jueves, 31 de mayo de 2012

TEXTO LEIDO (EN AUSENCIA) CEREMONIA PREMIACIÓN CONCURSO LITERARIO ANDORRA, TERUEL, ESPAÑA, 2012

Buenas tardes:

En 1997, en su discurso de apertura del Primer Congreso Internacional de la Lengua Española, celebrado en Zacatecas, México, Gabriel García Márquez reveló lo siguiente: A mis doce años de edad estuve a punto de ser atropellado por una bicicleta. Un señor cura que pasaba me salvó con un grito: ¡Cuidado! El ciclista cayó a tierra.

La intención del Premio Nobel de Literatura de 1982 no fue otra que recalcar el poder de la palabra. Lo hizo a pesar de que él siempre ha sostenido, una y otra vez, que la Literatura en sí no sirve para nada, que al carecer de carácter vital puede desaparecer de la faz de la tierra y la Humanidad seguirá su curso, como por la misma razón no pueden desaparecer la agroindustria, la medicina y la tecnología. Yo pienso lo mismo.

Aunque infortunadamente no recuerdo cuál fue la maestra que me enseñó a escribir ni a qué edad leí de corrido mi primera palabra, se lo agradezco desde el fondo del alma a pesar de que, repito, creo en lo prescindible de la Literatura. Sin saberlo, claro está, esa maestra me dotó de las herramientas básicas para hacer lo que más me gusta hacer en la vida y de paso asegurarme que mis amigos me quieran un poquito cada día más: juntar letras, una detrás de otra, como armando trenecitos negros.

Pero lo hermoso del asunto no radica en el resultado, sino en el proceso, en aquello recalcado por Constantino Cavafis: no vale el puerto de llegada, es la travesía para alcanzarlo. En “Ítaca”, el poeta griego alude a bellas mercancías fenicias: madreperlas, corales, ébanos, ámbares y perfumes placenteros de mil clases. En mi viaje, son precisamente las letras aquellas bellas mercancías. En ellas radica la magia que salva mi día.

A pesar de ser milenarias, casi como el hombre, las letras conservan el embrujo de antaño. No de otra forma Jorge Luis Borges pudo asomarse dichoso a mundos lejanos e insospechados y caminó sin apremios, en la ausencia de un lazarillo, a través de bibliotecas con galerías hexagonales superpuestas infinitamente.

Sin las letras no existirían las palabras y sin las palabras no existirían las lenguas. La Humanidad sería un puro silencio, y aunque el silencio es parte hermosa y pausa esencial del sonido, la vida sería otra y Pablo Neruda no hubiera confesado: Me gustas cuando callas porque estás como ausente. Distante y dolorosa como si hubieras muerto. Una palabra entonces, una sonrisa basta. Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.

¡Dios salve a las letras! Ellas, sin esfuerzo alguno, son las que nos han convocado hoy miércoles por la tarde en este recinto. Nadie más lo ha hecho. Ellas, solitas, nos han seducido. ¡Qué placentero descaro!

En alguna ocasión, no recuerdo cuándo y dónde, Octavio Paz aclaró que más que un acuerdo, el diálogo es un acorde. Así que les propongo que juntos parafraseemos a Mario Benedetti y hagamos un trato con las letras. Digámosles al unísono, o al oído si lo prefieren, que nosotros quisiéramos contar con ellas; que es tan lindo saber que ellas existen; que nosotros nos sentimos vivos y que cuando decimos esto, queremos decir contar aunque sea hasta dos, aunque sea hasta cinco, no ya para que ellas acudan presurosas en nuestro auxilio, sino para saber a ciencia cierta que ellas saben que pueden contar con nosotros.

¡Muchas gracias!

jueves, 24 de mayo de 2012

FALLO DEL JURADO DEL XVII CONCURSO DE RELATOS CORTOS JUAN MARTÍN SAURAS, TERUEL, ESPAÑA

Estimado Sr.:

En calidad de Secretario del Jurado, tengo el placer de comunicarle que el relato "Párrafos que matan" presentado por Vd. a nuestro concurso con el seudónimo "Margarita Debayle" ha resultado elegido PRIMER PREMIO de esta edición. La dotación económica del mismo es de 1200 euros. Confiamos en que cumpla Vd. escrupulosamente con todas las bases de nuestro Concurso.

Reciba nuestras más sinceras felicitaciones.

El acto público de entrega de premios está previsto realizarse el próximo miércoles día 30 de mayo a las 18,30 horas en el Salón de Actos de la Casa de Cultura (C/ Escuelas, 10, Andorra (Teruel)). Como Vd. sabrá, en las bases del Concurso se establece el compromiso de los autores para recoger personalmente el premio, significando la no asistencia (salvo causas de fuerza mayor como puede ser su caso al residir fuera de España) la renuncia del mismo. Es un acto que cuenta con presencia institucional del Ayuntamiento.

