domingo, 5 de febrero de 2012

CUENTOS FEBRERO 2012












CAFÉS MÁGICOS

Me llamo Miguel, soy de Chile, tengo veintisiete años y estoy culminando el doctorado en Letras ofrecido por la Pontificia Universidad Católica. Insisto en él a pesar de que hace cosa de un año y medio la Literatura me condenó de por vida a las andanzas en una silla de ruedas.
Aunque resulte obvio que me desenvuelvo en el ámbito de las Humanidades, no usufructo la bohemia: la vida nocturna me resbala. ¡Que esto quede bien claro! Para mí, las noches han sido de lectura y relectura. Aún así, la barra de un café fue la responsable de mi discapacidad.
Por los favores de un influyente tío materno, que no viene al caso nombrar y con el que no me hablo, en octubre de 2010 aprobaron que escribiera crónicas urbanas para El Mercurio, el principal diario de Santiago. Comencé con la historia del Café Torres, fundado en 1879 por el pastelero José Domingo Torres. Desde que era un pequeño, me había intrigado su fachada en el primer piso del Palacio Iñiguez, bajo el 1570 de la alameda Bernardo O’Higgins.
Recuerdo bien que fue una noche de viernes cuando me senté en las butacas granate de su bar. Solicité una cola de mono, cuya creación se le atribuye a base de aguardiente, café, leche, azúcar y especias. Como por arte de nigromancia, así no más de la nada, al otro lado de la barra hizo presencia el espectro de Neruda. “Café Brasilero”, fue lo único que musitó el bardo con su boina y su consuetudinaria voz de ganso antes de esfumarse.
Superada la desazón del momento y hecha la respectiva pesquisa, surgió el respectivo inconveniente: el café existía, pero en Montevideo, en el 1447 de la calle Ituzaingó. Era cosa de esperar por el verano.
Una vez en la capital uruguaya, ubiqué sin tropiezos el reconocido recinto de mesas pequeñas y ciento treinta y cuatro años de historia. En la noche del sábado 12 de febrero de 2011, apostado en su bar de maderos oscuros, me ofrecieron la gaditana, el cóctel insigne, del que supe contenía coñac y naranja, más nunca me fueron develados sus otros secreticos.
Degustada la bebida local, el espectro de turno se materializó ante mí. En voz queda, Benedetti me declamó de su autoría Pausa: “De vez en cuando hay que hacer / una pausa / contemplarse a sí mismo / sin la fruición cotidiana / examinar el pasado / rubro por rubro / etapa por etapa / baldosa por baldosa / y no llorarse las mentiras / sino cantarse las verdades”. A punto de desvanecerse, el maestro musitó: “Café Tortoni”. A duras penas lo escuché.
A la medianoche, tras admirar una vez más en la pared la gran fotografía en blanco y negro del autor de Montevideanos sentado en solitario en una de las mesitas arrimadas contra el vidrio de la calle, abandoné el pequeño establecimiento en pleno centro histórico. Sin prisas, en mitad del anochecer estival, bajé por la calle Ituzaingó para asomarme a la bahía de la Ciudad Vieja. Tras dejar a mis espaldas las calles Cerrito y Piedras, busqué la Rambla.
Enterado de que el Café Tortoni quedaba en el 825 de la Avenida de Mayo, me desplacé a Buenos Aires. Rodolfo, el esposo argentino de mi hermana mayor, creció en el barrio Recoleta y se educó en uno de los colegios privados de la Capital Federal. Era hora de hacerle la visitica a mi familia política.
Así, por fin, en una noche de estío, ingresé al local inaugurado en 1858 por un inmigrante francés de apellido Touan. Escogí el café antillano, una mezcla de Tía María, crema y canela. Y como en las dos veces anteriores, degustado el  trago casero, el espectro de turno se manifestó.
Borges me miró con la dulzura que miran los condenados a las sombras mientras el espectáculo de tango proseguía al fondo del local porteño. De memoria me evocó un pasaje de Los miserables: “El lector habrá adivinado que el señor Magdalena era Jean Valjean. Hemos sondeado las profundidades de su conciencia; volvamos a sondearlas”. Antes de desaparecer, apoyado en su bastón de bambú, me advirtió con un dejo de cariño: “Café Procope”.
En esta ocasión, no sólo pude oírlo con claridad, sino que supe de qué me estaba hablando. El longevo y prolífico intelectual bonaerense se refería a mi autor predilecto y a su bar predilecto. Sin esperar a que terminara el número de baile en escena, me precipité a la Avenida de Mayo.
Me obcecaba la posibilidad latente de encontrarme cara a cara con Victor Hugo en el café más antiguo de París, abierto en 1686 en el número 12 de la calle L'Ancienne-Comédie. Por otra obra suya, Nuestra Señora de París, once años atrás había decidido hacerme un literato de oficio. Algo de lo que, valga la pena aclarar pese a mi penosa circunstancia, no me arrepiento.
Caminé en dirección de la Plaza Francia para alcanzar la Casa Rosada. Me encontraba eufórico, como nunca lo había estado. Ni siquiera me sentí así cuando en 2005, a mis veinte años, fui finalista del XXIII Premio Internacional de Cuento Juan Rulfo, auspiciado por Radio Francia Internacional.
Tras pasar frente la refinada construcción decimonónica del Buenos Aires City Hall, desprevenido, cruce la Avenida Bolívar. Apenas si recuerdo la bocina y los faros que afloraron como dos fantasmas maquiavélicos entre las sombras capitalinas. El dictamen médico de la Clínica de Diagnóstico San Nicolás, a la que me condujeron inconsciente, resultó más que unánime despiadado: paraplejia por seccionamiento de la médula espinal.

             





