martes, 21 de agosto de 2012

CUENTO AGOSTO 2012

EL CAZADOR DE CARTAS

Se afirma que la identidad es el punto de confluencia entre aquello que una persona desea ser y lo que el mundo le permite ser. Si ello es cierto, sería mi caso. Pero esgrimiría en mi defensa -aunque yo no sé por qué deba hacerlo- que de una imposición nació una pasión, por no decir una obsesión.
Como un hijo de marinero, no de marino, que esto quede bien claro, crecí en su ausencia. Mi padre permaneció la mitad de mis primeros quince años lejos de casa. Nuestro único contacto era su correspondencia. Resultaba una dicha encontrármela al llegar de la escuela. Mi madre me la dejaba sobre la cama una vez pude leer solo. Gozaba con cada carta, porque siempre fue una carta y no una escueta postal de viaje. Sin duda, mi Edad de Oro.
Desde entonces, claro que por aquel entonces sin que lo supiera, viví como mías las palabras de Emily Dickinson: “Una carta la siento como la inmortalidad, porque es la mente sola sin el amigo corporal. Deudores en nuestra conversación de la actitud y del acento, parece que hay un poder espectral en el pensamiento que camina solo”. Pero debo aclarar que yo, como todo el mundo suele hacerlo en todo el mundo, no las abría de inmediato.
Lo primero que admiraba era el matasellos. Los había circulares, triangulares, hexagonales, rojos, negros, verdes. Por medio del Diccionario Enciclopédico Quillet, -comprado exprofeso por mi padre- averiguaba todo lo referente al puerto de timbre. No está por demás añadir que me fui convirtiendo en un avezado de la jerga marinera. Tarquina, limera, escoben, cerrazón y abarloar, con cientos de otros términos náuticos, comenzaron a formar parte de mi léxico de una manera tan natural como hogar, madre, comida y tristeza. De cada correspondencia extraía por lo menos dos vocablos navales nuevos, que mi padre incluía para garantizar mi formación integral y de paso amenguar su cargo de conciencia.
Luego me concentraba en la estampilla. Aunque no he podido ser un buen amante de la filatelia, puedo certificar que poseo unos seiscientos ejemplares que no están a la venta: ustedes comprenderán que el único valor posible es el sentimental. En cada ocasión estudiaba el diseño con una lupa de lentes aplanáticos -que mi padre me trajo de Hamburgo en mi cuarto cumpleaños- y luego consultaba la historia del país que emitió el respectivo sello postal.
Finalmente, procedía a rescatar la estampilla del sobre, sin afectar sus dientes. Recortaba el extremo donde venía adhería y lo sumergía en salmuera durante media hora. Una vez separada, enjuagaba la estampilla con agua fría para retirarle los restos de goma y la ponía entre dos papeles secantes. Encima les colocaba los tomos que había consultado del Quillet. Al cabo de dos días, no más ni menos, cuando su planchado estaba asegurado, clasificaba la estampilla en mi catálogo organizado por continente, país, ciudad y fecha. Apenas en ese momento, cumplido aquel ineluctable ritual, me disponía a leer la carta de turno.
Debo advertir que jamás se trataron de misivas prosaicas, sino de verdaderas aventuras de mar. Hoy, a mis cuarenta y seis años, soy consciente de que mi padre tuvo que haber bebido de Conrad, de Marryat, de Graves y de Salgari, aunque en su momento sus historias se me asemejaron mucho más a las afugias de Tintín y Milú. No de otra manera pudo contarme con tantísima soltura los avatares en mar abierto y en muelles desconocidos del capitán Maravedís, que creó para mí como un hibrido de Sandokán, John Silver, Ahab, Simbad y Marlow.
Sin embargo, no fue hasta los once años que vislumbré que sus cartas podrían realmente ser una verdadera fuente de ingresos. En vísperas de una navidad, mi madre me propuso que las recopilara en grupos -en una suerte de capítulos de historias entrelazadas- y que se los alquilara a mis abuelos, a mis tíos y a mis primos, para poder hacerme al Walkman Sony que tanto anhelaba. Tiempo atrás, desde que aprendí a leer por mí mismo, ella me pagaba para acceder a las cartas en un acuerdo tácito entre ambos, que aunque nunca quedó escriturado, siempre se cumplió al pie de la letra como un mandato constitucional.
La tarea resultó ardua por la cantidad de misivas acumuladas: una por semana. En total, para dicha época tenía cuatrocientas ochenta y dos. Con la ayuda de un mapamundi, a cada grupo de cartas le intenté trazar un recorrido coherente. Por ejemplo, que en el Mar Amarillo se zarpara de Shangai y se recalara en Kagoshima, previo fondeo en Pyongyang. Recuerdo que aquella ruta oriental -compuesta por epístolas de años distintos y las que más me costó trabajo armar- la denominé Mareas del Sol Naciente.
