jueves, 12 de diciembre de 2013

CUENTO DICIEMBRE 2013

LA CIUDAD DE LA DIOSA-GATA

A pesar de sus dimensiones, la Ciudad de la Diosa-Gata carece de semáforos vehiculares porque los gatos, sencilla y llanamente, prefieren no conducir. Es de conocimiento público que les sobra experticia para rehuirle al estrés. En su defecto, han instalado semáforos peatonales, por doquier decenas de miles de ellos, como la solución vial para regular la movilidad de los cerca de cuatrocientos millones de gatos que la habitan. Dado que los gatos no logran distinguir el rojo del azul, y viven trastocando el verde con el rojo, aquellos semáforos preservan la siguiente nomenclatura: un blanco para avanzar, dos blancos para mermar la marcha y tres blancos para detenerse. No sobran dos aclaraciones: que son los únicos dispositivos luminosos y que apenas funcionan tras la caída del sol. La razón: los gatos resultan criaturas que le pertenecen a la noche tras dormir dieciséis horas del día. Por supuesto, la prioridad es mantener alimentada a la ciudad. Como cualquier gato distinguido, uno que se respete, su población se inclina por la dieta clásica de los ratones y los pájaros. Ni unos y otros, como resulta obvio para una ciudad atiborrada de gatos, se encuentran en estado silvestre en el área metropolitana, así que hay que procurarlos, y a como dé lugar. A ello se destina un considerable rubro del erario oficial. La solución definitiva ha sido comenzar a criarlos de manera local. Hubo, primero y sin más remedio, que reformar el Código Penal. Las tentaciones por manipular día tras día tal cantidad de ratones y tal cantidad de pájaros estarán siempre a la orden. De ninguna manera se implementó la pena capital. Para qué. Saldría mucho más caro el caldo que los huevos por aquello de las siete vidas del gato. Se llegó a pensar en la castración, pero no hace otra cosa que prolongar la vida del gato entre tres y cinco años. Como máxima condena, en consecuencia, se impuso de por vida el baño diario con agua helada y se dictaminaron cuatro sentencias complementarias: la amistad perpetua con los perros; el veto por siempre a encaramarse en los tejados, a estar fisgoneando por la ventana y a reposar al sol en una angosta cornisa; la acicalada apenas una vez al año, y la perenne coexistencia con el ajo, la cebolla, los cítricos y el vinagre. La salubridad pública se contabiliza como la segunda prioridad del Municipio. Monumentales areneros permanecen habilitados las veinticuatro horas. Pero lo anterior no es lo más extraordinario del caso. Lo más extraordinario del caso, para evitar la propagación de los olores amoniacales, es que la red de baños públicos amanece con arena limpia, sobre todo si se tiene en cuenta la lejanía de su fuente de extracción. Por supuesto, aquella ininterrumpida técnica de renovación de la arena es el secreto mejor guardado de todos. No vaya a ser que otra ciudad se lo apodere. Dicho amueblamiento urbano está complementado por un intrincado sistema de recolección, pero no de basuras domésticas sino de grandes bolas de pelo, algo que acontece con especialidad durante la primavera y el verano, cuando más se asean los ciudadanos, que se pasan un tercio de la vida limpiándose a punta de lengua. Las toneladas de pelo eliminadas a diario deben ser tratadas de una manera separada del resto de los desechos domésticos para que el asunto no se convierta en uno peliagudo durante la recolección de los desechos sólidos. En aras de que la salubridad pública sea también del orden mental, sus fundadores aprovecharon que la Ciudad de la Diosa-Gata se asentó en un bosque de secoyas rojas y desde entonces, cada dos kilómetros, preservaron parques destinados al control de la ansiedad de sus futuros habitantes. Todos los ciudadanos, sin ninguna excepción, pueden disponer de las antiguas coníferas, de hasta ciento quince metros de altura y ocho metros de diámetro, y arañarlas a su entera satisfacción de sol a sol. Aquellos parques de felicidad colectiva, llamados Los Bosques de la Plenitud, son los únicos lugares públicos donde está permitido hacerlo sin incurrir en el detrimento patrimonial en bien público, que acarrea dieciocho meses de cárcel. Para ello, la Secretaría de la Gestión del Medio Ambiente maneja un concienzudo plan de rotación de los gigantescos árboles que permite la recuperación de la milenaria madera, tal como se hace con la rotación de los cultivos intensivos para que los suelos no se agoten. La efectividad de