, en una parroquia de barrio repleta de gente desconocida que estaba ahí para la misa de gallo en latín. Ella no pudo tener más hijos tras traer con un angustioso cariño al primogénito. Tampoco ha sabido qué hace él desde el mediodía hasta las cinco de la tarde, cuando entra a trabajar. Supone que se la pasa jugando billar.

Lo que ve a través de sus lentes gruesos le resulta tan molesto, que se aferra a la butaca de terciopelo. Nunca, en sus treinta y nueve años en el Teatro Municipal, se ha sentado en la platea. Las figuras de yeso pintado de la cornisa y del cielo raso le resultan tan llenas de vida, que está a punto de gritarles que ya se pueden bajar. Todo le resulta desconcertante. Se siente un completo extraño en su propia casa. El frío vuelve a atormentarlo. Van a ser las once. Se acuerda del viejo trapo rojo. Cruza el proscenio y asciende con lerdez al escenario en penumbras. ¡Mejor será que otro se las vea con este polvo de mierda!, masculla Joaquín mientras da media vuelta para perderse entre bambalinas. Bajo su espalda encorvada, el caqui del overol desteñido contrasta con el rojo del viejo trapo que cuelga del bolsillo trasero.

martes, 12 de abril de 2011

ARTÍCULOS (varios)


A PROPÓSITO DEL ÚLTIMO NOBEL DE LITERATURA

Una de las constantes en la obra de Rubén Darío es el Olvido. Incluso, en “A Margarita Debayle” la retoma: Ya que lejos de mí vas a estar / guarda, niña, un gentil pensamiento / al que un día te quiso contar / un cuento. Para el poeta nicaragüense, más que la muerte, es el Olvido la verdadera muerte.
Con ocasión de la reciente concesión del Premio Nobel de Literatura al escritor peruano Mario Vargas Llosa, sin discusión alguna merecida y largamente esperada, surgieron múltiples comentarios, contrariados unos, como el de la posición oficial cubana, elogiosos la mayoría. Uno captó mi atención.
En la edición del viernes 8 de octubre pasado, “El Tiempo” publicó, entre muchas otras, la reacción del escritor colombiano Oscar Collazos. Decía: El premio cierra, de alguna manera, el ciclo de la gran literatura latinoamericana del siglo XX. Tras leerla, y ante todo releerla, un sinsabor me quedó en la boca del estomago. Quizás, el esfuerzo de este texto logre apaliarlo en algún grado.
La historia de la literatura nos enseña que el denominado Boom Latinoamericano no fue un movimiento, como el Romanticismo, el Realismo o el Modernismo, sino más bien una coyuntura que permitió que el trabajo de noveles escritores de acá fuera conocido en Europa y, ante todo, comercializado con éxito en Europa en la segunda mitad del siglo XX. También, nos enseña que dicho auge editorial no fue casual, que tuvo sus antecedentes en grandes maestros como Rulfo, Borges, Onetti, Cortázar y Carpentier. Desde entonces, tres nombres quedaron en la retina mundial: Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes.
Alguna vez, Borges aseveró que el mejor antólogo es el tiempo. Y el tiempo le dio la razón. Hoy, dos de esos nombres son Premio Nobel. A su vez, el tiempo ha demostrado que el hombre no es el mejor antólogo.
En su texto “Por qué leer los clásicos”, el pensador italiano Ítalo Calvino aclara que un clásico es aquel que ejerce una influencia particular ya sea cuando se impone por inolvidable, ya sea cuando se esconde en los pliegues de la memoria mimetizándose con el inconsciente colectivo o individual. En el listado de sus clásicos personales, Calvino incluyó a Jorge Luis Borges. Pero el poeta argentino falleció a los 86 años sin que la Academia Sueca lo reconociera como tal.
Retomando las palabras de Oscar Collazos, da la impresión de que la historia se está repitiendo. Resultaría injusto, al igual que lo fue con Borges, no advertir que el escritor mexicano Carlos Fuentes, igual de abnegado al ejercicio de la literatura como García Márquez y Vargas Llosa, merece el máximo galardón de las letras universales. No hacerlo, es cerrar el gran ciclo de la literatura latinoamericana del siglo XX, no “de alguna forma”, como lo afirmó Collazos, sino de la peor forma.
Ganador del Cervantes en 1987, mal denominado el Nobel en español, el autor de novelas como “La muerte de Artemio Cruz”, “Los años con Laura Díaz”, “Aura” y “Gringo Viejo”, sin contar sus decenas de ensayos, cuentos y dramas, es al igual que Vargas Llosa no sólo un cartógrafo “de estructuras de poder y sus mordaces imágenes de la resistencia individual, sublevación y derrota”, sino un humilde soldado del arte de escribir. Su vida no ha sido otra cosa.
Cuando el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince publicó en 2005 su libro “El olvido que seremos”, dicho título fue, precisamente, uno de los asuntos más comentados. Faciolince explicó en su momento que era una genial sentencia robada de un soneto inédito de Borges que halló en los bolsillos de su padre recién asesinado. Ojalá que Carlos Fuentes, hoy próximo a los 82 años, no se nos convierta mañana en eso, en el Olvido, el que tanto obsesionó a Rubén Darío.  