Cuatro años más tarde, tras el inesperado deceso de mi abuela materna, le fueron encontradas bajo doble llave cuarenta y nueve cartas de mi abuelo, marinero también, y del que se había separado treinta y tres años atrás. Cuando le comenté sobre el hallazgo, él me sugirió sin pudor intercambiarlas por lo que yo más deseaba: un televisor Sharp de veinticinco pulgadas.
Una vez en la universidad, en quinto semestre de Filología, tuve la fortuna de conocer a Augusto Monterroso, al autor del más afamado cuento corto escrito en lengua española. Del maestro guatemalteco admiraba la ironía; pero ante todo, me embrujaban sus relatos y sus fábulas, como aquella de La oveja Negra, soberbios ejemplares de la minificción y el humor negro.
En medio de una distendida conversación, le comenté sobre cómo las cartas de mi padre iluminaron mi niñez y una buena parte de mi adolescencia. En un gesto magnánimo, sin que yo se lo pidiera, Monterroso me obsequió la carta que él, al alcanzar la mayoría de edad, le escribió a su padre, un librepensador como él, esgrimiéndole las razones personales tanto para adoptar la nacionalidad guatemalteca en detrimento de la hondureña, como para dedicarse a algo tan incierto y de poca monta como el oficio de escritor.
Aquella misiva no solamente cimentó nuestra amistad, hasta su deceso en febrero de 2003, sino que me procuró no pagar por el resto del pregrado y el doctorado en Ciencias Humanas. La Universidad propuso custodiarla a cambio de una beca total, previo beneplácito del escritor centroamericano. Pero fue el apunte al garete de un profesor en octavo semestre -de aquellas disquisiciones que quedan en manos del viento- el que determinó mi destino.
Un defensor a ultranza de que estudiar la vida privada del autor es tan fundamental como estudiar la obra misma del autor, que no deben disgregarse como lo sugirieron los formalistas, el responsable del Seminario de Monografía nos propuso como ejemplo a Oscar Wilde y la imposibilidad de abarcarlo sin su ámbito íntimo. Recuerdo que además comentó que el valor de la carta que terminó por delatar su relación homosexual con el hijo del marqués de Queensbury, no sólo preserva un alto valor literario -para el denominado estudio referencial-, sino comercial, representado en decenas de miles de dólares.
Desde aquel preciso instante, supe qué diablos tenía que hacer con mi precaria existencia. Además, para entonces, ya me estaba muy claro que carecía del don de la creatividad, como años atrás, durante la adolescencia, entendí que de los tres tipos de inferencias posibles para la menta humana -a saberse: la deducción, la intuición y la especulación-, yo estaba mentalmente incapacitado para la primera y relegado socialmente para la tercera. Apenas restaba para mí el experimentar el placer del texto, del que nos habla Barthes.
En cuestión de dos décadas más, próximo a cumplir los cincuenta años, era considerada toda una autoridad en mi campo, todo un experto del denominado Género Referencial, que además de las cartas privadas incluye, entre otros, a los diarios íntimos, las autobiografías y las memorias. No había casa de subastas de prestigio mundial que no contratara mis servicios profesionales en la valoración y en la certificación firmada de epistolarios atribuidos a los grandes maestros de la Literatura Iberoamericana. Mi más reciente participación había sido en la venta -a cargo de la firma RR Auctions, con domicilio en Nueva Hampshire- de la misiva que Edgar Allan Poe le destinó en 1837 a la directora de una prestigiosa revista femenina para declinar la invitación suya de publicar sus artículos.
Vale esclarecer que aunque mis honorarios corresponden al diez por ciento de la transacción final, yo nunca he pujado por las epístolas subastadas. ¡Yo soy un cazador, no un coleccionista! El único original que poseo es más bien un curioso telegrama en alemán. Para anunciarle al suegro el nacimiento de su primogénito a mediados del siglo XIX, el matemático Lejeune Dirichlet, reconocido también como el padre de la función, le escribió: 1 + 1 = 3.
Pero mi aporte profesional no se ha limitado a la consulta. Además de los escritos en publicaciones académicas y en revistas especializadas, he resarcido varias cartas de entre el polvo de las librerías de viejo. Es el caso del local Al Tossal, en el número 11 de la calle Balmes de Valencia. Allá -en la ciudad de las flores, las fallas y la paella-, rescaté una misiva de don Jacinto Benavente, premio Nobel de Literatura de 1922. Aunque la amarillenta epístola presentaba condiciones precarias que la hacían casi ilegible y carecía de firma, logré identificarla por su fecha: 1938, época en que el irónico y elegante escritor madrileño se radicó en aquel puerto durante la Guerra Civil; por su caligrafía: alargada y reiteradamente inclinada a la derecha, y por su temática: respecto de una puesta en escena donde él actuó. Pero lo que más me ayudó fue el encabezado Angelito, en referencia al barbero zaragozano Pueyo Vallés, con el que Benavente se carteó desde 1918.
