jueves, 1 de agosto de 2013

CUENTO AGOSTO 2013


PALMERITA


Me dicen así, Palmerita, por dos razones suaves y sencillas. La primera, porque soy alto y delgado, como las palmeras. Mucho más alto y mucho más delgado que mi abuelo, y mucho más alto y mucho más delgado que mi papá. Por supuesto, me asemejo mejor a un floretista de la esgrima y que a un jugador de baloncesto. La segunda, porque desde mi primera rumba seria, en 1961, quedaba listo para trabajar la noche con una camisa coloreada, como la de Cantinflas en El bolero de Raquel cuando se va a probar suerte en Acapulco, pero estampada con palmeras. La pinta la remataba como todos: con zapatos de charol.


Para más señas, una partera me recibió en Yumbo y crecí huérfano. Pero mi papá nunca me hizo falta. Para eso estuvo la música. La de mi papá fue de las primeras muertes en Cementos del Valle. Yo tenía tres años cuando en la mañana de un martes de lluvia se coló por la ventana el susurro del accidente de trabajo. No guardo memoria de mi mamá deshecha. Menos la oí llorar. Tampoco lo hablamos. Para qué. Las mejores despedidas son las más cortas. Y aunque mi mamá no era yumbeña, se quedó. Para dónde más iba a coger. Llevaba diecinueve años en el pueblo, desde que todos se vinieron de Vijes para que los hombres de la casa trabajaran en Puerto Isaacs como braseros entre las entrañas de los vapores atiborradas de café y de cacao, o como artesanos cualificados en el astillero armado a orillas del Cauca. Las mujeres de la casa sacaron provecho de la demanda de mano de obra femenina en la Trilladora Dalmacia, por entonces en inmediaciones de la estación del tren.

De nosotros, más bien que mal, se hizo cargo la pensión de sobrevivientes. Y no le resultó una tarea dispendiosa: mi mamá terminó siendo una mujer consecuente y yo terminé siendo un peladito aplomado. Pero sobre todo, de nosotros se hizo cargo mi tío materno. Desde que él entró en nuestras vidas, no existió nada más. La música lo fue todo. Hasta fue mi primera impertinencia pública. Durante los preparativos de la Primera Comunión, recuerdo que mi mamá aseveró que Dios era lo que yo más amaba en la vida. Sin saber de dónde diablos pude sacar las fuerzas, no dudé un segundo en ponerme de pies en mitad del despacho parroquial y aclararle delante del padrecito Diego Zuluaga que eso no era cierto, que lo que yo más amaba, por encima de todo en este mundo, era la clave cubana. Por supuesto, mi tío no terminó siendo mi papá, como no debía serlo. Y no porque él no lo fuera, como yo lo tenía claro y me lo dejó claro mi mamá desde el día que dejamos para siempre a mi papá en el Cementerio Católico, sino porque, como lo escuché cuchichear con maledicencia durante el sepelio, mi tío era todo lo contrario. Yumbo, como cualquier pueblo pequeño que se respetara, era un infierno grande de siete mil lenguas viperinas, todas serpentinosas.

La Mechita resultó ser la única pasión viva de mi papá desde que al América de Cali lo fundaron en el 27 y los Diablos Rojos comenzaron a entrenar en una manga del Cementerio Central. Por su parte, a mi tío lo motivaba pero el deporte de las bielas y los pedales. Cuántas veces no lo vi pegado como un chicle del transistor con la transmisión de la Vuelta a Colombia en la voz de Carlos Arturo Rueda C. A mi papá no hubo fin de semana que no tuvieran que sacarlo en andas borracho de La Caleñita o del Tío Rico, mientras que mi tío fue un excelente conversador, de esos que a punta de labia y una cervecita te mantienen lelo el resto de la madrugada. Pero fue la música la que marcó la eterna diferencia entre los dos.

Por mi tío, Yumbo se mantuvo durante un tiempo largo al tanto de lo último que brotaba de Cuba y que terminaba primero escapándose por debajo de las puertas del Obrero, el Sucre y el San Nicolás en Cali. Todo comenzó con el guaguancó, el cha cha cha, la guaracha y El Jefe, que lo deslumbraron cuando apenas entraba en sus treinta y lo llevaron a convertirse en el Melómano Mayor del pueblo y todos sus alrededores. La discoteca que le heredé la armó desde finales de los cuarenta, cuando empezaron a arribar a Buenaventura los acetatos traídos por la Flota Mercante Grancolombiana y que los trenes del Ferrocarril del Pacífico le hacían el favorcito de arrimarles aquellas panelas a Yumbo, antes de que prosiguieran adormitados su sosegado trafagar hacia Cali. Hasta que por fin hizo presencia en vivo y en directo la dinamita pura de la salsa, con sus trompetas como protagonistas. Y lo hizo de la mano de la Sonora Matancera y en la voz de la Guarachera de Cuba.