PÁRRAFOS QUE MATAN

Los seis crímenes fueron perfectos. Prístinos. Dignos de un profesional. Al menos, esa fue la opinión de las autoridades. Y no lo aseveraron por la calidad de sus facturas. Lo reafirmaron porque a pesar de las pistas dejadas ex profeso, durante seis años desconocieron al autor.
El primero de los asesinatos en serie apenas vino a ser relacionado con los siguientes al quinto año de su ejecución. La razón fue muy sencilla: no se llevó a cabo en Europa, como todos los demás homicidios, sino en América. Y más concretamente, en el litoral argentino.
El miércoles 17 de febrero de 1960, a la medianoche, se reportó el cadáver de una joven de veinticuatro años en una estancia ubicada en las afueras de Mar de Plata. El cuerpo yacía en la habitación auxiliar del segundo piso. Presentaba múltiples heridas de arma blanca en el pecho y el vientre. Dado que no se sustrajo nada, ni hubo violencia en las cerraduras de la vivienda a orillas del mar, las autoridades catalogaron el crimen como de tipo pasional.
Sin embargo, algo atrajo su atención, tan acostumbrada a los casos más estrambóticos. Al lado de la víctima había una hoja arrancada de un libro. El siguiente era el párrafo subrayado con rojo: Giró la llave en la cerradura, y Emma se fue derecha al anaquel tercero –tan a maravilla la guiaba su memoria–, cogió el tarro azul, lo destapó y, hundiendo en él la mano, la sacó llena de un polvo blanquecino y empezó a comérselo. Las autoridades establecieron que pertenecía a una edición española de “Madame Bovary”, la obra insigne de Gustavo Flaubert.
Al año siguiente, se registró el segundo de los asesinatos. Acaeció en Francia, el domingo 26 de diciembre de 1961. Se trataba de una señora de treinta y seis años, que presentó envenenamiento por ingestión de arsénico. Su cadáver fue encontrado sobre la nieve enlodada de un paraje rural, a mitad de camino entre la ciudad de Ruan y el poblado de Ry, en la Alta Normandía. La víctima no evidenció muestras de tortura ni agotamiento físico, por lo que su deceso se clasificó como de suicido. En esta ocasión, dos asuntos extrañaron a las autoridades.
En primer lugar, la mujer no resultó ser oriunda de la región, sino del puerto de Marsella. En segundo lugar, junto a ella se encontró otra página suelta. Se concluyó que ésta provenía de una edición inglesa de William Shakespeare, específicamente de “Romeo y Julieta”. Adherido con un ganchito, tenía un papel, donde se traducía al español con tinta roja una de sus líneas: Qué es esto? ¿Un frasco en la mano de mi amado? / El veneno ha sido su fin prematuro. / ¡Ah, egoísta! ¿Te lo bebes todo sin dejarme / una gota que me ayude a seguirte? / Te besaré: tal vez quede en tus labios / algo de veneno, para que pueda morir / con ese tónico. Tus labios están calientes. / ¿Qué? ¿Ruido? Seré rápida. Puñal afortunado, / voy a envainarte. Oxídate en mí y deja que muera. / Se apuñala y cae.
Los tres asesinatos que le siguieron, uno en cada año, se dieron en Italia, en la Unión Soviética y, una vez más, en Francia. En todos los casos, las víctimas fueron mujeres, de distintas edades y condiciones. Solamente tras el cuarto homicidio, el de la Unión Soviética, cometido en uno de los más populosos suburbios de Leningrado, las autoridades se atrevieron a declarar en público la posibilidad de que estos crímenes fueran el producto de un asesino en serie.
Sus conjeturas se basaron en las características propias del tercer homicidio, el perpetrado en Italia en 1962. En las Arcas Scaligereras, un complejo de tumbas del siglo XIV de la familia Scala, en pleno centro de Verona, apareció el cuerpo de una joven apuñalada una sola vez en el corazón. A su lado había dos hojas arrancadas. Al igual que en el caso de Francia, éstas tenían pegadas con un ganchito sus respectivas traducciones del ruso al español. Uno de los párrafos decía: No había que perder ni un segundo. Sacó el hacha de debajo del abrigo, la levantó con las dos manos y, sin violencia, con un movimiento casi maquinal, la dejó caer sobre la cabeza de la vieja. Raskolnikof creyó que las fuerzas le habían abandonado para siempre, pero notó que las recuperaba después de haber dado el hachazo a Aliona Ivanovna. El otro párrafo narraba la continuación de aquel asesinato: El hacha cayó de pleno sobre el cráneo, hendió la parte superior del hueso frontal y casi llegó al occipucio. Lizaveta Ivanovna se desplomó. Raskolnikof perdió la cabeza, se apoderó del envoltorio, después lo dejó caer y corrió al vestíbulo.
Las autoridades dedujeron, sin tener que recurrir a otras manos expertas, que estas páginas se trataban de “Crimen y castigo”, de Fiódor Dostoievsky. Y dado que los cadáveres de las dos mujeres hallados en el suburbio de Leningrado efectivamente fueron agredidos con un hacha, ellas determinaron dos cosas. Una, que el asesino en serie recurría a los pasajes literarios para advertir, con suficiente antelación y con total descaro, sobre las condiciones y el lugar de su próximo golpe. La otra, que él sólo cometía un crimen por año.
Para los psicólogos consultados en el momento, ello no solamente ahondaba el ego del criminal con cada victoria suya, sino que le incrementaba el placer a la hora de ejecutar los homicidios. Además, ellos advirtieron del evidente cuadro patológico de misoginia que el asesino presentaba.
De acuerdo con la precaria información recopilada por las autoridades, el más posible perfil del autor de los escalofriantes sucesos debía ser, al menos, el de un hombre de edad mediana con salud y condición física excelsas para realizar aquellas horrendas acciones; de semblante atractivo que le facilitara intimar con sus víctimas; versado, puesto que conocía al dedillo las minucias de la literatura universal; políglota para traducir, de su propio puño y letra, los textos originales; de solvencia económica con que sustentar todos sus desplazamientos por Europa, y de nacionalidad española o latinoamericana, dado que los párrafos reproducidos a mano y con tinta roja estaban redactados en un español impecable.
Además, los estudios grafológicos realizados a los manuscritos encontrados en cada escena del crimen concluyeron tres cosas: que pertenecían a la misma persona, dado la preservación de sus giros; que eran de una persona zurda, por el tipo de letra y la inclinación de la misma, y que el carácter de dicha persona zurda era fuerte y decidido, porque la firmeza del delineado no manifestaba angustia ni apremio y, ante todo, no evidenciaba vacilación.
Puesto que con el par de cuerpos femeninos mutilados con hacha en Leningrado también se halló otra página arrancada de un libro editado en inglés, con base en ésta las autoridades dictaminaron que, si el criminal preservaba su modus operandi, el próximo asesinato, el número cinco, sin duda sería perpetrado en París, entre la primavera y el verano del año siguiente.
Lo pudieron establecer así, con total certeza, porque el correspondiente párrafo traducido al español con tinta roja pertenecía a “Los crímenes de la calle Morgue”, del escritor estadounidense Edgar Allan Poe: No se veía huella alguna de madame L’Espanaye, pero al notarse la presencia de una insólita cantidad de hollín al pie de la chimenea, se procedió a registrarla, encontrándose (¡cosa horrible de describir!) el cadáver de su hija, cabeza abajo, el cual había sido metido a la fuerza en la estrecha abertura y considerablemente empujado hacia arriba. El cuerpo estaba caliente. Al examinarlo, se advirtieron en él numerosas excoriaciones, producidas, sin duda, por la violencia con que fuera introducido y por la que requirió arrancarlo de allí. Veíanse profundos arañazos en el rostro, y en la garganta aparecían contusiones negruzcas y profundas huellas de uñas, como si la víctima hubiera sido estrangulada. Luego de una cuidadosa búsqueda en cada porción de la casa, sin que apareciera nada nuevo, los vecinos se introdujeron en un pequeño patio pavimentado de la parte posterior del edificio y encontraron el cadáver de la anciana señora, la cual había sido degollada tan salvajemente que, al tratar de levantar el cuerpo, la cabeza se desprendió del tronco. Horribles mutilaciones aparecían en la cabeza y en el cuerpo, y este último apenas presentaba forma humana.
Sin perder más tiempo, desde el 01 de enero de 1964 se montó un operativo encubierto en París con el fin de dar con el Homicida Letrado, tal como el criminal comenzó a ser denominado por los medios masivos de comunicación, especialmente por los impresos amarillistas, que no cesaron de publicar reportajes, crónicas y hasta supuestas entrevistas con el personaje de moda.
El problema para las autoridades ahora radicaba en el mismo carácter ficcional de la literatura. Al igual que acontece con el condado de Yoknapatawpha, creado por William Faulkner en los años treinta con base en un territorio del noroeste del estado de Mississippi, que grosso modo corresponde al condado de Lafayette, el quartier Saint-Roch, mencionado por Poe en su texto publicado en 1841, es un referente imaginario que no existe en la capital francesa, como sí existe en la ciudad canadiense de Quebec y en las localidades francesas de Niza y Montpellier. Mucho menos hace parte de la realidad la susodicha calle Morgue.
En consecuencia, las autoridades, apoyándose en profesores de literatura de la Universidad de La Sorbona, que establecieron que Poe muy posiblemente situó su relato de corte policiaco en una zona apartada de la ciudad de comienzos del siglo XIX correspondiente a lo que es el centro de la urbe actual, delimitaron un área específica entre las calles Richelieu y Saint Roch.
Pero el dilema consistía en que aquella zona seguía siendo un espacio extenso y demasiado poblado para ser controlado con efectividad durante todo el año, las veinticuatro horas del día. Además, nadie les aseguraba que el asesino en serie fuera a actuar en dicho territorio, lo que efectivamente sucedió en la madrugada primaveral del sábado 04 de abril de 1964.
Y tal como está escriturado en la obra de Poe, las mujeres involucradas fueron dos: una señora de setenta y tres años, y otra dama de cuarenta años. La primera resultó decapitada por el filo de una navaja y la segunda pereció por asfixia mecánica, como lo determinaron los forenses parisinos. Pero la sorpresa para las autoridades radicó en el lugar de los acontecimientos: los cuerpos estaban en un apartamento de la misma cuadra de la Dirección Central de la Policía. Esta vez, el homicida se había burlado en la propia cara de sus perseguidores.
A finales de aquel año, apenas comenzando octubre, las autoridades por fin contaron con dos datos que les permitieron establecer la nacionalidad del criminal que las tenía en vilo desde hacía cuatro años.
Por un lado, a través de sus pares argentinos, pudieron relacionar el crimen aislado de Mar de Plata con la serie de brutales asesinatos en Europa. Así, establecieron que en 1960 el homicida se había inspirado en “El Túnel”, de Ernesto Sábato, y que la descripción de la muerte de María Iribarne a manos de Juan Pablo Castel fue su único móvil: Entonces, llorando, le clavé el cuchillo en el pecho. Ella apretó las mandíbulas y cerró los ojos y cuando yo saqué el cuchillo chorreante de sangre, los abrió con esfuerzo y me miró con una mirada dolorosa y humilde. Un súbito furor fortaleció mi alma y clavé muchas veces el cuchillo en su pecho y en su vientre. Después salí nuevamente a la terraza y descendí con un gran ímpetu, como si el demonio ya estuviera para siempre en mi espíritu. Los relámpagos me mostraron, por última vez, un paisaje que nos había sido común.
Por otro lado, una denuncia radicada ante las autoridades españolas en junio de 1959 por violencia física, terminó por confirmarles la procedencia del criminal. En aquella ocasión, dos jovencitas aseguraron, bajo la gravedad de juramento, haber sido golpeadas con un cinturón y laceradas con una espuela en las afueras de Robledo de Corpes, un municipio de la comunidad de Castilla-La Mancha. Las afectadas indicaron que su agresor fue un hombre alto y corpulento, elegante, de tez blanca, ojos y cabellos oscuros, y con acento argentino.
Una vez más, las autoridades tuvieron que recurrir a la literatura universal para desentrañar las oscuras intenciones del infractor en dicho momento. Y una vez más, la literatura universal se dignó colaborarles. El victimario, en su primera incursión como novato del bajo mundo, intentó reproducir lo mejor que pudo los sucesos relatados en el “Cantar de mío Cid” con respecto a la suerte corrida por doña Elvira y doña Sol: Las dos damas mucho rogaron, mas de nada les sirvió; / empezaron a azotarlas los infantes de Carrión, / con las cinchas corredizas les pegan sin compasión, / hiérenlas con las espuelas donde sientan más dolor, / y les rasgan las camisas y las carnes a las dos, / sobre las telas de seda limpia la sangre mucha asomó, / las hijas del Cid lo sienten en lo hondo del corazón.
Enardecidas por el hallazgo, las autoridades fijaron 1965 como el plazo máximo para la captura, ya fuera vivo o muerto, del denominado Homicida Letrado, cuya fama comenzaba a rivalizar con la de otros renombrados asesinos en serie, como Jack el Destripador, Thug Behram, el Asesino del Zodiaco, David Berkowitz y Albert Fish. Para las autoridades, teniendo en cuenta los mismos términos literarios empleados por su perseguido, había llegado la hora de rendirles de su parte homenaje a Auguste Dupin, Sherlock Holmes, Hercules Poirot y Jules Maigret.
A como diera lugar, de una vez por todas, se propusieron detener a otro de los miembros de la larga lista de los llamados Serial Killers, que, de acuerdo con los anales históricos, comenzó a documentarse con Locusta, la esclava de la Antigua Roma cuyos polvos de sucesión, a base de cicuta, beleño y otras plantas, le sirvieron para deshacerse de tantos otros en nombre de terceros por rivalidades políticas, herencias sin cobrar y desaires en el amor.
Como sucedió con los cinco homicidios anteriores, junto a los cadáveres de las dos mujeres halladas en el centro de París existía otra hoja arrancada de una novela canónica. Se decretó que se trataba de una edición rusa de “Ana Karenina”. El párrafo traducido al español en tinta roja tenía que ver con el suicidio de la protagonista, tras no sobreponerse al repudio social: El velo negro que todo lo esfumaba ante sus ojos se rasgó y entonces pudo ver por un momento el brillo de su vida pasada, con todos sus goces. Pero sus ojos seguían fijos en la parte anterior del vagón que iba acercándose y, cuando ya casi se hallaba ante ella, arrojó la bolsa roja y se dejó caer de rodillas con la cabeza inclinada hacia adelante y apoyando las manos en el suelo como para volverse a levantar. Inmediatamente se asustó de su propio acto, aunque no se daba exacta cuenta de dónde estaba, ni de lo que hacía, ni de por qué lo hacía. Trató de incorporarse y echarse hacia atrás, pero el monstruo de hierro le golpeó la cabeza, la tiró de espaldas y la arrastró.
Así que el asesino en serie esta vez no tendría ninguna escapatoria. Ya no se trataba de un paraje inhóspito a campo abierto, de unas tumbas solitarias y oscuras o de un barrio marginal sin protección alguna. Las cartas estaban echadas sobre la mesa. El lugar de encuentro ahora sería una estación de tren soviética. El crimen por cometer ahora sería arrojar una mujer a los rieles.
De acuerdo con la novela de León Tolstoi, la muerte de Ana Karenina acaeció en mayo, durante las horas de la noche. Esos tendrían que ser la época y el momento en que el asesino actuaría, si es que respetaba el texto que seleccionado con frialdad para indicar su próximo homicidio. Por lo tanto, las autoridades concentraron sus esfuerzos en Zheleznodorozhny, una pequeña localidad a veintiún kilómetros de Moscú. En el siglo XIX, aquel asentamiento rural fue el pueblo de Obiralovka, cuya estación de tren escogió Tolstoi para el final de su personaje.
De manera adicional, las autoridades ordenaron que se estableciera una vigilancia especial en las nueve estaciones ferroviarias de Moscú, haciendo hincapié en la terminal de Yaroslavsky, la más concurrida y a donde desde 1904 arriba el tren Transiberiano, considerado el más largo del mundo. Incluso, a pesar de los rigores de la Guerra Fría, las autoridades locales recibieron refuerzos logísticos y humanos procedentes de Estados Unidos.
El problema radicaría ahora en las estaciones de paso diseminadas por el área metropolitana y en las estaciones de provincia, aquellas asentadas en la periferia de la capital. Incluso, el asesino podría hacer uso de cualquiera de las hermosas estaciones de las siete líneas del metro de Moscú, que sumaban ciento diecisiete paradas y que para los efectos prácticos sería lo mismo.
El tan esperado golpe mortal fue cometido finalmente el viernes 07 de mayo de 1965. Y tal como lo temieron las autoridades, no ocurrió en una estación de tren,  sino en una estación del metro moscovita donde convergen las líneas uno, dos y tres. El homicida había sacado provecho del retorno de la jornada laboral, la hora más congestionada. Cuando los responsables del operativo pudieron arribar al lugar de los hechos, el crimen llevaba dos horas perpetrado.
En la escabrosa escena no encontraron uno, sino dos cuerpos destrozados por los metales. Los restos humanos permanecían diseminados varios metros a lo largo de la ancha línea férrea. Pero la mayor sorpresa fue que una de las dos víctimas correspondía al sexo masculino. De acuerdo con los testigos oculares, cuando el vagón del metro se aproximaba al andén, el hombre alto y corpulento, elegante, de tez blanca, y ojos y cabellos oscuros, empujó sorpresivamente a la mujer desde la plataforma a los rieles, pero antes de caer, ésta lo alcanzó a asir por el brazo, arrastrándolo consigo bajo las ruedas de acero.
Y tal como aconteció con los cinco homicidios anteriores, en la escena del crimen se recopiló la consabida referencia literaria traducida al español con tinta roja. Fue lo único que la muerte no mancilló. En este caso, se trató de un texto clásico griego. La traducción al español de Sófocles constaba de dos párrafos.
El primero decía lo siguiente: Entró a la casa temblando de pura perturbación. Se arrancaba los cabellos con las dos manos. Cuando llegó al dormitorio, Yocasta cerró la puerta con seguro. Adentro, llamó a gritos a Layo que murió hace tiempo, doliéndose del hijo que mataría al padre y que la haría a ella concebir hijos abominables. Quejose de la cama matrimonial de su doble miseria, donde del marido le nació el marido y del hijo los hijos.
El otro párrafo era el desenlace de aquellos acontecimientos trágicos: Con un grito horrendo, y como guiado por alguien, Edipo se lanzó contra la puerta de dos hojas y haciendo saltar el cerrojo, entró en la habitación. Al mirar, distinguió a la mujer: colgaba por torcida cuerda. Él, tan pronto la vio, rugió desamparado, y rompió la atadura. Pero cuando la desdichada Yocasta yacía inerme en el suelo, sucedió algo espantoso de ver. Él le arrancó de sus vestidos los alfileres de oro con que ella se adornaba, los alzó y se clavó los ojos, gritando: ¡No verán más el mal que he sufrido ni el mal que he hecho. En las sombras verán a los que no debieron ver, y jamás encontrarán a los que esperaron conocer!
Para las autoridades, el engorroso asunto quedó resuelto y archivado aquella misma noche. Entendieron que no había que darle más vueltas al Caso del Homicida Letrado, que encontró una muerte inesperada.
Entre las cosas adicionales que ellas hallaron ese viernes de mediados de primavera, estuvieron un pasaporte argentino falso a nombre de Jorge Luis Borges, que el criminal cargaba consigo, y un papelito sucio y desgastado, doblado en cuatro partes en el fondo de su billetera, con la siguiente sentencia del afamado poeta argentino e invidente, nacido en la calle Tucumán de Buenos Aires en 1899: Que un individuo quiera despertar en otro individuo recuerdos que no pertenecieron más que a un tercero, es una paradoja evidente. Ejecutar con despreocupación esa paradoja, es la inocente voluntad de toda biografía.
Para la tranquilidad de conciencia de las autoridades, quedó el hecho de haber frustrado el siguiente crimen en serie, el número siete, que por lo visto iba a ser el de abusar de la madre del asesino y estrangularla. Lo que las autoridades jamás podrán establecer es hasta qué punto el Homicida Letrado estuvo dispuesto a someterse a la ceguera del rey de Tebas para redimir sus culpas.