Lo que sí nadie conoce es mi Colección de Vírgenes. La he venido alimentado sigilosamente, a través de mis viajes y de mis contactos. Está preservada en un lugar de la ciudad, que entenderán me es imposible develar, pero que cumple con todas las exigencias de un ambiente controlado: luminosidad de 50 lux, temperatura de 13 grados centígrados y humedad de 30 por ciento. La llamo así -de Vírgenes- porque la colección se compone de superficies para escribir que nunca fueron empleadas para su fin. De ella hacen parte varias tablillas de arcilla con seis mil años, papiros con cuatro mil años, pergaminos con tres mil años, y papelería de seda, arroz, algodón, trapo, lino y cáñamo, de al menos mil años.
Está claro que todo el mundo quiere algo. Nosotros, los hombres, de una u otra manera, estamos a la caza de poder, de mujeres, de caballos, de quimeras, de reconocimiento, de automóviles. En mi caso, como ustedes ya lo saben, me había gastado media vida en pos de cartas ajenas. Por mis manos han pasado -para sólo ilustrarlos- la correspondencia entre Carlos Fuentes y Albert Camus; las misivas de Gustavo Adolfo Bécquer desde el Monasterio de Veruela; los mensajes enviados por Fernando Pessoa a la mecanógrafa Ophelia Queiroz, el único amor de su vida; las polémicas epístolas de sor Juana Inés de la Cruz refiriéndose al papel real que la mujer debería desempeñar, y una gran parte de los trescientos comunicados de Rubén Darío, datados desde su adolescencia.
Sin embargo, pese a todos los reconocimientos, yo me sigo catalogando apenas un vulgar propalador de infidencias póstumas, un trivial profanador de la intimidad de los difuntos. No de otra forma, gracias a las cartas de los grandes escritores es que la Humanidad se enteró de sus asuntos más trascendentales (como la obsesión confesada por Faulkner en 1944 al crítico Malcom Cowley: Aún estoy tratando de meter la historia de la Humanidad en una sola frase), y de sus banalidades más seculares (verbigracia: que Tolstoi aprendió a montar bicicleta en las calles de Moscú a los 69 años, que J.D. Salinger se bebía su propia orina y manifestó tendencias pedófilas, que Víctor Hugo tenía que desnudarse para poder escribir o que la recia Gabriela Mistral, en efecto, tuvo amoríos con la estadounidense Doris Dana, de la que, quién lo creyera, dependió para todo).
Apenas me vine a dar cuenta de que esa clase de trabajo me estaba afectando cuando se alteró mi Power Nap. Desde los treinta años domino la técnica de descanso conocida también como la Siesta de los Dieciséis Minutos. Esta práctica no solamente la recomiendan los psicólogos sociales de la Universidad de Cornell, sino que la implementa la mayoría de los pilotos comerciales entre sus vuelos internacionales. Incluso, se dice que por cada dos horas de trabajo, Miguel Ángel dormitaba veinte minutos, lo que lo convierte con Albert Einstein en los más connotados dormidores polifásicos de toda la Historia.
La realidad es que -¡soltémoslo de una buena vez!- desde La Esquela no soy el mismo. La escribo así, con mayúsculas iniciales, porque aquella misiva, en efecto, cumplió a cabalidad con lo que en los tiempos pretéritos se entendía por una esquela: “carta breve cerrada en forma casi triangular”.
Digamos, para comenzar, que resultó algo inusual que ella llegara a mi casa. Toda la correspondencia de trabajo la he manejado a través de la oficina que tengo habilitada hace diecisiete años en la calle de Los Herreros, en pleno centro histórico de la ciudad, en la zona donde vivieron el virrey y los oidores. Pero fue el remitente el que me dejó perplejo: Francisco de Quevedo.
En ella, el supuesto excelso escritor del Siglo de Oro y caballero de la Orden de Santiago me solicitaba que entabláramos una relación epistolar. Por supuesto, terminé de leer la esquela y a continuación la destruí. A las dos semanas, arribó su segunda esquela. El maestro barroco ahora indagaba por la suerte de la primera. En esta ocasión, reparé en ella. A simple vista, correspondía a una correspondencia de hacía cuatrocientos años. Pese a lo absurdo del asunto, conservé el documento. Fue su tercera esquela la que me hizo actuar.
