domingo, 29 de mayo de 2011

CUENTOS MAYO 2011


EL LIBRERO DE VIEJO

Es menester comenzar con la explicación de lo que se entiende por un librero de viejo. Un librero de viejo no es un librero viejo. No. Un librero de viejo es un cazador de libros de segunda mano, como Zacarías Torreblanca, que, por demás, tuvo en el centro de Santiago sus acuerdos con la comunidad franciscana arribada a Chile a mediados del siglo XVI con el adelantadísimo Pedro de Valdivia.
El librero de viejo, como lo señala Javier Marías, “se trata de uno completamente ignorante de lo que tiene y vende, y que por ello no suele marcar los precios en los libros, sino que los decide sobre la marcha, tras escuchar la pregunta del comprador posible, y sobre todo su tono al hacerla, pues no se guía tanto por la encuadernación, la tirada, la fecha o el autor del volumen, cuanto por el interés que muestra el cliente y su manera de contemplarlo o manosearlo”.
Así, una fiel copia de ello, resultó ser Zacarías Torreblanca. Únicamente, que uno más atormentado por sus manías de encontrarle gazapos a los diccionarios en castellano para hacérselos saber a la editorial correspondiente y por sus afanes irrefrenables de toparse con dedicatorias entre sus ejemplares de segunda mano para coleccionarlas como los entomólogos coleccionan sus mariposas muertas. En esas se le pasaron los días a este catalán exiliado, que nunca perdió la costumbre de saludar a sus compatriotas con un brazo en alto y la consigna ¡Viva España!
Su local, en la calle Rafael Sotomayor, entre Moneda y Erasmo Escala, fue soportado sabiamente por las disímiles ediciones viejas que, a través del correo de los franciscanos, le llegaban de Europa por el puerto de Valparaíso. Pero el privilegio no era casual: un antecesor suyo fue incondicional de fray Pedro de Bardeci, desde mucho antes de que el venerable religioso español, radicado en tierras australes, abrazara los hábitos en 1675 para desechar las usuras del comercio del tabaco.
Es sabido que grandes mentes usufructuaron en su momento las librerías de viejo. Mentes adictas a la Biblioarqueología, si es que así se le puede llamar a esta manía de lucro cesante. Walter Benjamin entraba y salía con desespero de estos locales en pos de curiosas ediciones infantiles. Pio Baroja forjó su reconocida colección esotérica de su casa de Itzea a punta de ejemplares oscuros que negoció con ventaja o que sustrajo furtivamente desde los trece años.
Por supuesto que Zacarías Torreblanca supo todo esto y otras muchas cosas más, pero también las disfrutó como un niñito en plena Nochebuena. Por su lugar del centro de Santiago pasaron cualesquiera tipos de personajes: poderosos y no poderosos, cultos e incultos, nacionales y foráneos. Pero apenas un personaje lo desveló: El Poeta. Para él trabajó. Para él respiró. Sus mejores esfuerzos bibliográficos se los destinó con inaudita exclusividad.
No sólo los congració el que uno fuera republicano y el otro, comunista. Zacarías Torreblanca se ufanó de haberle conseguido a El Poeta buena parte de los cuatro mil libros de su biblioteca personal, que luego donó a la Universidad de Chile, entre los que estaban los Triunfos y canciones de Petrarca, impresos en Italia en 1484; Las Luisiadas de Luis de Camoens, en su edición madrileña de 1639; dos cartas de Isabelle Rimbaud contándole a su madre la agonía de su hermano Arthur en el Hospital de Marsella; las pruebas de imprenta de la primera edición de Los trabajadores del mar, corregidas por el mismo Víctor Hugo, y la primera edición de Azul de Rubén Darío, publicada por una editorial de Valparaíso en 1888.
Pero Zacarías Torreblanca nunca lo hizo por el dinero, puesto que le bastó y sobró con el de una remota herencia dadivosa. Lo motivó algo más sublime: las comilonas de El Poeta. Su devoción de librero personal fue siempre, sin falta, bien recompensada con la invitación a los banquetes convocados por su apreciado cliente y su esposa Matilde en alguna de sus casas de Santiago, Isla Negra o Valparaíso, donde, por demás, El Poeta preservaba con excesivo recelo sus colecciones de caracolas marinas, de máscaras africanas, de dientes de narval y de mascarones de proa.