ONCE MICRORRELATOS

LA LECTURA

Érase una vez una hormiga de contextura endeble, salud precaria y anteojos de gruesos marcos de carey, a la que los días se le pasaban releyendo un libro, que por demás cargaba consigo a todas partes como si le faltara para respirar. Las demás hormigas obreras, la casta a la que ella pertenecía por nacimiento, la subestimaban y hasta la tildaban de zángana, algo que resulta en extremo ofensivo para cualquier hormiga obrera que se precie de serlo. Pero aquello la tenía sin cuidado, puesto que sólo le importaba su libro. Incluso, ella desconocía que de las dos millones de hormigas de la supercolonia, incluidas las cientos de hormigas reinas, ella era la única que no andaba el día entero con cara de acontecimiento. Una tarde de invierno, por fin aconteció lo que tanto se temía: las aguas de lluvia anegaron el hormiguero. Consultada más tarde por una de las reinas de otra colonia, que la acogió como la única sobreviviente de la tragedia, de cómo había podido encontrar oportunamente la salida entre la infinidad de cámaras que se replican y la infinidad de galerías superpuestas y la infinidad de túneles subterráneos que poseía la extinta supercolonia, ella se limitó a extenderle su libro. La hormiga reina lo tomó y, tras un silencio, leyó en voz alta el título: Jorge Luis Borges, Antología.       