A pesar de que yo no logre recordarlo, el hastío fue lo único que reinó en vida de mi papá. Apenas los comentarios futbolísticos a todo mecho en La Voz del Valle o sus consabidas discusiones con mi mamá los fines de semana por sus deslices eran los únicos que lograban despabilar el silencio. La casa de mi tío, en contraste, resultó un clavado a fondo en los rumbeaderos y en los lupanares que luego frecuentaría en el corazón palpitante de Cali. Entre sus paredes de alquiler, por allá en las inmediaciones del Parque Bolívar, parecía que todas las cosas se contonearan con prodigiosa cadencia. Que las sillas, las mesas y mesitas, las camas, las cortinas, las materas y hasta los retratos, persiguieran el ritmo enajenado de una música sacrílega que no cesaba de tronar así fuera Semana Santa o se celebraran las Fiestas Patronales del Señor del Buen Consuelo. Hasta a mí, un muchachito escuálido e introvertido, terminó por seducirme su magia una tarde que pensé que no me veían.

Aquel paquidérmico miércoles 9 de mayo de 1951 nadie podía moverse en Colombia porque iban a hacer un nuevo censo nacional, el que un mes después arrojó once millones y medio de personas, la mitad mujeres. Así que una vez terminado el almuerzo, los adultos se fueron a hacer la siesta. Yo aproveché el papayazo para encender lo más pasito el tornamesa de mi tío, donde estaba acomodado un disco de vinilo de 33 revoluciones del Conjunto Casino.

A expensas de mi cuerpo y de mi mente, apenas embrujado por el murmullo pegajoso de Bayamo y el cha cha cha, mis pies intentaron emular con la torpeza de los primerizos los pasos que hacían en las películas mexicanas del cine de rumberas, como Siboney, Humo en los ojos y Embrujo antillano. Con mi mamá las habíamos visto casi todas en el cinematógrafo del Teatro Belalcázar, en la función vespertina de los domingos. Un pregonero las anunciaba a pie limpio por las calles destapadas con una bocina a las doce y a las seis. Remataba su gritería con la sentencia de que no había películas malas, sino públicos diferentes. En esas estaba metido de lleno, cuando me sorprendió a mis espaldas el acento procaz de mi tío. “Si vas a hacerlo, hazlo bien, como Dios manda, como la música misma, generosa pero precisa”, aseveró con una sonrisa cómplice que me indicó que sería nuestro secreto. Desde entonces, él se convirtió en el valor que me sostuvo en la adversidad para que yo pudiera convertirme en una posibilidad. Su muerte me clavó una fatiga en el alma. Más que la muerte de un padre, fue como si me hubiera suicidado.

Pese a que mi tío y mi papá eran agua y aceite, el destino los volvió uña y mugre. Durante seis años compartieron el puesto de operarios en Cementos del Valle, y por ahí derecho compartieron a mi mamá. Mi tío se la presentó. Pero fue el billar su argamasa. Tres veces por semana frecuentaban las mesas de paño desperdigadas por La Chanca. Nunca se estableció quién fue el mejor a tres bandas. Muchas veces la tunda de carambolas largas la aportaba mi papá, pero dependía de su estado de ánimo, cada vez más voluble. Con el paso del tiempo, entre tacada y tacada, mi tío fue el único capaz de lidiarlo cuando le daba por amanecer con la malparidez alborotada. “Me largo ya mismo de este hijueputa moridero de mierda”, espetaba mi papá llevado de la bendita perra y a punto de irse, pero de bruces contra el mundo. Entonces, como por arte de nigromancia, el agua y aceite volvían a ser uña y mugre, y Yumbo volvía a ser un paraíso sin serpiente.

Hasta que hacía su triunfal aparición la música. Y si la música lograba hacerlos ver diferentes, su hija predilecta, el baile, los hacía ver dos perfectos incompatibles. Mi papá fue un hábito hecho vicio en La Negra Caliente y en La Casa Amarilla, esta última regentada con mano de hierro por doña Emérita, que con sus prostitutas del Eje Cafetero reverdecían como maleza por la primera con quince. Sin duda alguna uno de sus mejores clientes, pero todo un desconocido en mentideros como El Mono Bueno y La Choza de Jacinto, donde los bambucos, las guabinas y los torbellinos, comenzaban a ser desplazados por los perniciosos alborotos antillanos, de los que mi tío hacía un buen rato había quedado prendado a primera oída.