Por eso, no dudó un segundo cuando El Poeta le encomendó que le consiguiera, “a como diera lugar”, un título del Index Librorum Prohibitorum. Zacarías Torreblanca sabía muy bien de qué le hablaban. Conocía, casi que de memoria, el listado completo que la Congregación para la Doctrina de la Fe publicó entre 1559 y 1966, con las obras y autores catalogados como perniciosos para la Iglesia. En él estuvieron proscritos, entre otros, Copérnico, Galileo, Erasmo de Rotterdam, Rabelais, La Fontaine, Descartes, Montesquieu, Spinoza, Schopenhauer, Nietzsche, Marx y hasta Sartre.
Pero este requerimiento postrero por parte del autor de Canto General no le resultó casual. Dar con él era como ponerse a buscar una aguja en un pajar. Requeriría de un buen tiempo, lo mejor de su experiencia personal, lo más granado de su red de contactos. Ubicarlo sería como la coronación de El Everest para el alpinista, obtener el Premio Nobel de los Libreros de Viejo.
Entonces Europa, pues te tocará Europa, espetó El Poeta con su peculiar voz de ganso. La soportaba una figura elevada y obesa, casi de dignidad papal. Esta vez, Zacarías Torreblanca sí dudó. Por décadas, su mérito profesional había consistido en satisfacer a sus clientes sin salir de su librería. Pero toda regla tiene su excepción, y el Primer Salón del Libro Antiguo, a celebrarse el mes que entraba en la capital española por el Gremio Madrileño de Libreros de Viejo, se convirtió en la suya.
El resto de su obligada estancia en el Viejo Continente, pese a la crudeza invernal, lo aprovechó para reconocerles en persona a sus contactos franciscanos las satisfacciones bibliográficas proporcionadas durante tanto tiempo. Se movió por España, Portugal, Francia e Italia. En la Basílica de San Francisco de Asís admiró los frescos de Giotto y se postró ante la cripta del Santo para agradecerle las bondades otorgadas por la Orden que fundó. De regreso a Santiago, Zacarías Torreblanca arribó con una posible pista de dónde podría ubicar el complejo encargo de El Poeta.
Un año y medio después, lo tuvo resuelto entre las manos temblorosas. Sus incondicionales contactos, esta vez los franciscanos de Filipinas, dieron con los ejemplares en una librería de viejo de la Manila Intramuros, en la calle Cabildo, entre Anda y Real, a donde fueron a parar sin que nadie reconociera su valor.
Los admiró lentamente, los olisqueó lentamente, los acarició lentamente, tal como lo hizo con cada “material nuevo” que llegó al local de libros de segunda mano. Por su mente revoloteó Borges una vez más: un libro es una cosa entre las cosas, un volumen perdido entre los volúmenes que pueblan el indiferente universo, hasta que da con su lector, con el hombre destinado a sus símbolos.
Pese a ser medianoche, llamó a El Poeta y se dirigió a La Chascona, a la vivienda-barco enclavada en el norte de la ciudad. En un maletín de cuero marrón resguardó su conquista literaria. Tomó un taxi, pero se apeó en la esquina de Vicuña Mackenna con Cardenal José María Caro. Hacía frío en las calles desérticas: el invierno avanzaba sin contemplaciones por el Cono Sur. A punto de cruzar el puente de Pio Nono, para adentrarse en el barrio Bellavista, lo abordaron tres hombres ataviados de negro, que surgieron como tres ánimas en pena del contiguo Parque Forestal. Zacarías Torreblanca declinó cederles el maletín. Una puñalada certera en el pecho sentenció su destino.
Río abajo, con un inocultable desprecio de su parte, los tres hombres ataviados de negro arrojaron a las turbulentas y heladas aguas del Mapocho los cuatro tomos manuscritos de 1604. En lo más alto de su casa en el cerro San Cristóbal, marcada con el número 0192 de la calle Fernando Márquez de la Plata, El Poeta se quedó esperando para siempre el original de la primera parte de El Quijote censurado por la Iglesia. Lo invadía el rumor de la cascada del cerro.





