jueves, 12 de diciembre de 2013

CUENTO DICIEMBRE 2013

LA CIUDAD DE LA DIOSA-GATA

A pesar de sus dimensiones, la Ciudad de la Diosa-Gata carece de semáforos vehiculares porque los gatos, sencilla y llanamente, prefieren no conducir. Es de conocimiento público que les sobra experticia para rehuirle al estrés. En su defecto, han instalado semáforos peatonales, por doquier decenas de miles de ellos, como la solución vial para regular la movilidad de los cerca de cuatrocientos millones de gatos que la habitan. Dado que los gatos no logran distinguir el rojo del azul, y viven trastocando el verde con el rojo, aquellos semáforos preservan la siguiente nomenclatura: un blanco para avanzar, dos blancos para mermar la marcha y tres blancos para detenerse. No sobran dos aclaraciones: que son los únicos dispositivos luminosos y que apenas funcionan tras la caída del sol. La razón: los gatos resultan criaturas que le pertenecen a la noche tras dormir dieciséis horas del día. Por supuesto, la prioridad es mantener alimentada a la ciudad. Como cualquier gato distinguido, uno que se respete, su población se inclina por la dieta clásica de los ratones y los pájaros. Ni unos y otros, como resulta obvio para una ciudad atiborrada de gatos, se encuentran en estado silvestre en el área metropolitana, así que hay que procurarlos, y a como dé lugar. A ello se destina un considerable rubro del erario oficial. La solución definitiva ha sido comenzar a criarlos de manera local. Hubo, primero y sin más remedio, que reformar el Código Penal. Las tentaciones por manipular día tras día tal cantidad de ratones y tal cantidad de pájaros estarán siempre a la orden. De ninguna manera se implementó la pena capital. Para qué. Saldría mucho más caro el caldo que los huevos por aquello de las siete vidas del gato. Se llegó a pensar en la castración, pero no hace otra cosa que prolongar la vida del gato entre tres y cinco años. Como máxima condena, en consecuencia, se impuso de por vida el baño diario con agua helada y se dictaminaron cuatro sentencias complementarias: la amistad perpetua con los perros; el veto por siempre a encaramarse en los tejados, a estar fisgoneando por la ventana y a reposar al sol en una angosta cornisa; la acicalada apenas una vez al año, y la perenne coexistencia con el ajo, la cebolla, los cítricos y el vinagre. La salubridad pública se contabiliza como la segunda prioridad del Municipio. Monumentales areneros permanecen habilitados las veinticuatro horas. Pero lo anterior no es lo más extraordinario del caso. Lo más extraordinario del caso, para evitar la propagación de los olores amoniacales, es que la red de baños públicos amanece con arena limpia, sobre todo si se tiene en cuenta la lejanía de su fuente de extracción. Por supuesto, aquella ininterrumpida técnica de renovación de la arena es el secreto mejor guardado de todos. No vaya a ser que otra ciudad se lo apodere. Dicho amueblamiento urbano está complementado por un intrincado sistema de recolección, pero no de basuras domésticas sino de grandes bolas de pelo, algo que acontece con especialidad durante la primavera y el verano, cuando más se asean los ciudadanos, que se pasan un tercio de la vida limpiándose a punta de lengua. Las toneladas de pelo eliminadas a diario deben ser tratadas de una manera separada del resto de los desechos domésticos para que el asunto no se convierta en uno peliagudo durante la recolección de los desechos sólidos. En aras de que la salubridad pública sea también del orden mental, sus fundadores aprovecharon que la Ciudad de la Diosa-Gata se asentó en un bosque de secoyas rojas y desde entonces, cada dos kilómetros, preservaron parques destinados al control de la ansiedad de sus futuros habitantes. Todos los ciudadanos, sin ninguna excepción, pueden disponer de las antiguas coníferas, de hasta ciento quince metros de altura y ocho metros de diámetro, y arañarlas a su entera satisfacción de sol a sol. Aquellos parques de felicidad colectiva, llamados Los Bosques de la Plenitud, son los únicos lugares públicos donde está permitido hacerlo sin incurrir en el detrimento patrimonial en bien público, que acarrea dieciocho meses de cárcel. Para ello, la Secretaría de la Gestión del Medio Ambiente maneja un concienzudo plan de rotación de los gigantescos árboles que permite la recuperación de la milenaria madera, tal como se hace con la rotación de los cultivos intensivos para que los suelos no se agoten. La efectividad de su implementación está supeditada al control del ingreso a aquellos parques. A cada ciudadano se le expide un carné (con su foto, su número de identificación y la huella de su nariz) que le permite recurrir a dicha opción gratuita dos veces a la semana. De resto, la consabida arañada se tiene que realizar en locales especializados, que cobran de manera onerosa el servicio tan apreciado por todos y de manera especial por los gatos blancos, los más proclives a presentar estados de colapso mental. Sin embargo, cada vez más estos establecimientos de distensión privada están siendo supervisados por las autoridades sanitarias desde que se incrementaron de manera alarmante las estadísticas de muertes por sobredosis de nepeta cataria, cuya siembra, cultivo y expendio están proscritos. Mejor conocida como la Menta de los Gatos, esta planta herbácea (cuyas flores púrpuras se comen, y sus hojas pecioladas se mastican y frotan contra el cuerpo) conduce a estados de alteración de la personalidad que, a manera de ejemplo, no solo hace que su consumidor pueda mover la mandíbula de lado a lado, algo imposible para cualquier gato en su estado consciente, sino que se dedique como un desquiciado a cazar por todas partes ratones imaginarios. Dado que la planta crece de manera silvestre, su erradicación manual en la ciudad y dentro de los linderos del área metropolitana es una tarea que no tiene fin, pero que la fuerza pública no está dispuesta a claudicar en aras de salvaguardar la integridad de todos los ciudadanos. Quizás, la única guerra que la Alcaldía tiene perdida de antemano es contra las reuniones nocturnas. Por más decretos, normas, edictos y resoluciones que ha promulgado sin que le tiemblen las garras, le sigue resultando imposible desestimular los encuentros amatorios a altas horas de la noche y en plena vía pública. Por todas partes -trátese de techos de tejas, de techos de madera, de techos de zinc o de los prácticos techos prefabricados- se escuchan durante las madrugadas de cada barrio las desaforadas confluencias acentuadas por la concupiscencia. De resto, se puede afirmar que la Ciudad de la Diosa-Gata presenta los síntomas de descomposición social propios de cualquier megalópolis de su clase y condición, y no otros. Debe aclararse, eso sí, que la intención de la Municipalidad nunca ha sido ni nunca será proscribir aquellas actividades noctívagas del ars amandi. ¡Ni más faltaba! En este asunto tan espinoso no hay que ponerse a buscarle la quinta pata al gato o creer que hay gato encerrado. Mucho menos, la primera autoridad se convertirá en la que vulnere las libertades de asociación, de expresión, de desarrollo y de movilización, que tanto promulga. Tampoco será la que persiga al Amor Libre. Su preocupación única radica en combatir lo que los expertos ambientalistas miden en decibeles y denominan contaminación auditiva, y que los no entendidos, todos los demás gatos mortales, oyen como mera bulla causada por los maullidos orgiásticos, que se prolongan hasta bien entrada el alba. La Alcaldía tampoco actuaría en contravención de la religión oficial. La ciudad está consagrada al culto de Bastet, la divinidad de la Alegría de Vivir, y la poliandria -condición en virtud de la cual las gatas en celo, tal como lo estipula la ley sagrada, pueden aparearse simultáneamente con más de un gato y concebir crías con todos- es una de sus sendas más expeditas para alcanzar la fugaz comunión con lo trascendente por medio de la petite mort. No debe resultarnos extraño, entonces, que el templo de granito de Bastet sea la construcción citadina preponderante y más protegida de todas. A la gran pirámide de tres mil años llamada Bubastis, la Mansión de Bastet, la resguarda un férreo séquito de noventa y nueve monjes-guerreros, todos adiestrados desde niños en el arte de degollar de un zarpazo al que intente profanar el sanctum sanctorum de todos los gatos existentes en el universo. Para cualquier familia resulta una bendición que una cría con ojos azules de su camada sea señalada entre los millones de crías para conformar la denominada Guardia de los Ungidos. Pero el tema no resulta tan elemental, ni fortuito. El llamado a vivir una vida de plenitud al servicio de la Diosa-Gata debe cumplir con la condición sine qua non de ser un macho tricolor fértil. Solo uno de cada diez mil gatos tricolor lo es, así que una vez el recién nacido resulta seleccionado, en el interior del templo sagrado, del que en absoluto volverá a salir con vida, se le adoctrina tanto en los menesteres más ancestrales de la religión oficial como en las técnicas militares más excelsas. Aun así, apenas cuando demuestre una certificada capacidad reproductora será nombrado en propiedad a la espera de sustituir al siguiente de los guardianes que fallezca. En caso de no resultar un espécimen tricolor fértil, al joven candidato se le entrena en el arte de la momificación, hasta convertirlo en todo un experto monje-embalsamador. Sus dominios prácticos, desde entonces, serán los de la trepanación, la evisceración, la deshidratación, la enucleación y el vendado. Al resto de los gatos vivientes le queda una segunda posibilidad de alcanzar la gloria eterna en el Más Allá. Cada año, un ciudadano recibe el codiciado llamado de la Diosa-Gata para que acuda ante su omnipotente presencia. El ensalzado es conducido por los monjes-guerreros a través de pasajes interiores y por la Gran Galería hasta llegar a la cámara subterránea del milenario santuario. En aquella recóndita planta rectangular, de paredes planas y techos planos, yace la estatua de bronce y tamaño natural de Bastet. Cumplidos los preliminares religiosos, que se prolongan por tres días con sus respectivas noches, y que concluyen con la frotación de nariz entre la Divinidad y el elegido, mediante un ritual propiciatorio se le eleva a la cualidad de mártir. Las cenizas de su cremación son depositadas en la Morada de los Predilectos, el cinerario del templo para conservarlas hasta el Final de los Tiempos. A los gatos no convocados en vida por la Diosa-Gata les resta una última oportunidad de disfrutar de la inmortalidad y hacer parte del Gran Diseño. Al fallecer, todos son momificados y enterrados en el único cementerio de la ciudad, a la espera de que una vez cada siglo, cuando la Diosa-Gata decide visitarlo en punto de la medianoche de uno de los días impares del Calendario de los Muertos, su tumba sea la nombrada por Bastet. Como se desprende, Los Jardines de la Esperanza, como se le conoce a este cementerio, se convierte en el segundo espacio público en relevancia, hasta convertirse en una ciudad dentro de la ciudad. La extensa necrópolis, enclavada al norte del Distrito Diecisiete, la componen armoniosas zonas verdes donde predominan los olores de las dalias y los crisantemos, amplias alamedas, sinuosos senderos de gravilla, fuentes y cascadas hipnotizadoras, templos votivos y, por supuesto, pequeños mausoleos desperdigados por todas partes, uno para cada gato muerto, todos de diseño sobrio pero elegante. Y aunque resulte difícil de creer, no existen entre los millones de mausoleos dos idénticos. Como recurso para identificar las tumbas de las gatas llamadas Miut, el apelativo más común entre las hembras, cada familia doliente lo acompaña con un epíteto que recuerda sus pasos por este mundo: la de los sueños más profundos de todos, la amante de los lirios y los niños, la que cargaba con una memoria de elefante, la de los amores que empezaron ridículos y terminaron imposibles. En cuanto a la seguridad del gigantesco camposanto, la responsabilidad recae en novecientos noventa y nueve gatos, todos negros, todos eunucos, todos de nueve kilogramos, encargados de que nadie lo frecuente durante la noche para no perturbar a la impredecible Diosa-Gata de los ojos almendrados. Se les conoce como los Propagadores de la Luz Perenne y la ciudadanía los venera como a santos porque en sus almohadillas reposa que se cumpla la sentencia cincelada en el mármol travertino del pórtico: Expectamus Resurrectionem Mortuorum. Resta mencionar el Rincón de los Proscritos, en las afueras del área metropolitana. En este lóbrego camposanto se sepulta en fosas comunes, apenas identificadas con números romanos, a los ateos, anarquistas, suicidas, violadores y gaticidas, para que la descomposición de los cuerpos sin momificar sea la encargada de revertir su energía vital a la Naturaleza. La vigilancia en este apartado cementerio resulta prescindible. Nadie va por allá. Todos, sin excepción alguna, entienden que hacerlo ofendería a Bastet y que, por extensión, cometerían el mayor de los pecados mortales. Así es la Ciudad de la Diosa-Gata, donde nunca han prosperado las heladerías, las confiterías y las chocolaterías y sí las dentisterías, porque los gatos, sencilla y llanamente, no perciben los sabores dulces, pero son tendentes a la caries y la gingivitis. Ya lo señaló un pensador de la Antigüedad: las ciudades son sus ciudadanos.