LA MONARQUÍA

En un árbol existe hace muchos siglos una colmena. Ella no tiene nada en particular. Quizás, lo que la diferenciaba de otras colmenas, era la longevidad de la abeja reina. Millones de sus abejas obreras y decenas de sus abejas zánganos habían fallecido sin conocer otra abeja reina. Un día, durante la danza, las abejas obreras, extenuadas de ser las limpiadoras, nodrizas, cereras, almacenadoras, guardianas, ventiladoras y pecoreadoras, comentaron entre sí que El Sistema debería revisarse y hacerle cambios. El comentario llegó a oídos de las abejas zánganos, que abrieron sus grandes ojos. ¡Cómo que revisar El Sistema y cómo que hacerle cambios!, exclamaron las encargadas de fecundar, hasta cinco veces al día, a la abeja reina. Alarmadas, durante el vuelo nupcial, las abejas zánganos le transmitieron a la abeja reina el comentario de las abejas obreras. “Así que ésa es la situación, meditó la anciana abeja reina una vez en su celda real, entonces habrá que revisar y habrá que hacer cambios”. Al decimosexto día, la colmena estaba de plácemes. Era Fiesta Nacional. El Sistema había sido revisado y El Sistema había sufrido cambios. Una abeja virgen sería entronizada abeja reina.    


LA RELIGIÓN

¿Y en dónde vive Dios?, preguntó el niño. Dios vive en todas partes, respondió la madre. Entonces, si Dios vive en todas partes, Dios no vive en ninguna parte, argumentó el niño. La madre se arrodilló y se santiguó. 


LA JUSTICIA

Un hombre delgado y harapiento tocó a las puertas del Palacio. ¿Quién es?, interrogaron desde adentro. Un súbdito, explicó el hombre. ¿Y qué desea?, insistieron los de adentro. ¡Hablar con el rey!, exigió el súbdito. El rey, un hombre obeso y elegante, cuya fama de magnánimo se extendía por todas las comarcas del Reino, lo atendió en el Salón de las Audiencias. ¿Y cuál es tu petición?, inquirió el rey. Que me ejecute, ordenó el súbdito. ¿Y por qué yo he de ejecutarte?, insistió el rey. ¡Debe asegurarme primero que me ejecutará!, exclamó el súbdito sin ningún temor. El rey, mucho más preocupado por la preservación de su magnanimidad, aceptó la exigencia de inmediato. ¿Y bajo qué cargo yo he de ejecutarte?, entonces consultó el rey. Bajo el cargo de ser un hombre bueno, aseveró el súbdito. Se te será concedido, decretó el rey. En el mes siguiente, se presentaron treinta hombres con la misma solicitud, uno por cada día. Todos estaban igual de delgados y todos estaban igual de harapientos. En la trigésima segunda audiencia, el rey, alarmado, concluyó que era injusto lo que estaba haciendo, que, tarde que temprano, se iba quedar sin quién cosechara sus tierras, que lo engordaban, y sin quién explotara sus minas, que lo enriquecían. 


     
LOS LUGARES COMUNES

¿No son aquellos acaso molinos de viento?, indagó don Quijote a Sancho Panza, que apaciguaba a Rucio y Rocinante. Son sirenas, afirmó Odiseo, a quien sus compañeros habían amarrado al mástil de pies y manos. No, se trata de baobabs, los reconozco muy bien, son tan grandes como iglesias, intervino el Principito con dulzura. “Lo que nos debería atañer es la cuestión de si somos o no somos”, pensó Hamlet, sin retirar la mirada de los acantilados de Moher que se les aproximaban. Por unos instantes, apenas se escuchó el pasar del viento. Entonces, un grito irrumpió a bordo: ¡Caballeros, no olviden la consigna: Uno para todos y todos para uno! La advertencia provenía de Athos, Porthos, Aramis y D’Artagnan, encargados del gobierno de la nave en reemplazo de Odiseo, el más ducho en las cosas de mar. Ya escucharon, acotó Robin Hood en la proa con el arco y la flecha listos para cualquier imprevisto, lo único que nos debe preocupar es quitarles a los ricos para darles a los pobres. Él sabía que su propósito lo secundaba el Príncipe, un convencido de que el fin justifica los medios. A pesar de las nobles intenciones, Gregorio Samsa, cabizbajo en la popa, seguía sintiéndose una cucaracha. A su lado, Rodion Raskolnikov no sabía si dejarse doblegar por la culpa.       


EL NEPOTISMO

El director general, Cienfuegos De la Verde, llamó a Santana De la Verde para tratar la noticia publicada en primera plana. Ésta habló con Cienfuegos Cabeza de Vaca para que convocara a los demás al despacho de la Dirección General. ¿Y qué vamos a hacer?, preguntó Santana Fernán de Fernández, una vez estuvieron todos presentes. ¡Pues nada!, ordenó Cienfuegos De la Verde mirando a Cabeza de Vaca Guzmán, que parecía dudar.


LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN

Abrí los ojos y me levanté. Prendí el televisor y apareció mi imagen. Sintonicé la radio y escuché mi voz. Abrí el periódico y vi mi foto. Entré a internet y encontré mi nombre. Busqué el espejo, pero no me replicó. Me recosté y cerré los ojos.   


LA FAMA

Pese a su edad avanzada, nuestro hombre decidió recorrer el mundo a caballo cuando ya no se usaba. Su intención, por supuesto oculta, era la de perpetuarse. Como acompañante seleccionó a un obeso campesino. Sabía que aquel jornalero, dicharachero pero incapaz de leer y escribir, sería el testigo ocular perfecto para llevar a cabo su cometido de trascender. No dudaba que éste al regreso, tal como en efecto lo hizo, recrearía con lujo de detalles sus mundanas experiencias al cura y al barbero del pueblo, de donde ambos eran oriundos. Es más, nuestro hombre estaba convencido de que éstos, sus dos mejores amigos y devotos lectores como él, no resistirían la tentación de asentar por escrito aquellos testimonios verbales. Incluso, tenía previsto que el ego académico del bachiller de la Universidad de Salamanca que los frecuentaba haría que el joven tradujera al árabe el texto final. Tiempo después, ataviado a la usanza morisca en mitad del mercado, nuestro hombre sonrió para sus adentros cuando un comprador se acercó para preguntar por el documento que vendía con la narración de sus aventuras. La transacción se cerró por varios reales, pero con una condición: que nuestro hombre lo tradujera al español. Ante su deseo del conocer el nombre del nuevo propietario, éste respondió: Miguel.                    


        
LA POLÍTICA
Las manos colman la Plaza Mayor. Manos Derechas. Manos Izquierdas. Manos Arriba. Manos Abajo. Manos Amigas. Manos Enemigas. El sol sonríe. Las sombrillas negras sollozan. La tarde promedia en la Nación. La luz reina. Las manos estrechan más manos. Las manos palmotean espaldas. Las manos saludan otras manos desde la distancia. Las manos evitan ciertas manos. El silencio invade la Plaza Mayor. Las palomas detienen el sobrevuelo. La Mano Salvadora hace presencia. La primera fila acoge Manos Salvadoras pares. Provienen de otras latitudes. De otras lenguas. Como en una nueva Babel. La Mano Salvadora asciende. Más Manos Derechas la esperan en la tarima. Las manos aplauden en la Plaza Mayor. Es lo que dictamina el protocolo. Las palomas reanudan el sobrevuelo. La Mano Salvadora juramenta el cargo, so pena que Dios y que la Patria se lo demanden. Promete de esto. Se compromete con aquello. Arremete contra lo opuesto. Las Manos Izquierdas se preguntan cuándo llegará su oportunidad. La Puerta de la Verdad y la Puerta de la Mentira se abren. Los grupos de manos quedan redistribuidos por el Gran Salón de los Espejos. Igual que la pareja recién casada, que va de mesa en mesa, la Mano Salvadora va de grupo en grupo. A su turno, las Manirrotas la congratulan. Ya no es la Localidad. Ya no es el Municipio. Ya no es el Departamento. Es la Nación la que queda a su merced. Un estruendo desconcierta al Gran Salón de los Espejos. A las Manisueltas se les deslizan las bandejas. Mañana caro pagarán la inepcia. La Mano Salvadora prosigue. Recorre la senda del encomio. La secundan la Mano Divina, con sus purpurados y sus capelos y sus anillos, y la Mano de Hierro, con sus uniformes, sus quepis, sus galones, sus soles, sus estrellas y sus rosas de los vientos. El tiempo discurre en el Gran Salón de los Espejos. Las Manilargas rebuscan escotes pronunciados, faldas cortas, medias veladas. Las Manos Limpias preservan la compostura. Al otro lado del Gran Salón de los Espejos, un grupo de manos permanece compacto, arrimado a los ventanales. Las demás manos no se les aproximan. Las Manos Negras, las Manos Untadas, las Manos Hermanas y las Manos Llenas, acometen lo encomendado: titulaciones, contratos, cuotas, dádivas, dependencias, peculados cargos, vidas. La Mano Salvadora culmina el periplo. Abandona el Gran Salón de los Espejos. Las manos aplauden. El sol solloza. Las sombrillas negras sonríen. La noche ahonda en la Nación. La oscuridad reina. En los barrios y en los tugurios sus manos la esperan bajo el anonimato. Siempre la esperan. Inflación. Desempleo. Iniquidad. Desidia, Inseguridad. Miseria. Abandono. Nada cambia. Nada cambiará. Para ellas, las Maniatadas, es un día más.             