Necesitamos que nos remita a la mayor brevedad posible y a esta dirección de correo electrónico la siguiente documentación:

1.- Reseña personal biográfica/Curriculum literario.
2.- Breve comentario personal (sinopsis) del relato premiado.
3.- El archivo de texto del relato (formato Word).

Además de esta dirección de correo electrónico, puede Vd. contactar conmigo llamando al teléfono 978-844151 (de 10 a 14 horas por la mañana y de 17 a 20 por las tardes) o a mi móvil personal 665309079.

Reiterándole nuestra más sincera enhorabuena, esperamos que pueda remitirnos lo antes posible la documentación solicitada.

IMPORTANTE: Confírmenos la recepción correcta de este mensaje que nos asegura que Vd. ya está enterado oficialmente de la concesión de este premio.

Atentamente:

José Ángel Aznar Galve
BIBLIOTECA PÚBLICA ANDORRA (TERUEL)

domingo, 13 de mayo de 2012

CUENTOS MAYO 2012

EL MAESTRO RELOJERO

El más connotado maestro relojero de París no experimentó temor alguno cuando desde el Palacio de Versalles le llegó el reloj de péndulo que le remitía el rey Luis XVI, so pena de decapitarlo en La Bastilla si no se lo retornaba al día siguiente con su característico movimiento a perpetuidad. “Lo tendré en menos de lo que canta un gallo”, se dijo. Al fin y al cabo, él mismo lo había diseñado catorce años atrás y, al fin y al cabo, él mismo lo había construido catorce años atrás.
Antes de comenzar con la meticulosa refacción, admiró la crisálida que colgaba entre el follaje de hojas verdes en forma de estrella de la hiedra trepadora que se había apoderado del techo de su taller en la calle Hurepoix. Meditó en la metamorfosis de aquella pupa de lepidóptero para alcanzar su estado: de embrión a oruga en una semana y de oruga a crisálida en dos semanas. Sabía, por sus juiciosas cuentas, que le restaban dos días para engendrar una mariposa negra.
Sin perder más tiempo, con la destreza del oficio aprendido desde niño al lado de su padre, se acercó al reloj de péndulo para destapar la caja de nogal y raíz de olivo. Por su taller de artesano consumado quedaron desperdigadas las piezas del mecanismo interno: el barrilete, la rueda catalina, el cordón, el muelle en espiral, las paletas, el eje, el caracol, el péndulo real, la rueda de escape, el regulador, el áncora, la rueda móvil. Extenuado, cerró los ojos. Al cabo, una brizna se los hizo abrir. Ante él, una mariposa negra batía las alas para emprender el vuelo que la alejara para siempre de la hiedra trepadora donde alcanzó la adultez. Resignado a su suerte, el más connotado maestro relojero de París la observó hasta que se perdió de vista.         

 