jueves, 24 de octubre de 2013

CUENTO OCTUBRE 2013


OPORTUNIDAD

El maestro sonrió. Su pasado era pasado. Admiró los algodones sin asidero alguno al otro lado de la ventanilla del avión. Sintió que Dios lo avalaba. A donde iba produciría su obra maestra. Leyó de nuevo el periódico: “En el amanecer del jueves fue hallada la novena víctima del Pintor de los Pintores. El cuerpo sin vida de la colegiala presentaba en la espalda la reproducción de El nacimiento de Venus, de Sandro Botticelli. A la fecha, las autoridades no han identificado al asesino en serie”. El maestro volvió a sonreír.             
  

jueves, 1 de agosto de 2013

CUENTO AGOSTO 2013


PALMERITA


Me dicen así, Palmerita, por dos razones suaves y sencillas. La primera, porque soy alto y delgado, como las palmeras. Mucho más alto y mucho más delgado que mi abuelo, y mucho más alto y mucho más delgado que mi papá. Por supuesto, me asemejo mejor a un floretista de la esgrima y que a un jugador de baloncesto. La segunda, porque desde mi primera rumba seria, en 1961, quedaba listo para trabajar la noche con una camisa coloreada, como la de Cantinflas en El bolero de Raquel cuando se va a probar suerte en Acapulco, pero estampada con palmeras. La pinta la remataba como todos: con zapatos de charol.


Para más señas, una partera me recibió en Yumbo y crecí huérfano. Pero mi papá nunca me hizo falta. Para eso estuvo la música. La de mi papá fue de las primeras muertes en Cementos del Valle. Yo tenía tres años cuando en la mañana de un martes de lluvia se coló por la ventana el susurro del accidente de trabajo. No guardo memoria de mi mamá deshecha. Menos la oí llorar. Tampoco lo hablamos. Para qué. Las mejores despedidas son las más cortas. Y aunque mi mamá no era yumbeña, se quedó. Para dónde más iba a coger. Llevaba diecinueve años en el pueblo, desde que todos se vinieron de Vijes para que los hombres de la casa trabajaran en Puerto Isaacs como braseros entre las entrañas de los vapores atiborradas de café y de cacao, o como artesanos cualificados en el astillero armado a orillas del Cauca. Las mujeres de la casa sacaron provecho de la demanda de mano de obra femenina en la Trilladora Dalmacia, por entonces en inmediaciones de la estación del tren.

De nosotros, más bien que mal, se hizo cargo la pensión de sobrevivientes. Y no le resultó una tarea dispendiosa: mi mamá terminó siendo una mujer consecuente y yo terminé siendo un peladito aplomado. Pero sobre todo, de nosotros se hizo cargo mi tío materno. Desde que él entró en nuestras vidas, no existió nada más. La música lo fue todo. Hasta fue mi primera impertinencia pública. Durante los preparativos de la Primera Comunión, recuerdo que mi mamá aseveró que Dios era lo que yo más amaba en la vida. Sin saber de dónde diablos pude sacar las fuerzas, no dudé un segundo en ponerme de pies en mitad del despacho parroquial y aclararle delante del padrecito Diego Zuluaga que eso no era cierto, que lo que yo más amaba, por encima de todo en este mundo, era la clave cubana. Por supuesto, mi tío no terminó siendo mi papá, como no debía serlo. Y no porque él no lo fuera, como yo lo tenía claro y me lo dejó claro mi mamá desde el día que dejamos para siempre a mi papá en el Cementerio Católico, sino porque, como lo escuché cuchichear con maledicencia durante el sepelio, mi tío era todo lo contrario. Yumbo, como cualquier pueblo pequeño que se respetara, era un infierno grande de siete mil lenguas viperinas, todas serpentinosas.