LOS VALORES

Los valores se reunieron por última vez en el año que expiraba. Como siempre, la Integridad estaba hecha trizas, a la Tolerancia no se le podía ni mirar, a la Perseverancia la vieron cabizbaja y el Autodominio se encontraba de malas pulgas. Por su parte, la Sencillez les comentó a todos que estaba estrenando vivienda. Apenas uno de los valores arribó tarde, pero la Honestidad esgrimió algo sobre el tráfico vehicular, y otro no asistió: la Libertad. En esta ocasión, la invitada fue la Justicia, a la que, dígase la verdad, no sabían cómo tratar. La Solidaridad por fin tomó la palabra. Los demás valores guardaron silencio. Al fin y al cabo, ese día él estaba de cumpleaños. Pese a la extensa intervención, fue escuchado con atención. Así lo había exigido antes el Respeto. Luego disertaron otros valores, pero de manera más breve. Solamente un valor se quedó dormido: la Voluntad. Aconsejados por la Tolerancia, que seguía sin hablarse con la Comprensión, los demás valores lo disculparon por la edad. La reunión culminó con el himno entonado por el Patriotismo. Los valores se despidieron con efusividad, deseándose lo mejor para el año venidero. El único valor que no lo hizo, fue la Responsabilidad, que se había escabullido mucho antes con la Libertad, bajo la complicidad de la Prudencia.    


LA LITERATURA

Arrellanado en su sillón favorito de terciopelo verde, Fiodor Dostoievski leyó que el lector leyó que Fiodor Dostoievski leyó que el convicto accedía vendado al patíbulo de la prisión de San Petersburgo, en el crepúsculo del sábado 22 de diciembre de 1849. Contaba con veintiocho años, era epiléptico y el zar Nicolás I lo condenaba a la pena capital por conspirar con el Círculo Petrashevsky contra el Imperio Ruso. Tras esperar en capilla, a punto de ser ejecutado por el pelotón de fusilamiento, la sentencia le fue conmutada por cinco años de trabajos forzados en Omsk, al sureste de Siberia. Arrellanado en su sillón favorito de terciopelo verde, Fiodor Dostoievski sonrió por primera vez.      


NUEVE RELATOS CORTOS

UN DÍA PARA OLVIDAR

Rodrigo divisó los campos de girasoles que circundan la villa. Aunque disfruta de la campiña italiana, no olvida los veranos largos y plácidos de su infancia española de tierras ocres y cielos azules que se divisan desde el atrio de la ermita valenciana de san Feliú, en las afueras de Játiva.
¾¿Y cómo está tu madre? –inquirió sin voltearse.
¾Como siempre –aseveró César.
¾¿Sigue igual de enfadada?
Padre e hijo caminaron sin premuras por la terraza del edificio de tres pisos, que más parece un palacete de Roma.
¾Llevo ocho meses sin ver a Vanessa –aclaró Rodrigo.
¾Y pasarán muchos más.
¾¡Por favor, ayúdame con tu madre! –suplicó el padre antes de quedarse admirando los jardines de la propiedad campestre, por donde el agua discurre a través de canales y fuentes de piedra y mármol.
¾Mamá no te perdonará –aclaró César situándose ante su progenitor.
El hombre más poderoso de Roma guardó silencio. Sabía que el asunto no era otro más de los asuntos de Estado que acostumbra lidiar desde su despacho, que en esta ocasión no se trataba de la guerra con Nápoles o de la expulsión de los judíos de la península ibérica o de las acusaciones de nepotismo y simonía o la de la expansión de la Universidad Romana o de la repartición de las tierras del Nuevo Mundo. Lo invadió una sensación de aprensión.
¾Sabes que yo idolatro a tu madre.
¾Ahora es distinto, padre –espetó César, siempre ataviado de negro de pies a cabeza pese a sus veintiocho años.
Era viernes 6 de agosto de 1503 y el sopor estival hacía de las suyas a esa hora de la tarde. Rodrigo buscó el refugió de las lujosas estancias. En el salón de techos altos se acercó a la mesa acondicionada con alimentos y bebidas. Sus manos regordetas, atiborradas de anillos de oro y piedras preciosas, escanciaron una copa del vino importado de tierras francesas.
¾¿Y qué te ha escrito Lucrecia al respecto desde Ferrara? –preguntó una vez estuvo acomodado a sus anchas.
¾Conoces la incondicionalidad de mi hermana.
¾Entiende que yo me muero sin Vanessa –insistió Rodrigo mirando el rostro de su hijo marcado por la sífilis.
¾Es tarde. El nuevo embarazo de Julia Farnesio no tiene presentación.
¾Pero una vez tu madre me perdonó lo de Julia.
¾Eso fue hace quince años.
¾¿Y qué tiene ahora de diferente? –musitó Rodrigo acabando con su bebida.
El quinto de los ocho hijos ilegítimos se puso de pies. En silencio, le sirvió más vino en la copa de oro.
¾La diferencia, padre –puntualizó César a secas antes de salir–, es que ahora tienes setenta y tres años.
Un lacayo hizo su presencia en el salón. Tras la señal de Rodrigo, se acercó: Santo Padre, el cardenal da Corneto lo solicita.
El papa Alejandro VI apuró el exclusivo vino de la región de Burdeos y se puso de pies con cierta dificultad. El sobrepeso resultaba mórbido. Aunque sintió una leve indisposición estomacal, prosiguió su camino. Había que seguir en la brega de ser más temido que amado.
En la planta baja era esperado por los purpurados más cercanos para retomar el banquete de su último verano.


LA HORA DE PARTIR

Nunca le había temido a la gélida neblina de las madrugadas de alta montaña y mucho menos, a la gélida neblina de las madrugadas del volcán Sotará. Al fin y al cabo, había nacido a sus pies cuarenta y ocho años atrás. Es más, desde que aprendió a hablar, lo llamaba cariñosamente su Azafatudo.
Ahora que estaba de regreso, lo admiró una vez más desde la ventana de su habitación en la Hacienda Paispamba. Siempre cargó a todas partes el recuerdo de su cima cubierta de nieve en los meses de lluvia. Y siempre se prometió a sí mismo que tal como midió acertadamente la altura del Cerro de Guadalupe en Santa Fe de Bogotá con el hipsómetro de su invención, haría lo mismo con su Azafatudo. Pero entendía que la vida no le daría la oportunidad de hacerlo.
De un golpe seco, Francisco cerró el postigo de madera y maldijo el momento en que arribaron los europeos al continente. Era muy cierto que con ellos arribó la lengua madre, que con ellos arribó la religión católica y que con ellos arribó el legado grecolatino. Pero también, era muy cierto que con ellos arribó la enfermedad, que con ellos arribó la codicia y que con ellos arribó la esclavitud.
De espaldas a la ventana de un verde oscuro, pensó en el primer hombre que lo influyó. Aunque apenas le llevaba ocho años, su mentor fue determinante para entender el mundo tal como él lo entendía. A parte de la magia de las Matemáticas y de los secretos de la Naturaleza, José Félix le enseñó que todos los hombres nacen iguales y que por ende todos los hombres deben vivir iguales, sin importar que sean blancos, indios o negros; criollos, mestizos, zambos o mulatos.
No en vano, ahora los dos, preceptor y pupilo, se encontraban pasando por la misma penuria: escabullidos de los chapetones que pretendían reinstaurar a sangre y fuego el Virreinato de la Nueva Granada. Su maestro de adolescencia refugiado en alguna parte de las montañas de la Provincia de Antioquia y él, en el sur, escondido en las entrañas de las montañas de la Provincia de Popayán.
Sin testigos de por medio, Francisco recorrió por última vez en su vida la casona blanca donde nació un martes 4 de octubre, día de San Francisco de Asís. Había sido abogado, había sido naturista, había sido comerciante, había sido maestro, había sido astrónomo y había sido conspirador.
Pero ahora, ante la soledad del lugar de infancia y de juegos con Santiago y con Antonio, los dos amigos del alma con los que de niñito soñó ser general del ejército de su majestad Carlos III, no le quedó más que asumir la última faceta que le quedaba: la del militar criollo derrotado el 29 de junio en la Cuchilla del Tambo. Afuera lo esperaba Simón Muñoz para entregarlo al brigadier español Juan de Sámano. De ser El Sabio pasó a ser El Traidor, porque España no necesitaba de Sabios.
Ataviado con las piltrafas del uniforme de Coronel de Ingeniero General que volvió a lucir para la ocasión, se dirigió a la salida. Por su mente revoloteaban como mariposas enloquecidas las frases del discurso que pronunció en 1814 durante la fundación del Cuerpo de Ingenieros Militares de la República de Antioquia. “El honor es la primera virtud militar: el honor debe llenar todo el corazón de un soldado: el honor debe ser el ídolo querido de un hombre de guerra”.
Antes de partir, Francisco José de Caldas se caló la ruana que días atrás le regalaron los campesinos de la región y recordó que Atahualpa fue enterrado por su gente con una mortaja de alas de murciélago. Sin vacilaciones, cerró la puerta y se enfrentó a su destino. Sabía que la hora de la larga y negra partida ahora le tocaba a él. Su pensamiento lo ocuparon María Manuela y sus pequeños, que se quedaron esperándolo para siempre en Cartagena de Indias.


