miércoles, 31 de octubre de 2012

CUENTO OCTUBRE 2012

EL JARDINERO

Dicen que las coincidencias no existen. Que no fue una coincidencia que Abraham Lincoln y John F. Kennedy llegaran al Congreso con un siglo de diferencia, que sus respectivas esposas perdieran un hijo siendo ellas primeras damas, que ambos presidentes estadounidenses fueran asesinados en un viernes con disparos en la cabeza, que sus respectivos homicidas provinieran de estados sureños y tuvieran nombres que sumaban quince letras, y que sus sucesores en la Casa Blanca, nacidos con un siglo de diferencia, portaran el apellido Johnson. Por mi parte, yo sí creo en las coincidencias, como se debe creer en los dogmas de fe. De otra manera, no se me hubiera restituido lo que creí perdido hace veintisiete años.
Lo primero que se me vino a la cabeza cuando por fin vimos al elocuente abad, fue la estampa de aquellos deportistas olímpicos de lanzamiento de bala. No sé si los han visto, pero todos preservan un idéntico biotipo.
¾Excusen la demora –nos dijo con voz de niño mientras ingresaba al despacho. Su agilidad era la de los leones marinos en tierra firme.
Aunque no teníamos una cita concertada, el abad insistió en sus explicaciones. Así, no enteramos de que iba a cumplir una semana en el cargo, pero que desde el primer día descubrió que había muchas cosas por enmendar en el monasterio fundado por los agustinos recoletos en 1604, a orillas del río Gacheneca.
Una vez asentó su humanidad de cíclope en la silla del escritorio abacial y haber hecho hincapié en que aún desconocía los pormenores del monasterio, formuló la pregunta que esperábamos con ansiedad.
¾¿Y en qué podría ayudarlos?
Con mi esposa nos encontrábamos de paseo por Boyacá. Habíamos viajado por tierra desde Cali y entre los sitios turísticos que con antelación escogimos estaba este monasterio agustiniano en pleno Desierto de la Candelaria, catalogado como el convento rural más antiguo no sólo de Colombia, sino de América. Su fama la complementan los lienzos coloniales de Gregorio Vásquez de Arce y la efigie de la Virgen de la Candelaria, pintada sobre cedro en 1597.
Tras cumplir con todos los formalismos de rigor, le hice saber que yo era un arquitecto paisajista de la Universidad del Valle y que con mi esposa necesitábamos conocer al jardinero del espacio claustral. El abad, unos cuantos años por encima de los cincuenta, nos repasó con cierta reticencia.
 ¾¿Al jardinero? –replicó en voz queda.
¾Entendemos que sus preocupaciones son superiores –me apresuré a decir ante su silencio–. Pero es un asunto de vida o muerte.
¾Ya veo –masculló el religioso acomodándose el habito negro. Luego sopesó el óleo de gran formato con la estampa de san Agustín.
Sin mediar palabra, alzó el teléfono y ordenó la presencia de un tal fray Felipe.
Mientras los tres esperábamos por el susodicho, le comuniqué el motivo de mi desazón al encargado del monasterio. Y en efecto, tal como él nos lo advirtió de antemano, el monje jardinero no encajó con la persona que anhelábamos encontrar. Fray Felipe era la antítesis del abad. Si él hubiera estado dormido, habríamos jurado que su fallecimiento se debió a pura y física inanición. Además, a duras penas logramos sacarle algunas palabras a aquel monje. Así que sólo nos restaba el regreso a Ráquira, distante unos siete kilómetros por una vía destapada que, en términos del tiempo, convierte el exiguo recorrido en uno de cien kilómetros.
A punto de que mi esposa y yo traspasáramos el portón de gruesos maderos carmesíes, que conecta la histórica casa de formación agustiniana con un empedrado a cielo abierto, el monje del despacho abacial nos abordó, pero en silencio. Su rostro continuaba resguardado por la capucha negra. Con una escueta señal, nos indicó que lo siguiéramos de regreso al claustro.
Cuando los tres estuvimos de vuelta en mitad del patio más antiguo, habló:
¾¿Para qué requieren al jardinero?
¾Ya no tiene importancia, hermano –respondí con afabilidad–. Pensábamos que se trataba de otra persona.
El religioso por fin descubrió su faz, que se nos antojó cadavérica.
¾Yo sé por qué ustedes están acá –aseveró señalando los jardines alrededor de la pileta circular, los mismos que me embelesaron desde que entramos por primera vez. En el centro, se erigía una columna coronada por una cruz.
Una vez su severa mirada auscultó el entorno, donde en las cuatro direcciones descollaba una balconada de indubitables aires españoles, repitió la escueta señal para que volviéramos a seguirlo.
A punto de alcanzar el segundo piso, tañó tres veces una campanita de bronce empotrada en la pared blanca. Luego, inmutable, prosiguió por el largo pasillo de arcos de medio punto, columnas de piedra y pisos de ladrillo, hasta alcanzar una de las habitaciones, de puertas verdes como las demás en aquel nivel, por la que se nos perdió de vista.