El autor de La vida del Buscón se excusaba por su impertinencia y recalcaba que él no insistiría en su propósito. Sin perder más tiempo, rebusqué en mi biblioteca el ejemplar del Epistolario completo de don Francisco de Quevedo y Villegas, una edición crítica que el ensayista Luis Astrana Marín publicó en 1946. ¡La caligrafía del maestro resultó idéntica a las de las esquelas que él me había enviado! Atribulado, sometí las esquelas al juicio profesional del perito grafotécnico de mi entera confianza, con el que llevaba trabajando desde que me inicié en este oficio de las cartas. Apenas se las envié con una notica: ¿Qué opinas tú?
Aunque es cierto que a la fecha no existe un procedimiento científico que permita determinar con exactitud la “antigüedad absoluta” de un documento, un examen integral del mismo permite indicarnos su “antigüedad relativa”. A la vuelta de cuatro días, recibí su dictamen técnico. En efecto, era un característico papel del siglo XVI, obtenido por el encolado de cáñamo. ¡Eso fue todo! Él no hizo mención alguna a otros aspectos discrecionales, como las tintas empleadas, los giros idiomáticos y la distribución de los textos. Dado que la mesura es requisito sine qua non del negocio en que nos movemos, el asunto quedó allí.
A la semana siguiente, recibí otra esquela. Esta vez, la remitía Pedro Calderón de la Barca y la firmaba como el Capellán Mayor de Carlos II. La historia establece que dicho cargo cortesano le fue otorgado en 1666, por lo que él estaría próximo o algo por encimita de sus setenta años. El creador de La vida es sueño me congratulaba por mi excelsa labor de preservador epistolario y me encomendaba a que yo no bajara la guardia en mi conservación de la memoria extraña. También, me alentaba a que no me incriminara como sacrílego de la conciencia de los otros: Sepa Usted, muy señor mío, que cuando se remesa una misiva, se es del todo consciente de que ella asume la anodina subsistencia de las botellas de mar.
Una vez más, recurrí a mi biblioteca para ahora confrontar la publicación de la Universidad de Valencia en torno a las cartas, los documentos y las escrituras de Pedro Calderón de la Barca. ¡Otra vez, la caligrafía fue idéntica. Esperé prudentemente, pero dado que no llegaron más esquelas suyas, le envié la que tenía a mi perito grafotécnico con idéntica notica: ¿Qué opinas tú? A la vuelta, su respuesta fue similar: apenas me reconfirmó que se trataba de un papel de lino del siglo XVII. Ni un comentario de sobra.
En síntesis: sólo yo puedo ver lo escrito en aquellas misivas, como en una especie de tinta invisible exclusiva para mis ojos. Desde entonces, no han dejado de arribar esquelas de Iberoamérica entera. Provienen de sus más connotados hombres de letras fallecidos: Bécquer, Unamuno, Eça de Queirós, Guimarães Rosa, Rulfo, Paz, Borges, Neruda, Gallegos, Asturias, Isaacs, Martí, Carpentier, entre otros. La más reciente la firma Carlos Fuentes.
Todos, sin excepción, me confiesan sus infidencias -los grandes secretos que se llevaron a la tumba y que ahora no los dejan descansar en paz- en torno a cuestiones de la política, la literatura y la religión. También abarcan los asuntos más íntimos de todos. Por ejemplo, José Asunción Silva me habló de su hermana Elvira y de los más connotados miembros de la elite bogotana con los que la compartió en verdaderas orgías incestuosas, mientras que Federico García Lorca me develó -con fechas, lugares y nombres propios- a las influyentes personalidades españolas que él se llevó a la cama, incluidos entre a varios obispos y hasta a un cardenal de radical corte monárquico alfonsino.
Por supuesto, el asunto no lo he comentado con nadie. ¡Mal haría! Para el resto, aquellas esquelas serían un mero arrume de ajados papeles sin usar. Y aunque esto aqueja mis laborales -no he vuelto a trabajar por estar respondiendo la incesante correspondencia-, sé que preservo la lucidez. Reconozco, por ejemplo, que el capitán Maravedís fue una mera licencia poética de mi padre. Pero por otro lado, carezco del tiempo para ponerme a dar explicaciones.
En dos días me llega la visita de Cervantes. ¡Ojalá que todo salga bien! Las cosas ya están a su gusto, como el alcalaíno mismo me lo solicitó en su última carta: un San Francisco de Asís en la habitación; una buena dosis de sus infaltables porros de maría; sopita de nabos a medio calentar para pasar las noches; mucha, pero mucha agua para su inextinguible sed, que hoy sabemos producto de la diabetes que lo consumió, y, por supuesto, ingentes cantidades de papel de trapo, de tinta de negro de humo y de plumas de oca sin estrenar. Hasta alisté mi versión de 1780 del Quijote, publicada en Madrid a cuatro tomos con tapas en piel y textos corregidos por la Real Academia Española. Le imploraré al maestro de maestros para que me la dedique a pesar de su pésima caligrafía. ¡No faltaba más!