LA ORFANDAD DE LOS MADEROS

De repente, murió: que es cuando un hombre llega entero, pronto de sus propias profundidades. Se pasó para el lado claro. La gente muere para probar que vivió. Pero ¿qué es el pormenor de ausencia? Las personas no mueren. Quedan encantadas. Sobre todo personas como él, que sobrevivió de los ensueños mientras la vida se le iba a cuenta a gotas. Escapada como los suspiros.
Se afirma que los detalles de la muerte de cualquier hombre siempre resultan enojosos. A todos nos recuerdan la intrascendencia A todos nos renuevan la fugacidad. Su muerte, por supuesto, no fue la excepción. Resultó por igual enojosa. ¡Con cada muerte muere la Humanidad!
Lo confirma el silencio sepulcral del taller: la languidez del escoplo, de la escofina, del cepillo, del formón, del acanalador, de la fresadora. Lo ratifica la ausente presencia febril de su dueño: el eco sin respuesta del longevo carpintero de juguetes móviles. ¿O existe oficio más noble que procurar la sonrisa infantil? ¡Aún así, el más titánico! Los juguetes, como los libros, son para los niños, tiranos pequeños, simples momentos decisorios: se toman o se dejan invariablemente.
Él lo supo. ¡Siempre lo supo! Pero jamás lo inquietó. Lo aliviaba aquello de que la muerte es una posibilidad de ser. Y aunque supo poco y desconfió de muchas cosas, una fue su obsesión: el tiempo. ¿Acaso no la más vital? Borrar los límites del presente, del pasado, del futuro. Intentar ser todos y nadie. Evadir lo que el mundo nunca dejará de ser: una maraña de percepciones instantáneas.
Sentencian que la premeditación de la muerte es la premeditación de la libertad. Como nadie en su gremio, entendió que quedarse hundido en lo histórico equivale a una existencia trivial. Que la inmortalidad late, pero en la memoria del otro. Así que se aferró a la posibilidad de prolongarse a lo inacabable ofrecida por su labor de artesano noble que aprendió de su padre, como éste de su progenitor. Usufructuó todas las eventualidades del fresno, del alerce, de la caoba, del nogal, del roble, del pino.
Durante ochenta y seis años, sin interrupciones, acendró la excepción en cada labrado. Hizo de la perfección su impronta, sin discriminar entre el tallado de un caballito de ruedas como los utilizados por los infantes de la Antigua Roma y una marioneta de arlequín con traje rojo y verde, entre el tallado de un frondoso velero de tres mástiles y una enternecedora casa de muñecas de tres pisos o entre el tallado de un pájaro accionado por palancas y un carrusel de siete caballitos.
Las cuencas permanecen vaciadas ahora. El aire resulta irrelevante. Los vivos son una mera banalidad. El verdadero camino ha comenzado. La primera condición para la inmortalidad es la muerte. ¡Su labor está perpetrada! Es, por fin, la única defensa que concibió contra la muerte: pura memoria.
El joven acaricia los juguetes sin padre. Maderos a medio terminar, condenados a su suerte: un rostro desnarigado, un gato sin cola, una mano de tres dedos, un armario carente de puertas, un caballero medieval desprovisto de yelmo, un trapecista de una pierna, una tetera a la que no le tallaron el asa.
Lo abruma la soledad de los objetos, la liviandad de sus recuerdos. El mismo desamparo aquejado por el clavo oxidado en una pared, por la flor prensada en un libro, por la cuchara dejada en un lavaplatos, por el cuento olvidado en una gaveta, por el  paraguas dejado en un rincón, por un cementerio de carros.
Contempla el cuerpo inerte del anciano que lo crió como propio. Su estampa es la de los encantados: ¡eterno!, ¡impoluto!, ¡ajeno! Sin apremios, repasa la peluca amarillenta, la montura ladeada, las manos gruesas de carpintero diestro, el curtido delantal de cuero. Siente el dolor, pero no la ausencia.
Él le inculcó que la vida apenas si nos alcanza para ser el préstamo hecho por la muerte. Le infundió que somos como aquellos antiguos relojes de cuerda, que andan sin que sepamos por qué. Desde niño le aclaró que uno se muere no por estar enfermo, sino por estar vivo. ¡Partimos cuando nacemos!
Clausura el portón de maderos medievales del taller de carpintería. Arrastra consigo apenas la novedad del huérfano. En silencio, atraviesa el Puente Viejo para abandonar Florencia conforme lo pactado con el ausente. El Arno se hace su cómplice. El tañido del campanario de la Catedral de Santa María del Fiore advierte las tres del martes 10 de febrero de 1863.
Atrás queda el hombre que se pasó para el lado claro, que tuvo que morir para probar que vivió. El mundo será otro sin Geppetto. Pinocho se resguarda del helaje. ¡Ha llegado su turno! Cada vida hace su imitación propia de la inmortalidad. La realidad imperfecta acecha agazapada en la madrugada.

jueves, 10 de mayo de 2012

INTERVENCIÓN ORAL FILBO 2012

Buenas tardes.