La Mechita resultó ser la única pasión viva de mi papá desde que al América de Cali lo fundaron en el 27 y los Diablos Rojos comenzaron a entrenar en una manga del Cementerio Central. Por su parte, a mi tío lo motivaba pero el deporte de las bielas y los pedales. Cuántas veces no lo vi pegado como un chicle del transistor con la transmisión de la Vuelta a Colombia en la voz de Carlos Arturo Rueda C. A mi papá no hubo fin de semana que no tuvieran que sacarlo en andas borracho de La Caleñita o del Tío Rico, mientras que mi tío fue un excelente conversador, de esos que a punta de labia y una cervecita te mantienen lelo el resto de la madrugada. Pero fue la música la que marcó la eterna diferencia entre los dos.

Por mi tío, Yumbo se mantuvo durante un tiempo largo al tanto de lo último que brotaba de Cuba y que terminaba primero escapándose por debajo de las puertas del Obrero, el Sucre y el San Nicolás en Cali. Todo comenzó con el guaguancó, el cha cha cha, la guaracha y El Jefe, que lo deslumbraron cuando apenas entraba en sus treinta y lo llevaron a convertirse en el Melómano Mayor del pueblo y todos sus alrededores. La discoteca que le heredé la armó desde finales de los cuarenta, cuando empezaron a arribar a Buenaventura los acetatos traídos por la Flota Mercante Grancolombiana y que los trenes del Ferrocarril del Pacífico le hacían el favorcito de arrimarles aquellas panelas a Yumbo, antes de que prosiguieran adormitados su sosegado trafagar hacia Cali. Hasta que por fin hizo presencia en vivo y en directo la dinamita pura de la salsa, con sus trompetas como protagonistas. Y lo hizo de la mano de la Sonora Matancera y en la voz de la Guarachera de Cuba.

A pesar de que yo no logre recordarlo, el hastío fue lo único que reinó en vida de mi papá. Apenas los comentarios futbolísticos a todo mecho en La Voz del Valle o sus consabidas discusiones con mi mamá los fines de semana por sus deslices eran los únicos que lograban despabilar el silencio. La casa de mi tío, en contraste, resultó un clavado a fondo en los rumbeaderos y en los lupanares que luego frecuentaría en el corazón palpitante de Cali. Entre sus paredes de alquiler, por allá en las inmediaciones del Parque Bolívar, parecía que todas las cosas se contonearan con prodigiosa cadencia. Que las sillas, las mesas y mesitas, las camas, las cortinas, las materas y hasta los retratos, persiguieran el ritmo enajenado de una música sacrílega que no cesaba de tronar así fuera Semana Santa o se celebraran las Fiestas Patronales del Señor del Buen Consuelo. Hasta a mí, un muchachito escuálido e introvertido, terminó por seducirme su magia una tarde que pensé que no me veían.

Aquel paquidérmico miércoles 9 de mayo de 1951 nadie podía moverse en Colombia porque iban a hacer un nuevo censo nacional, el que un mes después arrojó once millones y medio de personas, la mitad mujeres. Así que una vez terminado el almuerzo, los adultos se fueron a hacer la siesta. Yo aproveché el papayazo para encender lo más pasito el tornamesa de mi tío, donde estaba acomodado un disco de vinilo de 33 revoluciones del Conjunto Casino.

A expensas de mi cuerpo y de mi mente, apenas embrujado por el murmullo pegajoso de Bayamo y el cha cha cha, mis pies intentaron emular con la torpeza de los primerizos los pasos que hacían en las películas mexicanas del cine de rumberas, como Siboney, Humo en los ojos y Embrujo antillano. Con mi mamá las habíamos visto casi todas en el cinematógrafo del Teatro Belalcázar, en la función vespertina de los domingos. Un pregonero las anunciaba a pie limpio por las calles destapadas con una bocina a las doce y a las seis. Remataba su gritería con la sentencia de que no había películas malas, sino públicos diferentes. En esas estaba metido de lleno, cuando me sorprendió a mis espaldas el acento procaz de mi tío. “Si vas a hacerlo, hazlo bien, como Dios manda, como la música misma, generosa pero precisa”, aseveró con una sonrisa cómplice que me indicó que sería nuestro secreto. Desde entonces, él se convirtió en el valor que me sostuvo en la adversidad para que yo pudiera convertirme en una posibilidad. Su muerte me clavó una fatiga en el alma. Más que la muerte de un padre, fue como si me hubiera suicidado.

Pese a que mi tío y mi papá eran agua y aceite, el destino los volvió uña y mugre. Durante seis años compartieron el puesto de operarios en Cementos del Valle, y por ahí derecho compartieron a mi mamá. Mi tío se la presentó. Pero fue el billar su argamasa. Tres veces por semana frecuentaban las mesas de paño desperdigadas por La Chanca. Nunca se estableció quién fue el mejor a tres bandas. Muchas veces la tunda de carambolas largas la aportaba mi papá, pero dependía de su estado de ánimo, cada vez más voluble. Con el paso del tiempo, entre tacada y tacada, mi tío fue el único capaz de lidiarlo cuando le daba por amanecer con la malparidez alborotada. “Me largo ya mismo de este hijueputa moridero de mierda”, espetaba mi papá llevado de la bendita perra y a punto de irse, pero de bruces contra el mundo. Entonces, como por arte de nigromancia, el agua y aceite volvían a ser uña y mugre, y Yumbo volvía a ser un paraíso sin serpiente.

Hasta que hacía su triunfal aparición la música. Y si la música lograba hacerlos ver diferentes, su hija predilecta, el baile, los hacía ver dos perfectos incompatibles. Mi papá fue un hábito hecho vicio en La Negra Caliente y en La Casa Amarilla, esta última regentada con mano de hierro por doña Emérita, que con sus prostitutas del Eje Cafetero reverdecían como maleza por la primera con quince. Sin duda alguna uno de sus mejores clientes, pero todo un desconocido en mentideros como El Mono Bueno y La Choza de Jacinto, donde los bambucos, las guabinas y los torbellinos, comenzaban a ser desplazados por los perniciosos alborotos antillanos, de los que mi tío hacía un buen rato había quedado prendado a primera oída.

Ya declarado todo un solterón empedernido, mi tío encontró en mi mamá, su adorada hermana menor y a la que tenía como una madejita, la mitad de la naranja para azotar baldosa. Por supuesto, la movida de los jueves contaba con el beneplácito de mi papá, y de ella todo el mundo estaba al tanto, desde Montañitas hasta El Pedregal. Sin embargo, no dejaba de ser el acicate que le calzaba como anillo al dedo a mi papá para cobrarle a mi mamá sus recriminaciones por su propensión a la profesión más antigua del mundo en unas peroratas de alborada que se volvieron una costumbre en el barrio. Pero valió la pena. Mi tío y mi mamá descubrieron de adultos lo que no sospecharon de jóvenes: que estaban moldeados para la pista.

Con la partida a destiempo de mi papá, mi tío no sólo cambió de puesto (se fue a trabajar a la naciente empresa Cartón de Colombia), sino que extendió la movida de los jueves a los sábados y los martes. A mí me dejaban donde mi abuelos maternos. Para la época del censo nacional, aunque no habían ganado ningún concurso de baile en Juanchito, en lo concerniente a Jamundí, Palmira, Buga, Tuluá y Cartago, no había pareja que siquiera les llegara a los talones. El respeto que profesaban por ellos en el pueblo rayaba en la devoción. Qué yumbeño no había admirado en mitad del parque a Héctor y Gladys, a esos dos motes artísticos que dejaron en alto el nombre del Municipio, tirando paso de lo lindo en el quiosco de La Retreta. A medio siglo de haber brillado con luz propia, en sus osarios entrando a mano izquierda del cementerio hay todavía quien deposita un clavel morado, la flor de mi mamá, a manera de una sombra amistosa que cruza los vericuetos de la memoria.