Ya declarado todo un solterón empedernido, mi tío encontró en mi mamá, su adorada hermana menor y a la que tenía como una madejita, la mitad de la naranja para azotar baldosa. Por supuesto, la movida de los jueves contaba con el beneplácito de mi papá, y de ella todo el mundo estaba al tanto, desde Montañitas hasta El Pedregal. Sin embargo, no dejaba de ser el acicate que le calzaba como anillo al dedo a mi papá para cobrarle a mi mamá sus recriminaciones por su propensión a la profesión más antigua del mundo en unas peroratas de alborada que se volvieron una costumbre en el barrio. Pero valió la pena. Mi tío y mi mamá descubrieron de adultos lo que no sospecharon de jóvenes: que estaban moldeados para la pista.

Con la partida a destiempo de mi papá, mi tío no sólo cambió de puesto (se fue a trabajar a la naciente empresa Cartón de Colombia), sino que extendió la movida de los jueves a los sábados y los martes. A mí me dejaban donde mi abuelos maternos. Para la época del censo nacional, aunque no habían ganado ningún concurso de baile en Juanchito, en lo concerniente a Jamundí, Palmira, Buga, Tuluá y Cartago, no había pareja que siquiera les llegara a los talones. El respeto que profesaban por ellos en el pueblo rayaba en la devoción. Qué yumbeño no había admirado en mitad del parque a Héctor y Gladys, a esos dos motes artísticos que dejaron en alto el nombre del Municipio, tirando paso de lo lindo en el quiosco de La Retreta. A medio siglo de haber brillado con luz propia, en sus osarios entrando a mano izquierda del cementerio hay todavía quien deposita un clavel morado, la flor de mi mamá, a manera de una sombra amistosa que cruza los vericuetos de la memoria.

Los más deslenguados hasta llegaron a aseverar que el tumbao de mi tío era como el del Chino Moncayo, el de Carlos Tin Tan, el del Negro Rocanrol y el de Jaime Vidal, los verdaderos dueños de las noches caleñas en Tropicana, Siboney, Danubio Azul y Tibiri Tábara. La verdad: el tumbao de mi tío no alcanzó a ser como el de ellos. Por supuesto, para mí él fue el demiurgo dadivoso que me inició en la revelación, que me concedió el fuego vedado de Prometeo con que me arrebató a la oscuridad: el pico de garza, el repique, el punta talón. Incluso, varios de los pasos de avanzada que me hicieron célebre como Palmerita, en los sesentas y setentas, se los hurté de la manera más descarada: La Venganza del Escorpión, El Tanteo del Gallo, La Tristeza del Ciempiés. Y aunque él fue consciente de ello, jamás me lo recriminó. Yo supongo que él suponía que cuando yo estaba en escena, era como si él mismo estuviera en escena; que esa era la mejor manera de retribuir su legado: perpetuándolo.

Nunca podré olvidar su cara de orgullo cuando me bañé de gloria por primera vez encaramado en una tarima. A los dieciséis me pasaron al Liceo Comercial para que terminara la secundaria. “Dicen que a pesar de ser un plantel joven, va camino de convertirse en lo mejorcito de por acá”, le justificó mi mamá a mi tío, quizás pensando en el hijo de más que no llegó a tener. Yo jamás entendí el cambio. Los amigos que había hecho a cuentagotas estaban en la Escuela José María Córdoba. Como fuera, a punto de graduarme, los profesores de Educación Física y de Arte organizaron un concurso de baile. “Si vos no te lo ganás, olvidate de que yo existo”, sentenció mi tío. Nunca supe si lo que dijo lo dijo en serio, porque yo me gané ese concurso de baile de cabo a rabo. La final se disputó en frente de la casona de dos pisos de la Alcaldía, en el marco de los festejos cívicos del 14 de mayo. Desde aquella misma tarde, que creí tocar el cielo con las manos y con la marca de sudor en la espalda, supe qué diablos era lo que yo iba a hacer con mi vida. Pero esa, esa es otra historia para contar. Es la historia no pueril. Esa es la historia que les corresponden a la ramera de Cali y a mis madrugadas prohibidas de puro goce pagano en la que llegó a considerarse la Sucursal de Cuba, cuando se bailaba por honor en vez de plata.