viernes, 30 de noviembre de 2012

CUENTO CORTO NOVIEMBRE 2012

TRES ACTOS

I

Hacía un buen rato que llamaba su atención. Reposaba sobre la mesa contigua a la suya en el legendario Café Procope, a donde él no dejaba de ir desde que pudo costeárselo. No se trataba de una servilleta cualquiera. Lo inquietaba su olor a perfume de mujer. El mismo que permitió que su olfato de perro sabueso diera con ella. En aquel instante, a sus espaldas, una voz lo interrumpió: “¿Me permite?”. Lo único que logró percibir fue el más embriagante olor a mujer.

II

Mi pregunta lo tomó por sorpresa. Me lo advirtió su mano, imponente como las de los basquetbolistas profesionales. Sus dedos dejaron de replicar los acordes que restallaban en el bar Le Chao Bâ, en torno a la Plaza Pigalle, al que me había citado para que nos conociéramos antes de concederme la que se convertiría en su última entrevista pública. Mientras él escarbaba por la respuesta más apropiada entre las atiborradas gavetas de su memoria, yo aproveché para intentar grabarme la brusquedad de sus facciones. Comencé por el lugar obligado para todos: la prominente nariz del más connotado sumiller de Europa. A ella habían acudido no sólo las mejores cosechas del mundo, sino que estaba entrenada para distinguir, casi al instante, entre un Romanée Conti de 1934 y un Château Lafitte de 1787. Su voz de tenor -oculta detrás de una barba descuidada en los últimos meses- me obligó a regresar al reflejo impasible de sus consuetudinarios lentes oscuros. “Chambertin. Cosecha de 1791. Abadía de Bèze”, fue su escueta respuesta a mi pregunta por el vino predilecto de Napoleón. Aquel dato histórico lo esgrimió con la seguridad de Borges cuando le preguntaban por ontologías fantásticas, silogismos ornitológicos y genealogías sincrónicas, que nadie más conocía como él. Brindamos por la lucidez de este eximio catador de vinos profesional como apenas era posible hacerlo en aquellos momentos: con agua pura. Antoine, un parisino de casi dos metros, apenas degustaba su selecta cava personal. Sin embargo, desde aquella noche de jueves a los pies de Montmartre -y hasta su repentino deceso tres décadas después, cuando a los setenta años pesaba ciento ochenta kilos y conservaba la fuerza de tres hombres- nos unió una amistad tan inquebrantable como su ceguera congénita.

III

¾Él tiene que ser mío, Pierre.
¾Sólo hay una manera, Marie-Claire.
¾¿Cuál?
¾Sedúcelo como lo seducen sus vinos.
¾¿Cómo?
¾Permite que él cate tu olor a mujer.

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