La austeridad de su mobiliario nos hizo comprender de inmediato que se trataba de una de las celdas de clausura. Un imponente crucifijo de caoba y plata era el único adorno visible en el lugar. El monje jardinero se había ubicado ante el lecho de enfermo de otro religioso de avanzada edad.
¾Es lo que buscan –espetó, sin retirarme la mirada.
Impulsado por una corazonada que por otra cosa, entre los tambores de guerra de mis latidos me aproximé al octogenario, que más parecía un nonagenario. “Yo soy el único centinela de su pasado y el único albacea de su conocimiento”, musitó fray Felipe con un dejo de cariño. En seguida, sin pedírselo, abandonó la celda, no sin antes aclarar que aquel otro monje estaba ciego y sordo.
En efecto, él era lo que yo tanto buscaba desde hacía casi tres décadas, desde la noche del 13 de noviembre de 1985, cuando yo apenas tenía ocho años y una avalancha de lodo borró nuestro hogar de la faz de la tierra.
No me costó trabajo reconocerlo. Él es mi leyenda. Uno apenas es su memoria. Además, ahí, en su lugar, estaba la cicatriz del entrecejo. Pero fueron sus ojos zafiros, productos de un albinismo ocular, los que hablaron en silencio. Ellos han permanecido cincelados en el recuerdo. Fueron los últimos que vi aquella noche de estruendo, cuando nuestras manos se apartaron y como por un divertimento divino en Armero veinticinco mil personas perecieron en el acto.
Desde pequeño me deleitó acompañarlo a su trabajo. Mi abuelo era el jardinero del cementerio. Aún hoy, sigo creyendo que en el mundo no hay lugar más incitador para la imaginación de un niño, quien quiera que sea ese niño. A su lado, la muerte se nos antojaba bella, delicada, no temida. Allá, entre descuidadas bóvedas blancas y pausas extensas, no sólo me enseñó las once partes de toda flor hasta que yo distinguiera sin equívocos entre el pistilo y el estilo e identificara sin confusiones el ovario y el óvulo, sino que me transmitió su pasión por ellas.
La misma pasión que me sirvió de acicate para inquirir por el encargado de los jardines del Monasterio de la Candelaria cuando vi sus diseños, idénticos a los que él aplicó con inmutable devoción. La misma disposición de las flores, la misma percepción geométrica y, sobre todo, el mismo empleo de la Flor de Jamaica, que él, como nadie más, supo convertir en su impronta personal, en su huella digital, en su ADN, en la rúbrica con que firmaba sus floridas obras de arte.
En el cementerio de Armero –irónicamente, el único lugar del pueblo que no desapareció aquel miércoles de tragedia por estar ubicado en la ladera más alta también entendí que los colores son mucho más que los colores. Con las palabras más sencillas del mundo, mi abuelo me explicó que sus vidas no solamente dependen de la intensidad de la luz cromática, sino que ellos pueden llegar a ser la metáfora misma del Universo. Apenas en la universidad, cuando estábamos estudiando a los impresionistas, fue que vine a entender en las palabras de Monet lo que mi abuelo tuvo que padecer en silencio: “El color es mi obsesión diaria, la alegría y el tormento”.
Sin embargo, la única condición posible para que él hubiera podido enseñarme que en algún lugar de este mundo sí existen dos ojos cinzolinos, siete marranos sésamos, cuatro mares cerúleos, millones de pelos espliegos y miles de tejados bermellones, y una hermosa niña dulcamara que a esta misma hora podría estar pensado en mí. Pero ante todo, allá, en la solemnidad del camposanto armerista, mi abuelo me enseñó algo que yo sé que no le enseñó a nadie más.
Eso fue el primero de los días de la semana. Lo recuerdo muy bien, como si en realidad hubiera pasado ayer. Los lunes, el lugar permanecía cerrado al público para su mantenimiento. Justo al mediodía cuando sin falta por las calles de Armero restallaba la sirena de los bomberos, como advirtiendo un bombardeo más hizo que me tendiera junto a su reciente composición de campánulas, violetas, alegrías, caléndulas y siemprevivas, y que pegara el oído a sus delicados estigmas de superficie papilosa, al igual que quien se inclina de propósito sobre los labios de un moribundo en procura de apropiarse de sus últimas palabras en este mundo.
Tras acomodarse a mi lado y esperar con resignación a que se silenciara la sirena de los bomberos, me susurró en el otro oído el Secreto, su Secreto, nuestro Secreto: “Las flores son como las ballenas. Todas cantan. Lo que pasa es que no las podemos oír. Pero no se lo vayas a contar a nadie”.
¡Así que no vengan a decirme a estas alturas que las coincidencias no existen!