En primer lugar, permítanme aclararles que mi editora me concedió quince minutos para hablar, luego intentaré ser breve. De lo contrario, me va a regañar y lo hará en argentino, que es más fuerte. Así que trataré de cumplirle.
Mi novela está ambientada en Cali, una ciudad que a pesar de ser la tercera fundada en Colombia, después de Santa Marta y Cartagena, no tiene la cultura de la memoria de estas dos primeras. Desde su fundación, en 1536, Cali ha tenido dos vocaciones. Una, ser una ciudad de paso entre el norte y el sur. La otra, ser una ciudad volcada a la agricultura y la industria.
Por ende, la gestión cultural no ha sido su fuerte. Los proyectos de este tipo se sacan con las uñas, especialmente desde los setenta, cuando Cali adquirió el rótulo de la Capital Mundial de la Salsa. Desde entonces, prácticamente todo gira en torno a la caña, las empresas y la rumba. Algo que no está mal, ésa es la idiosincrasia del caleño, su diario vivir, pendiente del presente.
Ante esta circunstancia, quise hacer algo al respecto y aportar un granito de arena a su memoria. Así de pronto si alguien, que de aquí a veinte o treinta años, lee mi novela se puede enterar a través de ella cómo era la Cali de 1990. De ahí nació la verdadera razón de su escritura.
Ejemplos de esta desidia de la memoria abundan por toda la ciudad. Les voy a citar tres. El primero tiene que ver con una pequeña capilla construida en el siglo XVII en el centro y que perteneció al Convento de San Agustín. Luego se le conoció como la Capilla de Santa Librada. Sin embargo, en 1945 fue demolida con su torre mudéjar, dizque en aras del progreso. El segundo ejemplo está ubicado al sur de Cali. Se trata de la Hacienda Cañasgordas, la misma escenario de la novela “El alférez real” de Eustaquio Palacios. Su casa principal, una construcción colonial de dos pisos levantada en el siglo XVII, estuvo en ruinas hasta hace muy poco, cuando por fortuna comenzó a ser recuperada.
Pero es el tercer ejemplo el que realmente me motivó a escribir la novela. Tiene que ver con el Hotel Alférez Real, inaugurado en 1928. Fue el hotel más importante de la ciudad durante muchas décadas. En él se hospedaron los personajes destacados de la época. Incluso, uno de sus huéspedes perpetuos fue un español que anduvo por sus pasillos con un tigrillo encadenado, tal como lo hizo Salvador Dalí en el Hotel Palace de Madrid.
Desde niño, cuando quizás tenía tres o cuatro años, su edificio de cinco pisos me llamó la atención, aunque ya no funcionaba como tal, sólo era un cascarón vacío y sin vida. Cada domingo que regresábamos con mis padres del Club Campestre por la Avenida Colombia me quedaba mirándolo, pero una vez ya no estuvo ahí. Fue demolido a comienzos de los años setenta y por más de tres décadas su lugar lo ocuparon los escombros y los indigentes.
Cuando a los escritores de renombre les preguntan de dónde surgen sus obras, por lo general responden que ellas provienen de un aroma, de un sonido, de una imagen, de un sabor, de una experiencia o de un simple recuerdo. En el caso de “Cien años de soledad”, de Gabriel García Márquez, nace de su recuerdo de niño al tocar por primera vez el hielo. En el caso de “En busca del tiempo perdido”, de Marcel Proust, nace de su recuerdo del sabor de una magdalena mojada en tila que le ofreció una tía suya.
En mi caso, la novela “Todos adoraban a Maritza” nace del desaparecido Hotel Alférez Real y mi experiencia de no verlo más. Ella tiene que ver con tres historias en una y cómo se van tejiendo entre sí. Es la misma estructura planteada por Eduardo Mendoza en su novela “Satanás”, donde las tres historias convergen al final de manera fatídica, en su caso en el restaurante Pozzeto de Bogotá en 1986. Así, por un lado está la historia de Maritza, la protagonista, que cuenta la vida de una niña de Guacarí, un pueblo ubicado en el Norte del Valle, que gracias a su belleza e inteligencia llega a ser la relacionista pública del Cartel de Cali en el Hotel Intercontinental. Por otro lado está Yolanda, una niña crecida en un corregimiento montañoso cerca de Cali llamado Pichindé, que a sus quince años ingresa al grupo subversivo M-19 y se convierte en su mejor miliciana al infiltrarse en la Universidad del Valle. Por último, se presenta el polo opuesto, la historia de Felipe, un niño de clase alta de Cali educado en uno de los mejores colegios de la ciudad y en una de las mejores universidades del país.
Para terminar, quisiera aclararles que mi intención es que esta novela forme parte de una trilogía que podría llamarse “Trilogía de Cali”, emulando con todo respeto al escritor Paul Auster, al que los críticos consideran con Philip Roth y Jonathan Franzen candidatos seguros al Premio Nobel por Estados Unidos, que no lo recibe desde las épocas de William Faulkner y Ernest Hemingway.
Así, al lado de “Todos adoraban a Maritza” está planteada una novela cuyo título sería “Los muertos del otro lado”. Deberá transcurrir en 1910, cuando Cali dejó de ser un villorrio colonial para comenzar a convertirse en una ciudad moderna con la llegada de la luz eléctrica, el acueducto y alcantarillado, y el tranvía. Con respecto a la tercera novela, ésta tendrá que ver con la Cali de 1956 y la madrugada del 7 de agosto, momento en que estallaron en el centro de la ciudad siete camiones militares cargados con toneladas de dinamita que provenía de Buenaventura con destino a Bogotá. El saldo fatal se acercó a los tres mil muertos en diez manzanas arrasadas. La explosión generó en el lugar un cráter de 60 metros de diámetro y 80 metros de profundidad. Con esta trilogía espero dejar un modesto aporte de memoria que cubra la historia del siglo XX de Cali, aunque sea a través de la ficción.
Me resta agradecerles a mis padres. Infortunadamente, ellos no pudieron viajar a Bogotá por asuntos de fuerza mayor. También les agradezco a los familiares y amigos que están en esta sala para apoyarme. Éste ha sido un largo proceso que, tal como Winston Churchill les advirtió a los ingleses al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, también me ha costado sangre, sudor y lágrimas.

Muchas gracias.