Los más deslenguados hasta llegaron a aseverar que el tumbao de mi tío era como el del Chino Moncayo, el de Carlos Tin Tan, el del Negro Rocanrol y el de Jaime Vidal, los verdaderos dueños de las noches caleñas en Tropicana, Siboney, Danubio Azul y Tibiri Tábara. La verdad: el tumbao de mi tío no alcanzó a ser como el de ellos. Por supuesto, para mí él fue el demiurgo dadivoso que me inició en la revelación, que me concedió el fuego vedado de Prometeo con que me arrebató a la oscuridad: el pico de garza, el repique, el punta talón. Incluso, varios de los pasos de avanzada que me hicieron célebre como Palmerita, en los sesentas y setentas, se los hurté de la manera más descarada: La Venganza del Escorpión, El Tanteo del Gallo, La Tristeza del Ciempiés. Y aunque él fue consciente de ello, jamás me lo recriminó. Yo supongo que él suponía que cuando yo estaba en escena, era como si él mismo estuviera en escena; que esa era la mejor manera de retribuir su legado: perpetuándolo.

Nunca podré olvidar su cara de orgullo cuando me bañé de gloria por primera vez encaramado en una tarima. A los dieciséis me pasaron al Liceo Comercial para que terminara la secundaria. “Dicen que a pesar de ser un plantel joven, va camino de convertirse en lo mejorcito de por acá”, le justificó mi mamá a mi tío, quizás pensando en el hijo de más que no llegó a tener. Yo jamás entendí el cambio. Los amigos que había hecho a cuentagotas estaban en la Escuela José María Córdoba. Como fuera, a punto de graduarme, los profesores de Educación Física y de Arte organizaron un concurso de baile. “Si vos no te lo ganás, olvidate de que yo existo”, sentenció mi tío. Nunca supe si lo que dijo lo dijo en serio, porque yo me gané ese concurso de baile de cabo a rabo. La final se disputó en frente de la casona de dos pisos de la Alcaldía, en el marco de los festejos cívicos del 14 de mayo. Desde aquella misma tarde, que creí tocar el cielo con las manos y con la marca de sudor en la espalda, supe qué diablos era lo que yo iba a hacer con mi vida. Pero esa, esa es otra historia para contar. Es la historia no pueril. Esa es la historia que les corresponden a la ramera de Cali y a mis madrugadas prohibidas de puro goce pagano en la que llegó a considerarse la Sucursal de Cuba, cuando se bailaba por honor en vez de plata.


lunes, 21 de enero de 2013

CUENTO ENERO 2013


LOS LIBROS AJENOS

Digamos que las cosas empeoraron cuando un anodino funcionario público, llegado de Cali una tarde de miércoles, le comunicó a mi padre que en nombre de la Secretaría de Educación Departamental y a partir de la fecha, sus clases de Filosofía –de las que era el titular hacía veintidós años en la institución educativa de un corregimiento cercano– les serían supervisadas.

Así se inició para él un viacrucis que aquel día no alcanzó a dimensionar en su totalidad y mucho menos a intuir que el propio director de la escuela, considerado hasta entonces por todos como uno de sus mejores amigos, sería el encargado en persona de restringirle su libertad de cátedra, de retrasarle las mensualidades, de atiborrarlo de encargos ajenos a su asignatura, y de exigirle a diario y por escrito los reportes de todas sus clases.

¾Ese Arcadio es un malnacido –musitó mi madre cierta noche, mientras se refugiaba detrás del pocillo caliente.

¾Todo ha cambiado, mujer. Ahora son los tiempos del bambuco y la bala –replicó mi padre, que sabía hacía dónde iba ella.

¾Pues eso no cambia las cosas –alzó la voz mi madre.

Mi padre se quedó observándola en silencio mientras masticaba siete veces la última porción de pan con salchichón, como siempre lo hizo pacientemente con cada bocado suyo. Llevaba varias semanas de lucha consigo mismo para no dejarse provocar por mi madre. Entendía que pelear con ella era complacerlos a ellos. Que eso era lo que ellos querían que él hiciera.

¾Arcadio está cumpliendo con su trabajo –al fin respondió en un tono pausado, que le costó una dificultad enorme–. Él, al igual que yo, tiene que darle de comer a toda una familia –agregó mientras se levantaba del comedor para calificar el arrume de exámenes que lo esperaba. Pero en el fondo, él sabía que mi madre tenía la razón: que ese Arcadio era un malnacido.

En situaciones como aquella, yo procuraba refugiarme en el silencio, mimetizarme como un camaleón si me era posible. Sabía que no era el momento indicado para tomar partido. Aunque adoraba a mi madre y ella me idolatraba como el hijo único que yo era, me amarraba a mi padre una hermandad que rayaba en la complicidad. Nos identificaba algo que ella nunca entendería y que celaba como a la amante del macho de la casa: la Literatura.

Desde que yo tuve uso de razón, la presencia de un libro en las manos de mi padre fue una constante universal, como ver a mi madre con un delantal floreado ante la olla que hervía a fuego alegre. Siempre lo vi leyendo. De día o de noche, siempre lo vi leyendo. Que yo recuerde, no pasó un momento sin que mi padre, así fueran cinco minutos, abriera un ejemplar y tomara sus notas de rigor en el cuaderno de apuntes de turno. Porque es que a él nunca le llegó a faltar uno. Se puede decir que tuvo tantos cuadernos de apuntes como libros.

Mi padre no fue solamente la primera persona que me enseñó a leer, sino el responsable de que mis lecturas las haga entre líneas. La niña del jardín, de Eduardo Carranza, fue el poema que usó para enseñarme las vocales y luego enseñarme las consonantes y luego enseñarme los prodigios de sus permutaciones, que conforman las palabras que encierran al mundo entero.

Por eso, yo comprendía, como si me estuviera ocurriendo a mí, lo que le estaba ocurriendo a mi padre. Y lo admiraba en silencio, como se deben admirar las obras maestras. Sabía que no le resultaba fácil agachar la cabeza para soportar sin una querella las humillaciones a las que a diario lo estaban sometiendo en el trabajo por ser el único maestro liberal de su escuela.       

¾El asunto es bien sencillo –bufó sin mirarme una mañana de sábado, cuando me pidió que lo acompañara a Cartago para que le compráramos a mi madre su regalo de cumpleaños–. Ellos me quieren aburrir.

Por aquellos días, mi padre había comenzado a bajar de peso, pero continuaba con la vitalidad de siempre. Aún así, noté que su mirada no era la misma. Su destello ya no desbordaba la refulgencia desafiante del toro recién salido al ruedo que embiste lo que se pone por delante; más bien, ella reflejaba a la bestia estocada, cuyos ojos vidriosos procuran la querencia.

¾Lo que ellos pretenden es que yo renuncie prosiguió mi padre observando por la ventana del bus intermunicipal los fértiles campos que una maldita violencia sin rostro les estaba arrebatando sus cultivos que nunca habían dejado de crecer con la certeza de la reproducción de los conejos–. Ellos saben que no estaría bien visto que me echaran. Y yo no les voy a dar el gustico de irme –enfatizó con un golpe seco que resonó en el vidrio.

A pesar de las infaustas circunstancias que se vivían en el departamento, a cinco años del asesinato de El Caudillo en pleno centro de Bogotá, y tan similares a las del resto del país, mi padre estaba en lo correcto. No resultaba prudente despedir por caprichos al mejor maestro del Valle del Cauca, como llegó a aseverarlo en público el poeta Eduardo Carranza, su condiscípulo y amigo, con quien obtuvo en 1929 el título de Maestro de Escuela Elemental.

Pero la presión sobre mi padre fue aumentado de tal manera como fueron aumentando los muertos sin nombre, los no nomine, cuyos cuerpos sin vida, con la lengua afuera, sin penes y senos, eran tirados a los ríos chorreando sangre y lodo. Sin duda, el pan diario en las zonas rurales como la nuestra, y que en los corrillos les eran atribuidos a los Pájaros.

El acoso a mi padre había alcanzado el extremo de poder catalogársele como una ofensa personal. Sin embargo, él permaneció incólume, como permaneció incólume su dignidad de hombre bueno hasta el último de sus días. Nunca dejó de hacer lo único que había hecho correctamente durante veinticuatro años: enseñarles a los jóvenes más que sobre Filosofía, sobre la defensa de la dignidad humana y de los derechos fundamentales del hombre.