LA PROPUESTA

¾¿Mataría usted por amor?
Giacomo se volteó sin premuras.
¾Mataría, pero por hacer el amor.
Sus ademanes cortesanos acabaron por soportar la gravedad de sus palabras. Luego observó la clientela. El Café Lavena permanecía copado, tal como desde hacía cinco años, cuando lo fundaron en 1750.
¾¿No hablará usted en serio? –insistió el forastero.
¾Yo jamás bromeo cuando se trata del Amor –aseveró Giacomo sentado ante una mesa de mármol verde.
Luego asió el libro y se dispuso a leer.
¾Veo que usted no me reconoce –persistió el forastero aún de pies–. Soy el emisario personal de madame Henriette.
Antes de retirarse, dejó sobre la mesa verde una nota perfumada y una bolsita de cuero. Giacomo se quedó estudiando la primera.
En efecto, aunque carecía de su firma y no correspondía a la letra de Adélaide de Gueidan, el papel de lino y el aroma eran los mismos que la hermosa francesa, oriunda de Aix-en-Provence, acostumbra para su correspondencia íntima. Muchas habían sido las cartas recibidas de la que fue otra de sus amantes.
El campanario de la Basílica anunció las seis. “Ya tuvo que haber llegado”, pensó Giacomo. Saboreó el último sorbo de la oscura bebida turca. Guardó en su casaca francesa la nota perfumada y la bolsita de cuero. Tras marcar la página, descendió y salió hacia el Café Florián, justo enfrente.
Atravesó el recinto de aires vieneses y ubicó el rincón más interino. Justo, donde esperaba, encontró a la persona indicada. Se sentó dos mesas más atrás y solicitó un chocolate para concentrarse en su objetivo.
Aunque éste había nacido en el siglo pasado, apenas si aparentaba los treinta años. La leyenda urbana sostenía que él no tenía edad y que era un Illuminatus. Giacomo recordó haber escuchado que alguna vez Voltaire le escribió a Federico II el Grande, rey de Prusia, aseverándole respecto del mayor alquimista conocido hasta entonces “que nunca muere y lo conoce todo”.
Giacomo extrajo la nota perfumada y la bolsita de cuero. Observó la segunda. Arsénico y vitriolo, masculló tras olisquear el preparado letal.
Centró toda su atención en la bebida ajena, a dos mesas suyas. Una vez más, leyó la nota perfumada: Encárguese, usted, del conde de Saint Germain. Solicitó una pluma al camarero y escribió al dorso: ¿Osa acaso, usted, querida mía, que el Amor disponga de la Inmortalidad?
Sin ningún apremio, Giacomo firmó con el seudónimo por el que quería ser reconocido para la posteridad: Jacques de Seingalt. Dejó la nota y la bolsita sobre la mesa de mármol blanco y salió a la plaza de San Marcos.
Se detuvo y admiró el Palacio Ducal. Sabía que antes del amanecer debía abandonar Venecia. El Santo Oficio lo requería por licencioso y no tenía intención de dejarse retener en su sótano. Mucho menos, pensaba cruzar el Puente de los Suspiros como otro condenado por un capricho femenino.
En silencio, continuó hacia el Puente de Rialto, construido dos siglos atrás, para cruzar el Gran Canal. Desde una de las ventanas del tercer piso del Palacio Ducal, una hermosa francesa siguió sus pasos con los ojos inyectados por el desprecio. La suerte de Giacomo Casanova estaba echada.

 





LA ÚLTIMA REINA

Sin remordimientos, apreció la bahía que era suya, como eran suyos el Nilo y la ciudad tendida a sus pies que una vez ostentó la biblioteca más grande del mundo, pero que dieciocho años atrás desapareció ante sus ojos por las llamas que los romanos sembraron en Alejandría.
A los treinta y nueve años no le dolía partir. Sabía que la Historia, tal como lo hizo Cicerón y lo haría Plutarco, hablaría de ella. Contempló con envidia a sus criadas Iras y Carmión. Sin hablarles, se internó en el palacio de granito rojo egipcio y puertas recubiertas de carey de la India que estaba enclavado en la isla de Antirrodos. El sol se moría ese 12 de agosto. La amenaza llamada Octavio había recaído.
En el camino lento hacia el mausoleo de granito que por años construyeron para ella, recordó que desde que tuvo uso de razón sabía que su nombre significaba Gloria de su Padre. Pero hacía dos décadas que Ptolomeo no estaba a su lado y no volvería a estarlo. Y quizás, pensándolo bien, era mejor así: ¿Cómo explicarle al progenitor que su legado de trescientos años estaba a punto de sucumbir?
Sin doblegarse ante el dolor de hija predilecta, la última reina se recogió el cabello ungido de aceites y esencias. Empleó una horquilla de marfil. Detrás, sosteniendo dos vasos canopos vacíos y dos vasijas de oro con agua bendita del Nilo, ingresaron Iras y Carmión. Una vez cerrada desde afuera por los sirvientes la inmensa puerta, por segunda ocasión contempló con envidia a sus criadas. Ambas eran bellas, eran jóvenes y eran castas. Ya no eran los tiempos suyos de inteligencia y de sensualidad.
Pese a que no la entenderían, les habló en griego, la lengua de sus ancestros. Sin apresurarse, porque sabía que le restaba algo de tiempo, les habló de Sócrates. De joven lo estudió con su tutor macedónico y de adulta lo discutió con los sabios. Les habló de su sapiencia, les habló de su mayéutica, les habló de su homosexualidad, les habló de su condena. Pero ante todo, les habló del suicidio del pensador griego, y les auguró que el suyo no tendría la misma nobleza de corazón.
Tras una orden suya en demótico, que dominaba por igual que el latín, el hebreo y el arameo, las dos criadas vírgenes la ataviaron como lo que era para sus súbditos desde que fue entronizada a los dieciocho años: la Gran Maga. Lo último que se caló, a manera de una corona, fue el jeroglífico con su nombre divino: Ast. Desde ese instante, Iras y Carmión se postraron ante ella.
Sin mirarla, las dos escucharon a su reina conjurar e invocar en una lengua litúrgica milenaria. Sabían que lo importante no era el resultado, sino el proceso. Tras el ritual -sólo conocido por los sumos sacerdotes, y que incluyó una vara de loto, aceite sagrado, sahumerio de nardo, gemas de lapislázuli, tres velas azules y un plato de bronce-, la reina se acercó a la mesa donde reposaban tres recipientes de plata y seis lámparas de aceite. Mezcló los extractos de plantas hasta producir un líquido pegajoso, de color marrón, que diluyó con el agua bendita del Nilo.
Una segunda orden en demótico la dejó como una egipcia del común, enfundada en una bata de lino. Sin calzarse y despojada de toda riqueza material, Cleopatra bebió del coctel de cicuta, opio y aconitum, y les indicó a sus criadas que la emularan. Se recostó en el pedestal de oro labrado para albergar su eternidad y cerró los ojos. Era hora de desconectarse de lo que ya no le afligía dejar.
En lo más alto de la torre octogonal de mármol, erigida doscientos cincuenta años atrás en medio de la isla de Faros por Sóstrato de Cnido, la hoguera magnificada por los espejos indicaba en el ocaso el camino de entrada a la bahía alejandrina.
Cuando el centurión y sus hombres por fin ingresaron al imponente mausoleo, una víbora áspid hembra, tan amenazante como las de los sueños de Olimpia durante el embarazo de Alejandro Magno, reptaba por entre una cesta de higos.