AQUELLA ENCANTADORA DIVERSIDAD ABIGARRADA

El principal puerto chileno está de plácemes. El casco histórico de Valparaíso fue declarado patrimonio cultural de la humanidad. Por fortuna, su armonioso desorden sigue cerro arriba.

No cabe duda, es invierno en la larga costa chilena, la misma estación en la que los marineros griegos de la antigüedad exponían las timoneras de sus embarcaciones al fuego hogareño para que no se pudrieran. La marejada está algo agresiva pero nunca orgullosa como ahora de una de sus principales recaladas en el Pacífico, esa tan aturdida por el paulatino desparramo de callejas, escaleras y fachadas desde los cerros tallados a pulso para inventar los espacios mucho, pero muchísimo antes que los de la bahía de San Francisco, pero eso sí después de los medievales de Lisboa.
No es para menos. Valparaíso, una vez refugio de bohemia intelectual para don Andrés Bello y Rubén Darío, y desde donde partió Eliza Sommers, la porfiosa joven protagonista de “Hija de la fortuna”, aquella novela de amores irresolutos de Isabel Allende, fue designado por la Unesco como patrimonio cultural de la humanidad, precisamente en esta época del año cuando las mañanas grises, las tardes tibias y las noches muy frías son propias del puerto considerado la Joya del Pacífico, inmortalizado en “Moby Dick” y una novela de Thomas Mann, y a cuyos taxis hoy sólo se les puede llamar por teléfono.

Donde casi todo es posible

En la Plaza Anibal Pinto, donde se inauguró la primera gasolinera de Chile en 1920, está el Riquet, el único café sobreviviente del primer cuarto del siglo pasado, dentro del cual la inclemencia invernal es una cuestión ajena con la lectura distraída de un pequeño ensayo de crítica literaria de Claude Magris. Por fortuna, el ritmo de un pisco hace expedito el repaso mental del casco histórico que en forma de anfiteatro romano reconfirma por qué el conjunto de cerros en Valparaíso, cuyos nombres provienen de las quebradas que los separan, entró en la lista oficial de los 730 bienes de valor universal.
Como resulta obvio, fue imposible degustar en ese cafecito de un coquetelón, el coctel inventado por Neruda para sus amigos en La Sebastiana, la “casa barata y de buena vista, original pero no incómoda, solitaria pero no en exceso” que el poeta encontró en 1959 para celebrar con Matilde Urrutia sus fiestas de fin de año. La misma construcción del cerro Florida que no sólo sigue siendo el rincón donde dormita un caballito de carrusel comprado en París sino uno de los mejores para presenciar desde su cuarto piso, alguna vez el estudio del Nobel, el poniente en Valparaíso, tan elogiado por Tomás Eloy Martínez en su novela "El vuelo de la reina", de delirios eróticos y obsesiones por el poder.
Un Valparaíso que apenas combate dignamente y en silencio la nostalgia de su pasado con unas cuantas caletas, algunos miradores y un par de muelles a dónde ir a dejar tiradas para siempre las tristezas porteñas que lo agobian allá arriba en lo empinado de sus cerros y allá abajo en la horizontalidad de su plan. Los mismos cerros de diversidad abigarrada, de ventanas de guillotina, de fachadas desteñidamente multicolores y de balcones volados inundados de ropas al viento, y el mismo plan de calles como Esmeralda, donde sobrevive el Hotel Colón con la suerte abandonada del Continental en Bogotá, y Serrano, donde todavía se mantienen de pie construcciones de dos plantas que vieron nacer hace poco más de un siglo grandes ideas al servir a sus dueños de negocio en el primer nivel y de vivienda en el segundo piso donde la familia se apeñuscaba en madriguera.
Por fortuna para la Historia, son los cerros con sus pasajes y paseos los que resguardan celosamente el encanto caótico al que, la verdad sea dicha, poco le dejó la Colonia y sí mucho el siglo XIX de la mano de las grandes navieras inglesas dominadoras de los mares del sur y constructoras de esas señoriales casonas afrancesadas de los cerros Concepción, Alegre y Cordillera, que hoy se resisten a desplomarse en soledad presas del tedio y las termitas pero que se supieron de mamparas de caoba labrada, pisos de mármol de Carrara y escaleras de ónice que ascendían a los aposentos donde alguna vez por las ventanas indiscretas se supo que hubo intensas veladas musicales.
Sin duda, un lugar de nostalgias y emociones encontradas, porque así es este Valparaíso para sus trescientos mil habitantes que todavía pueden viajar cada día en esos troles suizos que deambulan soñolientos desde 1949 por su plan, de esos parecidos al triste bus verde y oxidado que dice Inravisión en la Avenida Eldorado de Bogotá; verificar a lo lejos la hora en el viejo reloj de la Torre Turri, en el mismo lugar donde naufragó el velero Nuestra Señora de la Herita en 1769, y ascender cuantas veces puedan en esos quince funiculares alemanes, más conocidos como ascensores, que arañan ruidosamente los cerros desde 1883 y cuyo ingreso diario es controlado nostálgicamente por registradoras inglesas que mantienen orgullosas su rancia estirpe con un grabado sobre el hierro desgastado que dice Silent Reversible Patent 1887 Stevens&Sons Southwark Road London.           