Quizás eso fue lo que le permitió soportar con estoicismo que un par de ineptos inspectores de Educación Primaria y Normal, ambos por supuesto burócratas de turno del Partido Conservador, le indicaran lo que debería hacer en sus clases. “Y, sobre todo, tenga mucho cuidado con Kierkegaard y Heidegger –le advirtió, levantándole el dedo, el más decrépito de los dos empleados estatales–. Nosotros le vamos a estar respirando en la nuca, sin descanso. No vaya a ser que de una de sus clases nos salga otro Gaitán, otro de esos hijos de puta dispuestos a poner patas arriba a este país”. Hasta que llegó el día que tenía que llegar. Hasta que se metieron con lo más sagrado que atesora cualquier bibliófilo.

Era un domingo lento, de finales de agosto, cuando tocaron a la puerta con vehemencia, como desde hacía varios años acostumbraban hacer en las noches para llevarse a los muertos del día siguiente. Pero en esa ocasión apenas iban a ser la tres de la tarde. Detrás de mi madre emergieron siete hombres: dos ataviados con traje oscuro y otros cinco con innegables aspectos de jornaleros del campo: ropas sudadas, manos encallecidas y uñas con mugre. Frente a la casa permaneció aparcado un pequeño camión Ford, de color verde oscuro. En la parte trasera ladraban sin cesar dos perros amarrados a las estacas.

No hubo necesidad de preguntar quiénes eran los dos primeros hombres. Sus modales atravesados, sus vestimentas negras y los bultos de sus armas, hablaron por ellos mismos. Traían consigo una ordenanza de la Alcaldía Municipal. En ella, se estipulaba que por la seguridad del orden público del pueblo, la biblioteca personal de mi padre quedaba confiscada. Nada más.

Apenas los ruegos de mi acongojada madre, que perseveró como si fuera en realidad el hijo suyo al que se estaban llevando para el servicio militar, lograron que uno de los dos hombres de negro se dignara a hablar más de la cuenta. Lo hizo de muy mala gana, a punto de que el camioncito verde partiera con la preciada carga de mil ochocientos ochenta y tres libros embalados en sucios guacales de Cerveza Poker: “¡Olvídense de ellos!”.

Aquella tarde dominical, mi padre no movió un dedo para impedirlo. Sabía que perdería su tiempo. Más bien, para sorpresa de todos, se dispuso a colaborarles a los cinco campesinos, con toda seguridad unos iletrados, que le estaban arrebatando uno a uno sus libros venerados para que al menos no se los siguieran empacando a las patas, como se empacan las panelas.

En el pueblo nunca fue un secreto que su biblioteca, pese a ser un profesor de Filosofía, no contuvo un solo libro de Filosofía y sí lo más granado de la literatura universal, sin importar que se tratase de novela, de ensayo, de teatro, de crítica o de poesía, la Divina Locura como él se refería a esta última para asegurarse de que fuera la máxima expresión de las Artes. Con el paso del tiempo, a mí me ocurrió lo mismo: mi biblioteca personal contiene sólo ejemplares de literatura. Pero fueron los libros dedicados a él los que se destacaron.

Mi padre llegó a poseer ejemplares firmados por los más connotados escritores del país, a quienes conoció en persona, muchos de ellos en el Café Victoria de Bogotá, gracias a los buenos oficios de Eduardo Carranza. No por capricho, su biblioteca personal la presidió siempre una gran fotografía en blanco y negro donde el poeta colombiano aparece en Isla Negra en compañía de Pablo Neruda y Nicolás Guillén. Los tres escritores latinoamericanos posan ante un velero a escala, otra de las aficiones del Nobel chileno.

Sin embargo, el tesoro de mi padre lo constituyeron seis libros que el mismo Eduardo Carranza obtuvo para él con la firma de sus autores. Los cinco primeros, en orden de adquisición, fueron: Canto general, de Pablo Neruda; Ficciones, de Jorge Luis Borges, Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez; La destrucción o el amor, de Vicente Aleixandre, y La familia de Pascual Duarte, de Camilo José Cela. El sexto, el ejemplar más apreciado, la Joya de la Corona de mi padre, era una publicación de María, impresa en 1878.

Esta edición, corregida por el propio Jorge Isaacs en Bogotá, cuando todavía era un congresista del Partido Conservador, y que contenía su firma, fue el último libro que Eduardo Carranza le regaló a mi padre antes de que el maestro viajara a España, donde residió por los próximos siete años, hasta 1958. Se lo dedicó de la siguiente manera: “Qué más loable amparo para la conciencia de un vallecaucano radical que la conciencia de otro vallecaucano radical”.

Pero fue mucho antes de que los siete hombres llegaran a llevarse sus libros, que mi padre sabía quién estaba detrás de todo. Se lo había granjeado como su peor enemigo cuatro años atrás, cuando, sin resquemores y a quemarropa, le dijo que la Iglesia había tergiversado a Aristóteles.

Por supuesto, aquella conducta  pagana –una no romántica y una no católica– debía ser castigada a como diera lugar en nombre de la gloria de Cristo Rey y de la Patria. Desde entonces, el párroco del pueblo lo tuvo entre ojos, y no desaprovechó oportunidad para cubrirlo de ignominia. En su campaña de desprestigio, lo llamó sacrílego, blasfemo y apóstata. Incluso, llegó, cual Sócrates, a acusarlo de corromper a la juventud con poesía erótica, en alusión a la obra de Jorge Gaitán Durán, que en efecto mi padre poseía y admiraba.

Pero los años pasaron y no pasó nada. Pese a los crecientes desmanes de los Chulavitas y de los Pájaros, mi padre prosiguió paseándose campantemente frente a las narices del párroco del pueblo como Pedro por su casa, con las páginas rojas del El Relator bajo el sobaco. Sólo con el segundo mandato de los godos –como él se refería a sus detractores–, que suspendió las Cortes y restringió las libertades civiles, fue que se dieron las condiciones para que se le volteara la torta. Entonces, el párroco del pueblo volvió a sonreír de oreja a oreja. Las añoradas épocas de gloria del general Rafael Reyes estaban de regreso.

Inclusive, por injerencias de la Arquidiócesis de Cali y de los mandamases del Directorio Nacional Conservador, unos pocos meses después el párroco del pueblo fue nombrado Censor de la Iglesia Católica para el suroccidente colombiano. En adelante, cualquier confiscación de material impreso por parte de las autoridades en los departamentos de Putumayo, Nariño, Cauca y Valle del Cauca, pasaría por sus manos para someterla al Índice.

Con semejante potestad entre sus manos, la suerte de mi padre quedó sellada. Sería cuestión de tiempo para que no sólo se lo tildara de cachiporro, como hacía años lo identificaban los más contumaces, sino para que se lo calificara de mamerto y quedara a discreción de los Pájaros, en tiempos cuando en la homilía matar a un liberal era considerado un pecado venial.

Mi padre había comenzado a sospechar del párroco del pueblo desde el preciso momento en que lo conoció, en febrero de 1947. Éste provenía de otro municipio, uno mucho más populoso en el centro del departamento, donde los suyos conformaban un clan de acomodados hacendados, todos de reconocida filiación conservadora y posturas radicales. Se había formado como presbítero en el Seminario Mayor de Bogotá y encarnaba el orgullo colonial de contar en la familia con un hombre de la Iglesia, máxime si llegaba a obispo.

Y no fue porque mi padre les profesara manifiesta aversión a los militares, a los políticos y a los religiosos, ni porque mi abuelo le hubiese enseñado de muy pequeño que no hay godo bueno, que desde el principio él no pudo llevarse bien con el nuevo párroco del pueblo. Más bien, fue la denodada memoria literaria de éste la que terminó por encenderle las alarmas. Pero de manera concreta, resultó ser su transpiración la que lo delató en el púlpito.