EL MENSAJERO DE LAS ESTRELLAS

Era miércoles. Era invierno. El repicar a completas de la Iglesia de San Leonardo le hizo recordar la primera vez que acarició una campana de bronce. Tenía tres años y vivía en Pisa, donde nació en la mitad de febrero.
Pese a que habían pasado poco más de siete décadas, recordaba con claridad aquella brumosa mañana que subió al campanario de la Catedral de la mano de su padre, un músico que lo llevó a conocer La Asunta, la campana de cuatro toneladas, más con el objeto de demostrarle las bondades de su sonido que por su devoción. Pero el niñito de entonces no reparó en las explicaciones acústicas. Su mente sólo la ocupaba el riesgo de caerse al vacío auspiciado por la inclinación de la torre de ocho pisos erguida con mármol traído de San Giuliano.
Una sonrisita cómplice volvió a cruzar su rostro barbado y canoso. Desde que se quedó ciego cuatro años atrás, los recuerdos, y más los de la infancia, no lo abandonaban como su sombra. Sin que se lo propusiera, su memoria había decidido por cuenta propia eternizarle aquellos instantes definitivos, si se descarta la idea de que lo aprendido antes de los ocho años es prejuicio.
La habitación, en la que hacía cinco días permanecía convaleciente, era de una modestia espartana, no así el resto de la vivienda. Ubicada en Arcetri, en las colinas del sur de Florencia y próxima a la Torre del Gallo, la propiedad, más conocida como Villa La Joya, era una hacienda de columnas toscanas y bucólicos senderos demarcados por cipreses centenarios, con hectáreas para el cultivo de cereales, aceitunas y uvas,. Pero no era suya. Y nunca llegaría a serlo. Apenas era el lugar alejado al que el papa Urbano VIII lo confinó de por vida.
Sin poder levantarse de la cama, con voz debilitada, convocó a su amanuense. Lo miró sin mirarlo, pero sobre todo sin ninguna intención de instrumentalizarlo. Quien mejor que Dino Peri para convertirse en el receptor de su legado. Quién mejor que el pupilo predilecto desde la época de la Universidad de Padua, para perpetuar sus trabajos ópticos, sus observaciones celestiales, sus estudios gravitacionales y sus deducciones sobre el movimiento, así le disgustaran a la Iglesia.
Intentó ponerse de pies a pesar de que sabía que no le sería posible. Resignado, le solicitó a su amanuense que le alcanzara uno de los cuatro adornos del aposento de paredes blancas. Los otros tres eran un oleo con el retrato de la joven veneciana Marina Gamba, la única mujer que amó, un crucifijo de plata de tamaño natural y el primer telescopio que construyó en 1609.
Sus manos de invidente acariciaron con devoción el lince tallado en roble que le facilitó Dino Peri. Ambos sabían que se lo habían dado en Roma hacía treinta y un años como reconocimiento a sus logros científicos. Pero por esas vueltas del destino, ya no podía ser su digno representante, ya no tenía la vista de lince que se necesitaba para los más agudos asuntos intelectuales.
Sin pensarlo dos veces, se lo regaló a su joven amanuense. También le traspasó lo único que resguardaba con excesivo recelo: una lujosa encuadernación en griego con las obras completas de Aristóteles.
Se persignó tres veces, cerró los ojos y se dispuso a descansar su humanidad agobiada por tres décadas de reumatismo. La nieve arreciaba con mayor intensidad que en enero del año pasado. Antes de dormirse, sin que Dino Peri lo escuchara, Galileo Galilei parafraseó a san Pablo: Somos ciudadanos del cielo, y sin embargo se mueve. Horas después, estaba sentado a su lado. 


EL PERDEDOR SE LO LLEVA TODO

“El asunto radica en la luz. Nadie lo ha entendido, ni siquiera Mary”, pensó Ernest antes de beberse un trago largo de Jack Daniels. Permanecía descalzo, como siempre; permanecía sin camisa, como siempre; permanecía en pantalones cortos, como siempre; permanecía despeinado, como siempre. Pero la vida ya no era la misma. Ni siquiera el insomnio era el mismo. Todo había cambiado. Es más, todo era peor desde hacía un año: desde el lunes 25 de julio.
Pensó en su adorada plateada Richardson calibre 12 de doble cañón, pero no era la salida más correcta para un hombre de su condición. Sin otro aliciente, caminó por la habitación del segundo piso donde nunca se apaga la luz. Lo mortificaba la nuca. Su afición desde niño al boxeo sin guantes, a la pesca deportiva y a la caza mayor, le había afectado para siempre la columna.
Observó la cama doble, donde reposaban el último libro de John Updike, Corre, conejo, y el ejemplar de The New York Times sin leer con la fecha del día anterior: sábado 01 de junio de 1961. Se fijó en el contraste entre la sobrecama blanca y la alfombra roja. Ahí reposaba el secreto de su desdicha.
Sólo él sabía que era el efecto cromático lo que lo mantenía con vida desde hacía tres décadas, desde la mitad de su vida. De ninguna otra manera sus gatos de Key West hubieran sido sus gatos de Key West, y de ninguna otra manera sus gallos de pelea de Cuba hubieran sido sus gallos de pelea de Cuba.
Ernest lo sabía muy bien, porque la estética era su único oficio. Entendía de sobra que lo importante no son las cosas, sino la percepción que se tenga de ellas. De nada valdría ahora que le trajeran a su desapacible casa de Idaho el olor de los sacos de harina, del café recién tostado y del tabaco acabado de torcer, que tanto extrañaba. Ya no serían los mismos olores sin la luz del trópico que aprendió a amar. Al fin y al cabo, él era un caribeño más desde 1928.
En silencio, se dirigió al estudio. Intentó mirar a través del ventanal los álamos centenarios del valle que se extendía a sus pies, pero sólo encontró el reflejo de un hombre envejecido antes de tiempo. A su mente confluyó la figura de William Curry. Con un golpe seco sobre su máquina de escribir maldijo el hecho de no haber escrito la novela que tanto pensó en torno al jovencito bahameño que contra todas las adversidades fundó de manera visionaria Key West y se hizo millonario. Siempre envidió su destreza como pescador, como nadador y como marinero.
Sin pensarlo dos veces, ahí mismo y en ese momento, él hubiera establecido un pacto con el demonio para regresar a 1923, cuando publico su primer libro, presenció su primera corrida y tuvo su primer hijo. En ese entonces, la juventud le brindaba todo a sus pies. El mundo le resultaba un pañuelo. La vida era una sola fiesta. De eso hacían cuarenta años que ya no volverían.
Se aseguró de que Mary durmiera y descendió al primer piso para sentarse en el sofá verde de la sala. Iba a ser la una de la madrugada en Ketchum. Desde la distancia, observó el retrato suyo que permanecía sobre la chimenea de piedra gris. A pesar de haber sido tomada cuatro años atrás en su casa habanera de Finca Vigía, la imagen en blanco y negro lograda por Yousuf Karsh, el mismo que fotografió a otros grandes como Churchill, Einstein, Bogart, Jung y Picasso, reflejaba a un hombre maduro pero sereno. Incluso, él mismo se parecía más a un orgulloso capitán de barco de los siete mares que nunca encalló que a otra cosa.
Sin testigos de por medio, Ernest Hemingway le propuso a su retrato que esta vez jugaran el juego del que pierde se lo lleva todo. Era el único juego que a estas alturas podían jugar. Bebió otro trago largo de Jack Daniels y cerró los ojos para intentar alcanzar el crepúsculo del alba dominical.


LA DULZURA DE VIVIR

Luis buscó a gatas la diminuta llave dorada, pero la miopía se le refundió entre el suelo de parqué del palacete que su padre construyó con un estilo neoclásico. Sin reparar en su hermano menor Carlos, que acababa de entrar con noticias de las calles donde la situación era cada vez más adversa, su mirada azul persistió en encontrar la llavecita de oro sólo manipulable con una lupa.
“Pobre diablo”, pensó con repugnancia María Antonieta observando a través del espejo del tocador la figura obesa y torpe del hombre de treinta y cuatro años que se arrastraba por el piso de roble como un lisiado.
¾Cada vez nos cuesta más trabajo controlar a la Asamblea Nacional –explicó Carlos mientras atisbaba el Belvedere del jardín inglés a través de los ventanales de maderos blancos del Pequeño Trianón.
¾Te mandé llamar –masculló María Antonia sin quitarle la vista a Luis–, para informarte que tienes que hacer algo, que no aguanto más. La presencia de la Señora de Pompadour sigue latente entre estas paredes.
¾Pero si ella ni siquiera vivió aquí –respondió Luis levantándose triunfante con la pequeña llave de oro entre las manos regordetas.
¾Ese es tu problema.
¾¿Y qué quieres que haga?
¾¡Qué sé yo! –aseveró María Antonieta, sin siquiera mirarlo–. ¡Redecorar, remodelar, reconstruir!
¾Afuera están exigiendo libertad, igualdad y fraternidad –intervino Carlos sentado a sus anchas en una de las sillas cuya seda en estampados beige y rosa era la misma de la cama de la reina.
¾¿Entonces, qué vas a hacer? –insistió María Antonieta todavía apostada ante el tocador de oro y mármol.
¾Nada –respondió Luis admirando la pequeña llave de oro de la cerradura más pequeña de su colección de cerraduras.
¾¿Cómo que nada?
¾Nada, Señora Déficit. No quiero otro escándalo como el de hace cuatro años con el collar de diamantes del joyero Bohmer.
¾¡Tú no sabes complacer a una mujer! –apuntó María Antonieta mientras terminaba de maquillarse de un blanco mortal.
¾En París existe escasez de harina y trigo para el pan –advirtió Carlos sin moverse de la silla dispuesta para las visitas.
¾¡Pues que coman pasteles! –replicó María Antonieta mientras se retiraba del aposento de paredes de madera blanca lacada.
¾¿Entonces, qué vamos a hacer con las gentes? –musitó Carlos con nerviosismo mientras se ponía de pies.
¾Lo que dice la Reina: que coman pasteles –rio Luis de salida.
Una vez en su habitación palaciega, bajo la fecha del lunes 13 de julio de 1789 de su diario personal, Luis escribió Nada.
Antes de dormirse, el rey recordó las últimas palabras de su esposa: Pues yo no conozco a la primera persona que haya perdido la cabeza por estrenar un vestido y un par de zapatos de más.
El reloj dorado de fondo azul, enmarcado por las estatuas de Hércules y Marte en la fachada de Versalles, indicaba la dos. Bajo la complicidad de la aurora, el pueblo de París avanzaría hacia la Bastilla.