su implementación está supeditada al control del ingreso a aquellos parques. A cada ciudadano se le expide un carné (con su foto, su número de identificación y la huella de su nariz) que le permite recurrir a dicha opción gratuita dos veces a la semana. De resto, la consabida arañada se tiene que realizar en locales especializados, que cobran de manera onerosa el servicio tan apreciado por todos y de manera especial por los gatos blancos, los más proclives a presentar estados de colapso mental. Sin embargo, cada vez más estos establecimientos de distensión privada están siendo supervisados por las autoridades sanitarias desde que se incrementaron de manera alarmante las estadísticas de muertes por sobredosis de nepeta cataria, cuya siembra, cultivo y expendio están proscritos. Mejor conocida como la Menta de los Gatos, esta planta herbácea (cuyas flores púrpuras se comen, y sus hojas pecioladas se mastican y frotan contra el cuerpo) conduce a estados de alteración de la personalidad que, a manera de ejemplo, no solo hace que su consumidor pueda mover la mandíbula de lado a lado, algo imposible para cualquier gato en su estado consciente, sino que se dedique como un desquiciado a cazar por todas partes ratones imaginarios. Dado que la planta crece de manera silvestre, su erradicación manual en la ciudad y dentro de los linderos del área metropolitana es una tarea que no tiene fin, pero que la fuerza pública no está dispuesta a claudicar en aras de salvaguardar la integridad de todos los ciudadanos. Quizás, la única guerra que la Alcaldía tiene perdida de antemano es contra las reuniones nocturnas. Por más decretos, normas, edictos y resoluciones que ha promulgado sin que le tiemblen las garras, le sigue resultando imposible desestimular los encuentros amatorios a altas horas de la noche y en plena vía pública. Por todas partes -trátese de techos de tejas, de techos de madera, de techos de zinc o de los prácticos techos prefabricados- se escuchan durante las madrugadas de cada barrio las desaforadas confluencias acentuadas por la concupiscencia. De resto, se puede afirmar que la Ciudad de la Diosa-Gata presenta los síntomas de descomposición social propios de cualquier megalópolis de su clase y condición, y no otros. Debe aclararse, eso sí, que la intención de la Municipalidad nunca ha sido ni nunca será proscribir aquellas actividades noctívagas del ars amandi. ¡Ni más faltaba! En este asunto tan espinoso no hay que ponerse a buscarle la quinta pata al gato o creer que hay gato encerrado. Mucho menos, la primera autoridad se convertirá en la que vulnere las libertades de asociación, de expresión, de desarrollo y de movilización, que tanto promulga. Tampoco será la que persiga al Amor Libre. Su preocupación única radica en combatir lo que los expertos ambientalistas miden en decibeles y denominan contaminación auditiva, y que los no entendidos, todos los demás gatos mortales, oyen como mera bulla causada por los maullidos orgiásticos, que se prolongan hasta bien entrada el alba. La Alcaldía tampoco actuaría en contravención de la religión oficial. La ciudad está consagrada al culto de Bastet, la divinidad de la Alegría de Vivir, y la poliandria -condición en virtud de la cual las gatas en celo, tal como lo estipula la ley sagrada, pueden aparearse simultáneamente con más de un gato y concebir crías con todos- es una de sus sendas más expeditas para alcanzar la fugaz comunión con lo trascendente por medio de la petite mort. No debe resultarnos extraño, entonces, que el templo de granito de Bastet sea la construcción citadina preponderante y más protegida de todas. A la gran pirámide de tres mil años llamada Bubastis, la Mansión de Bastet, la resguarda un férreo séquito de noventa y nueve monjes-guerreros, todos adiestrados desde niños en el arte de degollar de un zarpazo al que intente profanar el sanctum sanctorum de todos los gatos existentes en el universo. Para cualquier familia resulta una bendición que una cría con ojos azules de su camada sea señalada entre los millones de crías para conformar la denominada Guardia de los Ungidos. Pero el tema no resulta tan elemental, ni fortuito. El llamado a vivir una vida de plenitud al servicio de la Diosa-Gata debe cumplir con la condición sine qua non de ser un macho tricolor fértil. Solo uno de cada diez mil gatos tricolor lo es, así que una vez el recién nacido resulta seleccionado, en el interior del templo sagrado, del que en absoluto volverá a salir