Cada vez que el párroco del pueblo advertía en sus sermones sobre la rampante inmoralidad en las Bellas Artes, según él debido a la laxitud de los principios cristianos, en el caso específico de la Literatura lo hacía no sólo con una sorprendente exactitud y unos conocimientos abrumadores, sino que su modulación cambiaba, su rostro se transfiguraba y su mirada se humedecía, como si hubiera entrado en un trance del que apenas podría extraerlo la propia misericordia de Dios. Unos instantes antes era que le afloraba el sudor en la frente y se le manifestaba como inmaculadas gotitas de rocío al amanecer.

En esos momentos, el párroco del pueblo dejaba de ser el párroco del pueblo y se convertía en otro ser humano, uno elevado que ejemplificaba sus graves denuncias recitando de pura memoria, con una gracia infinita, pasajes literarios que sólo podrían ser reconocidos por un experto consumado, por un inteligente estudioso del antiguo oficio de Homero, que llevaba décadas ejerciéndolo. Por sus labios, para sólo citar a la poesía española, fluían sin yerros estrofas seleccionadas sabiamente de Góngora, de Espronceda, de Samaniego y de Gracián.

Pero cuando mi padre intentó saber en dónde había adquirido tales destrezas y cómo es que él había logrado dichos discernimientos, el párroco de pueblo se limitó a responderle que eran sus recuerdos del colegio y el seminario. “Pues esa mierda no se la traga ni su propia madre”, me dijo mi madre que le había espetado mi padre, cegado por el encono. Y cuando intentó saberlo por segunda ocasión, recibió como respuesta, esta vez acompañada de una sonrisita socarrona, que el párroco del pueblo gozaba de la memoria eidética del general Gaulle.

Desde entonces, mi padre se empeñó en desenmascararlo a como diera lugar, hasta que diera con la verdad refundida en el corazón de las mentiras. Porque para él, mentir no era únicamente decir lo que no es, sino decir más de lo que es. Y en eso se les fueron sus últimos años de vida.

Pero dado que mi padre resultó ser un espíritu sensible, uno de esos seres que aman con la cabeza y sueñan con el corazón, jamás logró descifrar las implacables fuerzas que le tocó afrontar. Tampoco el tiempo le dio una espera, como nunca se la da a los más desamparados.

Por ello, a pesar de sus influencias –fueran ellas pocas o fueran ellas muchas–, nada se pudo averiguar sobre la suerte final de sus libros confinados al espíritu inquisitorial del párroco del pueblo. La tarea para todos los que lo intentaron resultó tan estéril como ponerse a develar los secretos ocultos en un texto de alquimia. La tierra se había tragado su biblioteca personal.

“Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, le respondió jocosamente el alcalde del pueblo cuando por fin éste le dio la regalada gana de atenderlo en su despacho de marioneta de turno. “Usted entenderá que existen urgencias ulteriores que la desaparición de unos libros, como por ejemplo, la desaparición de unas personas; no lo cree así, doctor”, aseveró el gobernador ante la intervención en Cali de Carlos Villafañe, otro de los literatos conocidos por mi padre, cuando el octogenario poeta nacido en Roldanillo visitó el Palacio Departamental de la calle diez con carrera séptima. “Por supuesto que haremos todo lo que esté a nuestro alcance, mi estimado Maestro. Faltaba más. Puede usted quedarse tranquilo”, le aseguró el Ministro de Educación Nacional a Eduardo Carranza cuando éste lo llamó expresamente desde España, donde ocupaba el cargo de Consejero Cultural de la Embajada de Colombia. Pero nadie hizo nada.

Y nada cambió hasta el amanecer de un martes, cuando el pueblo se despertó por el alboroto del redoble de las campanas de la iglesia en la plaza principal. Tañían con total desesperación, como si los godos, soportados en la oscuridad, le hubieran echado candela al pueblo entero. Parecía una avalancha, pero de puros ecos. “Que yo recuerde –aclaró mi madre mientras se aferraba a mí y a su rosario de cuentas negras–, yo apenas las había oído resonar así en dos ocasiones: cuando murieron los papas Benedicto XV y Pío XI”.

Al asomarnos a la ventana, todo el mundo corría hacia un lote baldío ubicado en las afueras, contiguo a la pequeña estación del Ferrocarril del Pacífico constituida por un edificio blanco de dos pisos. Apenas iban a ser la tres de la madrugada. Antes de que llegáramos, vimos parqueados en la calle tres carros azules sin placas. Su mera presencia helaba la sangre.

Entre la penumbra, en mitad del terreno sin dueño, distinguimos una elevada pila conformada por libros. Se trataban de encuadernaciones de todas las clases y condiciones, que alcanzaban los tres metros de altura. A su lado, y junto a dos bidones de combustible, como una estatua pedestre de tamaño natural permanecía apostado el párroco del pueblo. Portaba una antorcha sin encender y una sonrisa eterna, que nunca le habíamos conocido.

Lo resguardaban nueve hombres vestidos de negro y con el escapulario de la Virgen del Carmen colgada en el pecho. Todos ellos dispuestos a librar una cruzada más, cuales nueve monjes-guerreros contemporáneos. Cinco cargaban antorchas encendidas y el resto refrenaba a cuatro perros, que le ladraban a una muchedumbre cada vez más excitada por la proximidad del clímax. Sus miradas amenazadoras no dejaban de escrutar a los curiosos.

Entre los nueve hombres de negro, identificamos a los dos esbirros que tres meses atrás fueron una tarde de domingo hasta nuestra casa por la biblioteca personal de mi padre. Y aunque todo el mundo los había visto sentados en la misa de seis, nadie osaba acercárseles.

La gente prefería permanecer en la distancia, sólo pendiente del espectáculo de alborada. Intuía que entre esos hombres de semblantes deshumanizados podrían encontrarse Chispas, Tarzán, Veneno, Saltán, Chimbilá, Lamparilla, Desquite, Capitán o Sangrenegra, tan temidos por sus disecciones del Corte de Corbata y el Corte de Franela. Además, no había necesidad de que fueran interpelados. Todos los presentes sabían de qué se trataba el asunto.

Así como era de dominio público que mi padre poseía una completa biblioteca de literatura universal, y que ésta le fue confiscada por una ordenanza de la Alcaldía Municipal, también era de conocimiento general su vieja enemistad de hacía varios años con el párroco del pueblo.

Mucho menos hubo necesidad de que éste hablara, ni hiciera alusión directa a su investidura de censor oficial. Bastó con su mirada de hielo sobre mi padre y la presencia silente de la pila de libros a su lado, para que en el aire de la madrugada quedaran suspendidas la transgresión cometida y la sanción impuesta. En sus ojos se podía leer con toda claridad la amargura porque un liberal no fuera sancionado en plena hegemonía conservadora.

Al igual que en la tarde del domingo, mi padre no opuso resistencia. Sabía que nadie más lo apoyaría. Comprendía que todos seguían embelesados por el desenlace de los acontecimientos, apenas pendientes del final, como alguna vez lo estuvieron en la Edad Media las multitudes que gustosas presenciaban las quemas públicas de brujas y herejes por parte de la Inquisición.

Así que se limitó a observar impertérrito cómo el párroco del pueblo, ataviado como si estuviera a punto de encabezar una de las procesiones de Semana Santa, encendió el fuego a la elevada pila de libros después de que dos de los hombres de negro la rociaron con kerosene.

Primero, ella ardió con cierta desidia, quizás brindándole a mi padre el tiempo oportuno para que él recapacitara, para luego convertirse en una llamarada elevada y abrasadora, de una hermosura apenas comparable con la manifestación de un ángel en mitad del desierto.

De ella se fueron desprendiéndose pavesas que el viento del valle se encargó de llevarlas al cielo, igual que mariposas negras. “Es como el miércoles 10 de mayo de 1933 en la Opernplatz de Berlín”, susurró mi padre, sin que mi madre y yo entendiéramos de qué nos hablaba.

Aquel amanecer fue la última vez que yo lo vi en pie. Al regresar a casa, cuando el día comenzaba a regalarnos sus primeras pinceladas, se echó en la cama para no volver a levantarse. Había vislumbrado perdidos para siempre los libros que le dieron la paz, la misma que la vida no le pudo dar.