LA HIJA MENOR

La madre asegura que la menor de sus hijas sonrió mucho antes de abrir los ojos por primera vez. Desde entonces, pese a las precarias circunstancias, ella nunca dejó de sonreírle a la vida.
Sonrió mientras liaba con su hermana mayor cigarrillos baratos para la subsistencia del hogar. Sonrió cada vez que comía masala dosa. Sonrió aunque desconocía las tonalidades de la Bahía de Bengala. Sonrió cuando danzaba descalza, pero con excelsa maestría, el bharatanatyam sobre el piso de tierra aprisionada de su hogar en Jhorpara. Pero lo que más desconcertó, fue que ella sonrió pese a ser mujer.
Una vez aprendió el hindi, también aprendió que con su hermana mayor eran la desgracia de la familia. Que lo mejor hubiera sido que sus padres se deshicieran de ellas antes de nacer, como se acostumbra en los hogares hindúes cuando nace una niña.
Aún así, su sonrisa fue atizada a diario por la devoción que les profesó a los dos hombres de la casa. Cada atardecer, sin falta, ella se desvivía por ungirles los pies cuando regresaban de los sembradíos de arroz, trigo y semillas oleaginosas, donde ambos laboraban como jornaleros. Y siempre lo hacía cantando kirtans, con una devoción casi mística, que inquietaba a su hermana mayor y confundía a su madre. Pero sobre todo, ella lo hizo a sabiendas de que no existía para ellos, como tampoco existen para ellos las demás mujeres de la India.
Ella jamás lució la seda de un sari nuevo; su hermano menor jamás ha usado ropa de segunda mano. Si por alguna razón, ella incomodaba a su hermano menor, recibía una reprimenda de su padre. Esto no impidió que cada amanecer, durante el puja, postrada ante el altar familiar, le implorara a Brahmá, a Shivá, a Vishnú y a Krishna, para que mantuviera a los dos hombres de la casa apartados de las fuerzas del mal.
Con una sonrisa eterna, ella les arregló la ropa, les limpió la habitación, les cuidó sus animales domésticos y les cocinó pilaff, pakoras, panir y biryani. Y lo comenzó a hacer con mayor ahínco desde que su hermano menor, de once años, entró en convalecencia.
Tres meses atrás, luego de manifestar de manera persistente fatiga, insomnio y pérdida de apetito, los médicos locales de Jhorpara insinuaron un severo cuadro de anemia ante el estado de abatimiento y desinterés del paciente. Una vez remitido a un hospital público de Calcuta, tras los minuciosos exámenes clínicos, le diagnosticaron la Enfermedad Renal Crónica en etapa tres, que resulta mortal si no se trata a tiempo.
A la reciente incapacidad médica del hijo menor, se le sumaba la ya progresiva pérdida de visión del padre aquejado por la Distrofia de Fuchs, que provoca la muerte de las células e inexorablemente lo dejará ciego.  Cada día, ella escuchaba que apenas un trasplante de córneas evitaría el inminente despido laboral de su padre; pero ante todo, que apenas un trasplante de riñón salvaría la vida de su hermano menor.
Desde entonces, sobre lo único que hablan los mayores de la casa es de unos inalcanzables procedimientos quirúrgicos que no están al alcance de sus posibilidades. Mencionan, sin siquiera entenderlos, asuntos como el aumento en los niveles de  la creatinina y la filtración glomerular. Luego discuten, por el mero hecho de discutir, sobre las conveniencias de una dieta hipoproteica, de una diálisis o de un trasplante.
Por lo demás, ella comprendía que estaban en juego el honor del apellido familiar y las dotes de las dos hijas, que equivaldrían a siete años de trabajo en caso de muerte de su hermano menor. Y aunque la sonrisa le persistió a flor de piel, no era el reflejo de los secretos que anidaba su alma. Pero ninguno en la casa se percató.