con vida, se le adoctrina tanto en los menesteres más ancestrales de la religión oficial como en las técnicas militares más excelsas. Aun así, apenas cuando demuestre una certificada capacidad reproductora será nombrado en propiedad a la espera de sustituir al siguiente de los guardianes que fallezca. En caso de no resultar un espécimen tricolor fértil, al joven candidato se le entrena en el arte de la momificación, hasta convertirlo en todo un experto monje-embalsamador. Sus dominios prácticos, desde entonces, serán los de la trepanación, la evisceración, la deshidratación, la enucleación y el vendado. Al resto de los gatos vivientes le queda una segunda posibilidad de alcanzar la gloria eterna en el Más Allá. Cada año, un ciudadano recibe el codiciado llamado de la Diosa-Gata para que acuda ante su omnipotente presencia. El ensalzado es conducido por los monjes-guerreros a través de pasajes interiores y por la Gran Galería hasta llegar a la cámara subterránea del milenario santuario. En aquella recóndita planta rectangular, de paredes planas y techos planos, yace la estatua de bronce y tamaño natural de Bastet. Cumplidos los preliminares religiosos, que se prolongan por tres días con sus respectivas noches, y que concluyen con la frotación de nariz entre la Divinidad y el elegido, mediante un ritual propiciatorio se le eleva a la cualidad de mártir. Las cenizas de su cremación son depositadas en la Morada de los Predilectos, el cinerario del templo para conservarlas hasta el Final de los Tiempos. A los gatos no convocados en vida por la Diosa-Gata les resta una última oportunidad de disfrutar de la inmortalidad y hacer parte del Gran Diseño. Al fallecer, todos son momificados y enterrados en el único cementerio de la ciudad, a la espera de que una vez cada siglo, cuando la Diosa-Gata decide visitarlo en punto de la medianoche de uno de los días impares del Calendario de los Muertos, su tumba sea la nombrada por Bastet. Como se desprende, Los Jardines de la Esperanza, como se le conoce a este cementerio, se convierte en el segundo espacio público en relevancia, hasta convertirse en una ciudad dentro de la ciudad. La extensa necrópolis, enclavada al norte del Distrito Diecisiete, la componen armoniosas zonas verdes donde predominan los olores de las dalias y los crisantemos, amplias alamedas, sinuosos senderos de gravilla, fuentes y cascadas hipnotizadoras, templos votivos y, por supuesto, pequeños mausoleos desperdigados por todas partes, uno para cada gato muerto, todos de diseño sobrio pero elegante. Y aunque resulte difícil de creer, no existen entre los millones de mausoleos dos idénticos. Como recurso para identificar las tumbas de las gatas llamadas Miut, el apelativo más común entre las hembras, cada familia doliente lo acompaña con un epíteto que recuerda sus pasos por este mundo: la de los sueños más profundos de todos, la amante de los lirios y los niños, la que cargaba con una memoria de elefante, la de los amores que empezaron ridículos y terminaron imposibles. En cuanto a la seguridad del gigantesco camposanto, la responsabilidad recae en novecientos noventa y nueve gatos, todos negros, todos eunucos, todos de nueve kilogramos, encargados de que nadie lo frecuente durante la noche para no perturbar a la impredecible Diosa-Gata de los ojos almendrados. Se les conoce como los Propagadores de la Luz Perenne y la ciudadanía los venera como a santos porque en sus almohadillas reposa que se cumpla la sentencia cincelada en el mármol travertino del pórtico: Expectamus Resurrectionem Mortuorum. Resta mencionar el Rincón de los Proscritos, en las afueras del área metropolitana. En este lóbrego camposanto se sepulta en fosas comunes, apenas identificadas con números romanos, a los ateos, anarquistas, suicidas, violadores y gaticidas, para que la descomposición de los cuerpos sin momificar sea la encargada de revertir su energía vital a la Naturaleza. La vigilancia en este apartado cementerio resulta prescindible. Nadie va por allá. Todos, sin excepción alguna, entienden que hacerlo ofendería a Bastet y que, por extensión, cometerían el mayor de los pecados mortales. Así es la Ciudad de la Diosa-Gata, donde nunca han prosperado las heladerías, las confiterías y las chocolaterías y sí las dentisterías, porque los gatos, sencilla y llanamente, no perciben los sabores dulces, pero son tendentes a la caries y la gingivitis. Ya lo señaló un pensador de la Antigüedad: las ciudades son sus ciudadanos.