EL MARIDO DE PILAR

El mistral no cede. Mallorca continúa bajo sus embates fríos, secos y violentos. Pese al temporal decembrino, piensa que afuera aún se puede encontrar la frescura de los primeros días de la Creación.
En silencio, el Maestro se pone de pies. Ya no es el mismo. Su aliento de toro se extingue. Admira la oscilación pendular de la mecedora en la que siempre se sentó para descansar, pero no la ve clara. Apenas percibe el movimiento continuo. Las cataratas distorsionan lo conocido. Su mundo es cada vez más esquivo. Ahora sí, ya nada es lo que parece, todo puede ser otra cosa.
Recorre el taller que tanto recorrió en el último cuarto de siglo. Acaricia los lápices, los cepillos, las esponjas, las espátulas, las botellas con aceites, los tubos de pintura y los caballetes de madera. Para él viven. Siempre vivirán. Contienen un secreto de la vida mucho más intenso que la de ciertos seres humanos.
Repasa las obras de grandes formatos que permanecen inacabadas en un desorden armonioso, desparramadas en su lugar más sacrosanto. Y aunque todas ellas parecen los dibujos de un gran día en el jardín infantil, detrás, a sus espaldas, subsiste una frialdad clínica. Muchas apenas si alcanzan a ser trazos negros de los reinos de la memoria y el sueño. Entiende que ya no son suyas, que son como el viento, que ellas caminan siempre, sin descanso.
Desafía sus noventa años. Recuerda cada una de las palabras que le escuchó a Gaudi por primera vez: las rectas son del Hombre, las curvas son de Dios. El Maestro lo conoció cuando él era un aprendiz de dibujo en Barcelona. Tenía diecinueve años y asistía al Círculo Artístico de Sant Lluc. El afamado arquitecto de la Sagrada Familia entonces contaba con sesenta y dos años. Ese día, Gaudi apenas cargaba consigo un libro de Evangelios y un traje descuidado.
Pero él ya no está. Tampoco están los grandes compinches del Maestro. Josep, Pablo, Joan y Enric, se fueron. Lo dejaron solo. Todos, uno tras otro, partieron. El primero en hacerlo fue Joan, trece años atrás. Lo siguió Pablo, en su casa de Mougins, tres años después. Con él comió hambre en París.
Sube al balconcito. Apoya los codos en el barandal. La luz de los ventanales le trae de regreso a la abuela materna. Ella fue la que de muy niño le enseñó a entender los silencios de los atardeceres, a abrazarse a un árbol con los ojos bien cerrados, a escrutar los susurros de las constelaciones, a asimilar las enseñanzas de una caracola, de una piedra. En comunión, con lápices y cuadernos, crearon sus propios castillos, sus propios molinos de viento, sus propias marinas.
El viento no cesa. El Maestro atisba por los ventanales. Los pinos se mecen sin quejarse. Sabe que bien abajo, a los pies de la colina, el mar prosigue picado. Nunca lo navegó, como tampoco lo navegó Neruda. Pero al igual que el poeta, con las palabras, él le correspondió a su manera, con los colores.
Se le ocurre un epitafio. Se abriga y sale del taller para dirigirse a Son Boter. Desafía el mal tiempo sobre las Baleares. La casa señorial del siglo XVIII, de tejados a cuatro aguas, es su segundo taller. Sin detenerse, accede a la planta alta. Busca la única habitación tomada por el magenta y el siena.
Agitado, el Maestro se sitúa ante las fotografías de Joan y de Pablo. ¿Es hora de partir?, les pregunta. ¡Entonces, enterradme sin ataúd y de mi vientre nacerán flores!, les advierte. Con los ojos cerrados, detalla los retratos de Miguel y de Dolors. Nunca es triste la verdad, puesto que el zar no existe, les musita a sus padres. Al fin soy lo que siempre quise ser: el marido de Pilar, agrega. Una sonrisa tímida corta la cara de Joan Miró. El mistral juega con las ventanas dieciochescas.


MI NOMBRE ES CEFAS

Vivir sesenta y nueve no es una proeza. Basta no más con que camines por la Roma de Nerón y, si prestas atención, verás ancianos mayores partiéndose el lomo para sobrevivir. Lo notorio, en mi caso, es haber llegado a esta edad alejado de lo único que me gusta hacer: pescar. He ahí la proeza.
Soy de Galilea. Soy judío. Nací en Bethsaida. Mi padre se llamó Jonás y fue un pescador como mi abuelo, mi bisabuelo y mi tatarabuelo. De Galilea extraño sus llanuras fértiles y la aridez de sus colinas alienadas de saliente a poniente. Y extraño su mar de aguas azules y las flores amarillas de su orilla. Los de allá lo llamamos Kineret, por su forma de lira, pero en realidad no es un mar, es un lago de aguas dulces del río Jordán. Pero eso no importa. Para nosotros es Nuestro Mar.
Con Andrés, mi entrañable hermano menor, poseíamos un bote a vela de nueve metros. Las veintidós especies de peces, como la carpa y el boquerón, nos procuraban el sustento. Era una existencia sencilla, sin las tribulaciones que me han acompañado desde que partí para deambular por Cesarea, por Damasco, por Jerusalén, por Antioquía y por Roma. Los dos acostumbrábamos a recorrer la Via Maris, la ruta costera entre las poblaciones de Hipos, Corozaím, Tiberíades, Julias, Tabgha y Migdal. Visitábamos las playas de arena y las playas de roca.
Vivíamos en Cafarnaúm, el paso obligado para las caravanas que del Oriente van al Mediterráneo. Su principal edificio era la sinagoga de piedra basáltica negra y su principal vía, la Cardo Maximus, se extendía de norte a sur. Por sus callejuelas pululaban soldados romanos, artesanos honrados, traficantes oscuros, pescadores descalzos como yo, vidrieros, mercaderes y corruptos funcionarios.
Nuestra vivienda era como la de los demás. Se encontraba muy cerca de Nuestro Mar, pero se asomaba a la Cardo Maximus. Su base era casi cuadrada y las paredes consistían en bloques de basalto reforzados con piedra. Las ventanas eran bajas y el techo de paja lo soportaban vigas de madera. Nuestro gran lujo, por así decirlo, era el patio, donde se ubicaban las piedras para moler aceitunas y cereales, los hornos de barro prensado y la escalera de acceso a la terraza.
Extraño el lenguaje de los pescadores. Extraño la simplicidad de sus mensajes. En él, el pez es pez, el pan es pan, el agua es agua y la piedra es piedra. No es como el lenguaje abyecto que nos tocó aprender una vez salimos con mi hermano de Galilea, siempre repleto de subterfugios, de interpretaciones mañosas, de ideas preconcebidas. En él, el pez no es sólo pez, el pan no es sólo pan, el agua no es sólo agua y la piedra no es sólo piedra.
A estas alturas, cuando soy un extranjero más en tierra de extranjeros, no voy a decir que en Galilea llevé una existencia de pobreza y sacrificio. Digamos, bajo las artes eufemísticas que aprendí a administrar, que mi existencia fue de modestia y esfuerzo. Pero sí puedo afirmar que fue una existencia de libertad.
La única frontera la impuso Nuestro Mar. Es más, ahora que de anciano obispo me encuentro rehuyendo de las crucifixiones en la colina Vaticana, escabullido en estas heladas catacumbas de arcosolios y loculis donde reposan los muertos bajo las entrañas de Roma, yo, Cefas, mejor conocido como Simón Pedro, puedo refrendar que el límite de nuestra libertad lo impusimos nosotros.
Pero lo que más extraño de Galilea, lo que más me duele en el alma, son mi esposa y mi hija, a las que abandoné en Cafarnaúm hace más de treinta años. Pero ésa es otra historia. Es la que no puedo contar.