Hace dos días, el pequeño altar de la familia amaneció sin flores frescas. Como había sido la costumbre casera, tampoco estaba debidamente iluminado y aromatizado antes de la alborada. La responsabilidad diaria recaía exclusivamente sobre ella, a excepción de los períodos de menstruación, y ésta no era la ocasión para ello.
Sus padres la encontraron inconsciente en el piso del cuarto que compartía con su hermana mayor. Presentaba vómito y dificultad para respirar. La valoración médica fue inclemente: intoxicación aguda por pesticida. El Hospital de Anulia, a cuarenta kilómetros de Jhorpara, tampoco pudo hacer mayor cosa. El tiempo transcurrido desde la ingesta del Thiodan y su elevada concentración plasmática eran fatales.
Envuelto en una sábana roja, acorde con la casta de los shudrás y en virtud de su condición sexual y su estado civil, el cadáver ardió sobre la plataforma de maderos baratos. El fuego purificador lo avivaron las aspersiones de mantequilla refinada y las ingentes cantidades de bosta empleadas durante la ceremonia final.
Tras cuatro horas de combustión, apenas quedaron las cenizas y uno que otro trozo de hueso calcinado. El monzón bengalí alcanzó a mimetizar el mantra del brahmán de turno: “Que el ojo vaya al sol, el aliento al viento; ve al cielo, a la tierra conforme a las reglas; ve a las aguas; si es tu destino, entra en las plantas”.
Los dos hombres de la casa, los únicos allegados con autorización expresa para presidir el ancestral ritual funerario, recolectaron muestras de las cenizas en una modesta urna de cobre. Doce horas después, cumpliendo con la tradición, rociaron agua sobre ellas en presencia del resto de la familia. Su padre y su hermano menor las llevarán a Calcuta para verterlas en la corriente del Hugli. Es lo que al menos intuyen que ella hubiera deseado que hicieran en la Ciudad de la Alegría que no conoció.
En la mano temblorosa de la madre reposa la nota de despedida que la hija menor depositó bajo la almohada de su cama. Le fue encontrada después de la cremación y no hay duda de que es de su puño y letra. Al fin y al cabo, ella misma le enseñó a escribir.
La caligrafía davanagari está plasmada con destreza en la hoja de un viejo cuaderno escolar. El trazado de los sinuosos caracteres abugidas, al igual que el de un diestro copista del medioevo, es pulcro y es recto, como acabado de salir de la imprenta. Sus formas finales no manifiestan angustia ni mucho menos, apremio. Pero ante todo, la firmeza de su delineado no denota vacilación alguna en la factura.
Aunque se trata de la carta de una adolescente, su determinación es la de una adulta. En ella, la hija menor advierte que sus córneas les sean extraídas antes de la cremación para provecho del padre. Pero ante todo, ella hace hincapié para que sus riñones los donaran a su hermano menor, el único futuro posible para todos en la casa.
Aclara que con los respectivos trasplantes, quedarán asegurados el honor del apellido familiar y la dote de la hermana mayor. “Para los pobres es el dolor”, cierra la misiva. Sin embargo, en la abatida mente de la madre apenas hay lugar para una cosa: la sonrisa que la hija menor se llevó consigo. No la ha olvidado. Ni jamás la podrá olvidar.
No fue la sonrisa de alegría a la que ella los mantuvo acostumbrados desde que llegó a este mundo hace doce años y con la que intentó paliar la humildad de sus existencias. La última sonrisa en el rostro de la hija menor fue una sonrisa desconcertante. Fue una sonrisa que nunca le conocieron en vida. Fue una sonrisa de plenitud.           