Desde entonces, empezó a adelgazarse. Su salud se fue deteriorando a pesar de que él mismo nos aseguró que apenas una parte de los libros quemados eran los de su biblioteca personal, y que entre ellos, estaba convencido, no se encontraban sus libros venerados: los ejemplares firmados por Neruda, Borges, Jiménez, Aleixandre y Cela, y el libro con la rúbrica de Isaacs.

Yo sabía que sus pesquisas sobre el párroco de pueblo no lo habían llevado lejos, y eso que contó con la complicidad de su hermana mayor, mi tía Inés. Ella era una devota solterona que vivía con mi tía Fátima, la menor de los tres hermanos, a cuatro cuadras de la plaza principal. Y aunque en un principio mi tía Inés no estuvo de acuerdo, pudo más su adoración por él.

Gracias a su estrecha relación desde muy joven con la parroquia –siempre colaborando con el trabajo social: bazares, grupos de apoyo a ancianos, novenas, visitas a los enfermos, talleres de todo tipo, voluntariados–, lo primero que ambos pudieron comprobar fue que el párroco del pueblo no resguardaba en la sacristía nada diferente a la indumentaria sacerdotal, los implementos de la misa y los registros parroquiales. En cuanto a la casa cural, éste apenas poseía la biblioteca de cualquier sacerdote que leyese un poco más de la cuenta: teología sacramental, historia de la Iglesia, cristología, hermenéutica, catequesis, eclesiología, liturgia, ética, hagiografía, patrología y derecho canónico.

Por lo demás, mi padre no encontró nada anormal en su rutina de cura párroco de otro pueblo del norte del Valle del Cauca. Nada de reuniones secretas, nada de viajes sin justificación o nada de horarios nocturnos extendidos o a deshoras. Lo único que lo diferenció de sus insustanciales antecesores, a parte de su cargo oficial de censor de la Iglesia Católica, fueron las donaciones en especie que recibía sin falta cada semana. Y en esto hay que ser justos y reconocer que él las utilizó pródigamente entre los más necesitados de su feligresía.

Dichas donaciones provenían de su familia y de las familias amigas de su familia, por igual potentados finqueros de la región. Ellas arribaban a la parroquia los jueves, en punto de las nueve de la mañana. Las traía un camioncito rojo cargado con cajas y costales de panela, yuca, café, huevos, leche, azúcar, mazorca, arroz, harina, fríjol y lentejas. También llegaban frutas. Lo que mi padre nunca previó fue que detrás del Bien se podía agazapar el Mal.

Ante su delicada condición de salud, me vi forzado a los trece años a hacer parte de una situación de la que yo apenas había sido testigo. Por supuesto, a mí también me había afectado la quema pública de los libros, que partió la historia del pueblo en dos. Me sentía igualmente responsable de su preservación. Al fin y al cabo, desde niño usufructué la biblioteca personal de mi padre, y ella estaba destinada a ser mía como el hijo único.

Yo tenía muy claro que el párroco del pueblo era el único responsable de todo. Sabía que mi padre sospechaba que desde su nombramiento como censor oficial, éste se estaba apropiando de muchos de los libros confiscados en los cinco departamentos del suroccidente colombiano y que resguardaban en la casona de la alcaldía municipal en espera de que pasaran por su lente censor. Mi dilema era el mismo al que se enfrentó mi padre: cómo demostrarlo.

Lo primero que se me vino a la cabeza fue asegurarme en persona de que en el conjunto parroquial no existieran lugares secretos: digamos, por ejemplo, un sótano, una buhardilla, un ático, un cuarto falso, una pared doble. No hay en los pueblos un lugar menos vigilado y más desprotegido que su iglesia, así quede en la plaza principal o al frente de la estación de policía.

A partir de mi tercer cumpleaños, con mi padre siempre cumplimos un ritual que sólo se vio interrumpido por el cambio de cura párroco: subir a la torre de la iglesia para echar al vuelo un avioncito de papel, que por encima de la plaza principal llevara muy lejos uno de mis deseos. No sé si mi padre alguna vez lo supo, pero siempre el deseo fue el mismo: que él nunca llegara a faltarme. Así que desde niño yo conocía al dedillo cómo acceder al campanario y en qué rincón ocultarme hasta que cerraran después de la misa de seis.

Aproveché el día que mi madre se fue a rezarle al Señor de los Milagros por la salud de mi padre y se quedó en Buga, donde una prima hermana suya. Esa tarde, le dije a mi padre que yo me iba a quedar estudiando en la casa de mi mejor amigo, ubicada al otro lado del pueblo. En aquellos tiempos, atreverse a caminar de noche o seguir bebiendo en las ventas callejeras hasta altas horas y no encerrarse con llave desde que reinara la oscuridad, era cometer el más vulgar de los suicidios. Todos sabían que la vida no podía continuar siendo la vida de siempre, y que lo mejor era escaparse de uno mismo para sobrevivir.

Por mi parte, yo entendía que mi madre, con toda razón, me jalaría las orejas por haber dejado a mi padre solo. Pero era la única oportunidad que tenía, y no estaba dispuesto a desperdiciarla.

El silencio imperante me estremeció. Podía escuchar mis latidos como por entre un estetoscopio. Pero lo más desconcertante fue ir descubriendo en la oscuridad las esculturas que engalanaban las capillas y el coro. Con el chorro de luz de la linternita perdían su santidad para adquirir un aspecto opresivo. Parecían cobrar vida cuando sus ojos muertos eran iluminados.

Recorrí sin resultados la nave, el presbiterio y el altar mayor, para buscarles falsos inesperados: un hueco debajo de las bancas o un discreto vacío tras el ábside. No tuve problemas para revisar la sacristía y el despacho parroquial, pero me fue imposible acceder a la casa cural. La puerta de comunicación con la iglesia permanecía clausurada. Lo único que se percibía al otro lado del angosto pasillo era el radio a todo volumen con La Voz Católica.

Aún así, no me quedé intranquilo. Desde muy pequeño yo conocía aquellos modestos aposentos privados, que se limitaban a una habitación principal, un baño, una cocineta, un lavadero y otra habitación, que, según los datos filtrados por mi tía Inés, era donde estaban resguardando las donaciones en especie. Así que sólo me quedó por sospechar de estas últimas.

El siguiente jueves logré escaparme de la escuela para observar desde la plaza principal cómo las descargaban, en punto de las nueve, del camioncito rojo que se estacionaba al costado del despacho parroquial. En realidad, nunca vi nada inusual mientras me tomaba dos kolas Boliche. Por supuesto yo, el estudiante ejemplar que siempre fui, ese día recibí una merecida sanción disciplinaria, cuyo informe hizo que mi madre llorara de rabia por un día.

La semana que siguió no pude inventarme nada, cosa que casi me mata de la ansiedad: no logré comer bien y no logré dormir bien. Por fortuna, el martes de la semana que sobrevino ocurrió algo proverbial.

Antes de que amaneciera, comenzó a llover de tal manera que la creciente del río que surtía el acueducto del pueblo estropeó la bocatoma. El incidente se esperaba que apenas fuera superado por la Sección Especial de Acueductos del Ministerio de Obras Públicas hacia el domingo, en las horas de la tarde. Como era lo indicado, las clases se suspendieron por el resto de la semana para prevenir un mayor problema de salud pública. Yo era libre como el viento.

Ante la magnitud de la emergencia, las autoridades municipales permanecieron atareadas de reunión en reunión, por lo que el párroco del pueblo les encomendó a sus dos acólitos, unos jóvenes de dieciséis años, la recepción de las donaciones en especie. Ese jueves, no dudé un segundo en ofrecerme para ayudar a descargar el camioncito rojo marca DeSoto. Lo hice con un gesto tan desprendido, que nadie sospechó de mis intenciones.

Lo único que llamó mi atención fue un baúl antiguo. Desentonaba abiertamente con el resto de la carga. Yo ya lo había visto desde la distancia dos semanas atrás. Era de madera oscura, con herrajes de bronce. Lo resguardaba un candado grande, de esos de hierro forjado que durante la Colonia fueron más conocidos como Orejas de Oso. En el frente tenía marcadas en letras góticas negras las iniciales MMJV, que supuse fueron las del primer dueño.