Miles de escalones al cielo

No son muchas las ciudades que verdaderamente pueden caminárselas. Una de ellas es Florencia y la otra, con seguridad manifiesta, Valparaíso, donde no se camina sino que se asciende y desciende por cientos de escaleras, por las mismas que alguna vez treparon marineros venidos de Asia y rodaron borrachos porteños, y hoy parecieran que suben al cielo o se pierden en alguna angosta calleja oscura donde de seguro funcionaron los burdeles que no sólo frecuentaron los hombres de mar mientras sus naves eran allá abajo descargadas y cargadas, sino que tanto recuerdan al único lupanar de Constantinopla identificado con una estatua de Afrodita en el barrio Zeugma.
Pero a diferencia de Cartagena de Indias, también patrimonio cultural de la humanidad, este puerto carece de edificios coloniales que no soportaron los dos incendios de mediados del siglo XIX y el terremoto de comienzos del siglo XX. De esa época de bautizo español, por allá en 1536, cuando la bahía era llamada Quintil por los indígenas changos, porque se dice que no tuvo una ceremonia de fundación, sólo queda el Pacífico, ese del que don Pablo apuntaló que se salía del mapa, que no había dónde ponerlo, que era tan grande, desordenado y azul que no cabía en ninguna parte, y que por eso lo habían dejado frente a su ventana.
En su reemplazo están el sitio del edificio que vio nacer en 1827 a “El Mercurio”, el primer periódico comercial en habla hispana, hoy un triste lote baldío en el cruce de las callejuelas Matriz y Cajilla; la bien cuidada iglesia anglicana de 1858 con su órgano policromado en el cerro Alegre, la más antigua de América del Sur; un cristo de madera sevillano de 1576, que resguardado en la iglesia La Matriz hace recordar aquel pintado por Diego Velásquez; una canción de Arjona que se escapa tímidamente por una pequeña y anónima ventana amarilla, y cientos de gatos porteños pardos, viejos y sonsos que en los escalones, barandas y techos se hacen amistosamente amigables al caminante foráneo; de los mismos que, seguramente, tanto se acompañaron Borges y Hemingway.
Un caminante que en su emocionante y extenuante jornada de a pie no hace otra cosa que toparse con cientos de andenes en los que se lee “Red de gas, antes de excavar llamar a Gasvaipo, fono 600-600-7000” y con miles de fachadas de cal descascarada y zinc oxidado tan prestas todos a contar sus historias no sin antes haber verificado que se conoce el camino, tal como lo exige Venecia cuando se tiene que aprender de memoria el retorcido vericueto si se quiere llegar sin ayuda a la plaza de San Marcos para admirar la cuadriga de bronce robada por los cruzados hace ocho siglos al hipódromo de Constantinopla.
De resto, la ciudad, que no crece desde hace medio siglo y que perdió recientemente su lucha para ser sede del Museo Guggenheim, dejó de ser el gran puerto que era desde que se abrió el Canal de Panamá para, entonces, ir asemejando con suficiencia sus decenas de cerros más deprimidos, “donde todo es escaleras y surgen tufaradas de humedad”, a un gran Siloé caleño, porque es un secreto a voces que Viña del Mar la dejó sin turistas y Santiago, sin el dinero que llegó a tener Bolsa de Valores y hasta un Banco de Londres en la calle Prat.
Por fortuna, su renombre lo seguirán salvando un terminal naviero, el recinto del Congreso de la República, la cripta del héroe naval Arturo Prat bajo la Plaza Sotomayor, ser la cuna irónica de Allende y Pinochet, sus universidades y, por supuesto, la casa de Neruda, un confeso marinero de boca. Pero su mejor grumete será siempre la Armada, la que guarda entre otras cosas la espada del Libertador O’Higgins, como lo hacía con la de Bolívar su quinta bogotana, y donde recala de las travesías el buque escuela Esmeralda, tal como el Gloria colombiano lo hace en la Escuela Naval Almirante Padilla de Cartagena de Indias.
Ahora Valparaíso, sede del naciente Consejo Nacional de la Cultura, puede que no tenga la oportunidad de volver a ser la “Europa acabada de desembarcar y botada en desorden en la playa”, pero sí tiene la obligación imperiosa de preservar el sitio histórico que es, uno al que lleguen mañana las principales líneas de cruceros para ver cómo fue posible que dos siglos atrás en esas decenas de cerros, aún coquetas a los ojos contemporáneos, se construyeron palacetes con jardines escalonados y se diseñaron callejas en las que pulularon logias masónicas, cafés de estilo vienés, academias de guitarra española y hasta confiterías con violinistas incluidos.