Nota del Autor: a la memoria de Mumpy Sakar, que extinguió su luz para ofrendársela a otros.

UN CUENTO DE 1999



EL TELÉFONO

Juan Alberto despertó exaltado. Supo que eran las siete de la mañana del sábado, pero no comprendió por qué perdió el sueño. Unos segundos después, lo vio claro: despertó por no poder rascar con las uñas el lado derecho de la espalda. Le faltaba la mano izquierda, pero le preocupó más perder en esa palma el número de teléfono de la joven que lo obsesionaba hacía medio año.
Intuyó que no debía despertar a Paola, su esposa, porque con esa mano, misteriosamente amputada durante la noche, extravió, también, la argolla de matrimonio. Lo acongojó la imposibilidad de recuperar -en este estricto orden de importancia- el número, la argolla y la mano. Sin embargo, procuró no pensar en la pérdida y, más bien, ocupar la mente en comprender la incómoda situación.      
Se sintió culpable de infidelidad y comprendió que sobre él había recaído el castigo divino repetido por siglos para aplacar la lujuria humana. Intentó guardar la calma: era lo más indicado para el momento. Miró el muñón cicatrizado en el antebrazo izquierdo: ahora estaba en la lista de los mancos célebres de la humanidad (como el de Lepanto, Blas de Lezo, el capitán Garfio, René Lavand).
La idea del adulterio lo llevó a divagar en animales con cuernos: toros, venados, cabras, rinocerontes, bisontes y hasta narvales del Mar del Norte pasaron por su mente, pero se detuvo en uno de ellos, el unicornio. Desde niño, lo obsesiona el mito del caballo, con tamaño de antílope, que sólo pueden cazar las vírgenes, y cuyo cuerno tiene atributos de antídoto mágico. Sin embargo, la realidad y, aún más, el recuerdo de la extremidad ausente, eran ineludibles esa mañana.
Por primera vez, Juan Alberto detalló una mano: lo hizo con la restante. La humanidad ha concluido que de sus manos depende lo que hace y crea, que se les atribuyen desde el arte rupestre un carácter de elemento mágico de supervivencia, que en sus rayas se lee el destino de los hombres, que las usa para actos tan sencillamente complejos como saludar y despedir, que cada mano es controlada por el hemisferio opuesto del cerebro. Pero la conclusión mayor es que la oposición del pulgar al resto es el distintivo físico primordial de los primates.
“!No sé si ahora soy un seudohomosapiens o un cuasiantropoide!” -susurró-, pero la angustia se acrecentó cuando recordó que es un novelista reconocido, zurdo, de cincuenta y cuatro años, que únicamente produce manuscritos porque detesta y teme a las máquinas de escribir y al computador.
"De qué viviré sin la que manipula mi pluma" -meditó mientras trataba de percibir en la oscuridad de la estancia la biblioteca donde colecciona los ciento cinco ejemplares correspondientes a sus quince novelas traducidas en siete idiomas-. Sintió que el mundo creado a su alrededor, el del intelectual respetado por la comunidad internacional, se derrumbaba de sopetón y sin misericordia.
Con esta ulterior preocupación quedaron relegadas las mínimas de un manco novel: cómo aplaudir, cómo amarrarse los cordones, cómo interpretar guitarra, cómo hacer nudos de corbata, cómo trinchar alimentos, cómo sacar algo del bolsillo opuesto. Juan Alberto supo que no le quedaban más alternativas que las de asimilar la habilidad de aquellas mujeres que sueltan con una mano el broche trasero del sostén, y la de reaprender la escritura con la otra mano.
Era la manera única que quedaba para que no recorriera el mismo camino de tres grandes latinoamericanos que terminaron dictando su genialidad: Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato y Germán Arciniegas. Todo, por la obsesión de un número de teléfono apuntado de prisa en la palma de su mano izquierda.
Con terror, escuchó que Paola, aún soñolienta, preguntó por la hora. Entendió que debía aprovechar la lobreguez de las cortinas.
¾Apenas son las cuatro. Trata de conciliar el sueño, que es sábado respondió con la mayor naturalidad posible.
¾Pues parecen las siete ¾murmuró la esposa, para quedarse dormida.
Supo que contaba con poco tiempo, que debía hacer algo. No estaba seguro de rezar o pedir misericordia por su infidelidad. “Además -rezongó Juan Alberto-, esa aventura no ha pasado a mayores. ¡Qué es un número telefónico no discado! Es absurdo que me condenen por esto”.
El recuerdo del hermoso rostro de la mujer del número telefónico se le hizo algo inevitable. Desde hace seis meses, sin falta, se la encuentra en el metro cada mañana cuando él va a comprar los periódicos extranjeros que venden en una pequeña librería del centro de la ciudad, y cada vez a ella le calcula la edad por el vestido que lleva puesto: 25, 20, 27, 22, 31, 19, 28, 33, 18.
Sin duda que ella era la responsable de la pérdida de su mano izquierda. El viernes por la mañana se le acercó y le escribió en la palma un número de teléfono. Luego le dijo que la llamara, porque mañana (hoy sábado) se iba del país y no quería hacerlo sin tener sexo con un escritor ilustre.
Fue el mismo número de teléfono que no le permitió trabajar en la tarde del viernes la jornada habitual de su decimosexta novela; que ahora lo convierte en un adúltero y le menoscaba su existencia de zurdo, y que no lo dejó dormir anoche como acostumbra hacerlo. Sus lágrimas comenzaron a rodar.
“¡Qué desgracia, ni siquiera puedo cubrir a manos abiertas mi llanto!” -refunfuñó mientras pensaba en el suicidio, en escapar de la casa o en cortarse la mano diestra para al menos no ser un minusválido mediocre.
La desesperación se apoderó de su proceder. Buscó la mano, como último y desesperado recurso, en el extremo de su antebrazo izquierdo, entre las cobijas, en los bolsillos del pijama, bajo la cama y entre las sábanas; en la pila de almohadas, encima y dentro de su mesa de noche, en el baño y sobre el tapete.
“¡Ni puta mierda!” -se lamentó en voz queda-. Comprendió que le quedaba apenas un lugar por escudriñar: su mente. Era la última alternativa, la única, pero la posibilidad de fallar en el intento le provocó pánico.
El timbre telefónico lo acabó de despertar. Paola encendió la lamparita de la mesa de noche y contestó asustada, pero colgó en segundos. “¡Tan raro!” -explicó adormecida-. Era una mujer que preguntaba dizque por un afamado novelista”.
Juan Alberto respiró aliviado. Acababa de caer en la cuenta de que es ingeniero de sistemas, nunca ha sido infiel o publicado la menor cosa, tiene treinta y dos años, porta la argolla matrimonial asida a la cadenita del cuello y es diestro. Sin embargo, la alegría duró instantes: con la mirada, una de reojo, comprobó que en la palma de la mano izquierda tenía apuntado un número de teléfono.