A simple vista, se notaba que su contenido no resultaba nada liviano. Y al igual que la vez pasada, el esfuerzo realizado por los dos hombres para cargarlo resultó mayúsculo, como el que se requiere para cargar a los muertos hasta el cementerio, ubicado en las afueras del pueblo.

Me sorprendió que fue lo único que ingresaron a la habitación principal de la casa cural. Tras de sí, por un tiempo, desapareció a puerta cerrada uno de los dos acólitos. Y tal como aconteció el jueves antepasado, el baúl antiguo fue lo único que retornó al camioncito rojo con el mismo esfuerzo de los dos hombres. Así que no me quedó más opción que irme con él.

El único destino posible era la hacienda de la familia del párroco del pueblo. Todo el mundo en el pueblo sabía que el camión de las donaciones pertenecía a ese lugar. Allá tenía que estar lo que yo buscaba.

Me bajé, o más bien me tiré, cuando el vehículo traspasó un portón de madera con un letrero en mayúsculas que decía LOMAS DE MONTEMIRAR. A los lados de la estrecha vía sin pavimentar había extensos cultivos de naranja. El vehículo prosiguió al fondo, en dirección del piedemonte.

Lo seguí cautelosamente por entre los árboles frutales, hasta que se detuvo cerca de la casa principal. Lo único que yo temía en esos momentos era a la presencia de perros bravos, como los cuatro perros de los hombres vestidos de negro dispuestos a acabar con los chusmeros liberales en la madrugada de la quema de los libros. Más que ellos llegaran a delatar mi presencia, lo que me aterrorizaba en extremo era que me fueran a despedazar a dentelladas.

Desde lejos, alcancé a ver que los dos hombres descargaron el baúl antiguo y lo llevaron a la parte posterior, a un galpón de madera, con techos altos y estructura rectangular. Luego, sin afanarse, condujeron el vehículo hacia la zona de producción, donde están las vacas lecheras, los pollos de engorde y las marraneras, además de las instalaciones para el procesamiento del maíz, la soya y las frutas. Muy cerca quedaban también las caballerizas.

Permanecí recostado a la sombra de los naranjos. No estaba seguro de qué debía hacer. Sentía sed y tenía hambre. Además, desconocía qué hora era. Intuía que podrían ser cerca de las dos de la tarde: el sol golpeaba aún con fuerza y no corría la brisa. Tampoco sabía dónde estaba. Lo único que tenía claro era que me encontraba al otro lado del valle, cerca de la otra cordillera. En algún punto del viaje, el camioncito rojo había cruzado un puente sobre el río Cauca. Apenas se me ocurrió consumir algunas naranjas. Me supieron a gloria.

En vista de que nadie apareció, al cabo corrí hacia el galpón. Sabía que los dos hombres lo habían dejado sin llave. Al ingresar, me golpeó una ola de calor que hizo detenerme. La temperatura era como la de los baños turcos. El lugar carecía de ventanas y contaba con una entrada. En un costado vi el baúl antiguo. Continuaba cerrado con su candado colonial.

Lo que encontré en el galpón fue lo que yo esperaba encontrar: libros. Lo que me abrumó fue su cantidad. Nunca había visto tantos libros en un mismo lugar. Todos reposaban sobre mesas de madera, del tamaño de las mesas de billar, pero menos altas. Conté veinticuatro, seis por cada fila.

Por ninguna parte vi una silla. El mensaje estaba muy claro: aquel lugar no era una biblioteca, era una bodega. A mí, más bien me pareció un cementerio de libros sin dolientes. Al fin y al cabo, mi padre me había inculcado con todo el cariñó del mundo que los libros crecen y que, tal como acontece con nosotros los seres vivos, ellos envejecen y mueren.

A los libros los identificaban unos cartones, donde quedaban especificados, de manera invariable, ocho datos: mesa, pila, departamento, ciudad, dirección, nombre, cantidad y fecha. La mayoría de las pilas alcanzaba los cincuenta ejemplares. Conté al menos treinta y cinco pilas por mesa.

Eso me llevó a estimar a vuelo de pájaro la existencia de al menos unos quince mil libros, teniendo en cuenta que apenas eran nueve las mesas ocupadas. Supuse que se trataban de los libros confiscados en tres años por el párroco del pueblo en su excelsa condición de censor oficial. De igual modo, me quedó despejado el contenido del baúl antiguo: libros.

Permanecí admirando lo que veía, pero sin atreverme a tocar nada. El miedo me advertía que no lo hiciera por nada del mundo. Además, me sentía agobiado. El calor me asfixiaba. Aún así, se me ocurrió lo más obvio: ponerme a buscar los libros de la biblioteca personal de mi padre.

No me resultó complicado. Su clasificación era cronológica. El primer grupo de libros estaba catalogado bajo el miércoles 18 de octubre de 1950, por la época en que el párroco del pueblo estrenó su dignidad censora. Cuando encontré los libros de mi padre, quedé deslumbrado. Ahí estaba la fecha maldita: domingo 30 de agosto de 1953. Pero apenas eran setenta y ocho.

Sólo setenta y ocho libros de los mil ochocientos ochenta y tres libros que compusieron su biblioteca personal. Revisé con detenimiento y en dos ocasiones cada título. Conclusión: aquellos libros no eran todos los libros confiscados. Por supuesto, no estaban los libros firmados para él.

Desconcertado, se senté en el piso. Mi padre había tenido razón: el párroco de pueblo era un vulgar ladrón de los libros ajenos. Muchos años después, se filtró que la mayor parte de los ejemplares decomisados fueron a alimentar las bibliotecas de los trece seminarios mayores del país.

Por primera vez, me sentí extenuado. El sopor me envolvía como una toalla incandescente. Cerré los ojos y me recosté bocarriba. Pensé en mi padre. En cuánto yo lo adoraba. En seguida, pensé en mi madre. En el intenso dolor que le debía estar causando mi injustificada ausencia.

El sonido de varios vehículos me hizo levantar. Estuve tentado a llevarme uno de los libros de mi padre. Sería la prueba reina de mi hazaña. Pero el recuerdo de las volquetas cargadas con los muertos sin nombre me lo impidió. Apenas tuve tiempo de refugiarme entre los naranjales. Sólo cuando sobrevino la oscuridad, abandoné los predios de Lomas de Montemirar.

Una vez apostado en la carretera, decidí atrincherarme en una hondonada. Yo tenía muy claro que las noches les pertenecían a los homicidas. Con el alba, comencé a moverme hacia donde me susurró el instinto. En el caserío más cercano supe dónde estaba y lo mucho que me quedaba por caminar. Pero sentía que yo tenía el deber de sobrevivir, porque la violencia no era solamente la historia de los muertos. También la violencia era la historia de los vivos.

Llegué al pueblo para encontrarme de frente con un entierro. El de mi padre. En una noche la pena se lo había llevado. Entre lágrimas, al fin a solas, mi madre me contó que sus últimas palabras fueron las de la última estrofa de La niña de los jardines, el poema de Eduardo Carranza en el que aprendí mis primeras letras y junto al que yo intenté dibujar a los cuatro años lo que canta el texto en verso: Sabes el alfabeto rosado de las rosas, / tu corazón columpia todas las mariposas / y cantan como pájaros en tu hombro los días.

A esas alturas, a mi padre ya no lo desvelaba ni la muerte. Hubiera sido algo inconsecuente con él mismo. Lo que sí lo desveló hasta el último momento, aunque él entendiera que la violencia era la única forma de participación de los pobres, fue que se le hubiese perdido el respeto a la muerte.

Han pasado sesenta y un años desde que vendimos a precio de huevo nuestra casa esquinera con todo adentro, antes de que de pronto nos la llegaran a quemar por cachiporros. Aferrada a mí y a su rosario de cuentas negras, los únicos bienes que mi madre decía que tenía en la vida, abandonamos el pueblo para venirnos a Cali. Sólo regresamos para visitar la tumba de mi padre en su décimo aniversario. Por entonces, los Pájaros ya no sobrevolaban el lugar.

Ahora sonrío. Y no es que me resulte un logro pequeño sonreír. Pero lo hago con la satisfacción que brinda el deber cumplido. Con la complacencia de al menos haber redimido a mi padre cuando a mis trece años comprobé la hipótesis que él sostuvo: que detrás de todo censor hay un hipócrita.