jueves, 12 de julio de 2012

CUENTO JULIO 2012




EL DESQUITE

Por antonomasia, Sócrates Samaniego fue el filósofo de la Universidad del Estado. Tan probo resultó su legado académico, que no sólo obtuvo el Premio Schock, otorgado por la Real Academia de las Ciencias de Suecia, sino que se dio el lujo de ganar tres veces lo devengado por sus pares. Que se sepa, nadie, jamás, puso en entredicho su capacidad de trabajo ni menos los alcances de su raciocinio. Aún así, ello no fue suficiente para evitar su tragedia.
Empecemos por decir que asistía a la universidad como se le venía en gana, desaliñado, como siempre; que conversaba sólo con quien quería y que almorzaba a solas con comida chatarra, encerrado en su oficina, la mítica 6028, a las doce en punto, ni un minuto más ni un minuto menos. Jamás frecuentó las reuniones de la Facultad y, lo más reprensible para sus detractores, apenas le reportaba al Rector, para más señas y en su opinión, todo un idiota útil.
Por lo demás, nunca hizo arbitraria su postura de docente, ni llegó a elevar la voz en público. Sabía que no tenía necesidad: su claridad meridiana se encargaría de ello. Aún así, sus alumnos nunca supieron si temerlo, si respetarlo o si odiarlo, especialmente las estudiantes agraciadas, aquellos bellos especímenes hermosamente peligrosos a los que él trató con frialdad. Pero ante todo, se ensañó con los ejemplares iconoclastas y se encargó a su manera de los prototipos más feministas.
Sin embargo, nunca llegó a  hacerlo con bajeza. Sócrates Samaniego jamás cayó en la sátira, en el cinismo o en el sarcasmo. Su arma predilecta, digna de las más elevadas mentes, fue otra: la ironía. La sabía propia de los dioses y hábilmente usufructuada por Sócrates para confutar a los sofistas. No en vano, la tenía considerada como la máxima expresión de la inteligencia. A tal punto la dominaba, que distinguía a la perfección sus nueve categorías, entre las que siempre prefirió tres para uso personal: el carientismo, la meiosis y la tapínosis.
Impartía sus clases sin material de apoyo. Con su mera presencia bastaba, sin que ello fuera impedimento para disertar abiertamente desde minucias epistemológicas y metafísicas de dilatado aliento, hasta las más extravagantes manías de los grandes pensadores universales -verbigracia: la exasperante puntualidad de Kant, que lo convirtió en un insoportable ser sicorrígido; los aterradores dolores estomacales de Aristóteles, que no le permitieron estarse quieto en un lugar, o la agorafobia de Kierkegaard, que lo obligó a caminar pegado a las paredes-. En resumen: toda una mente brillante para sus colegas.
Una lumbrera que le alcanzó para que a los dieciséis años se matriculara a la par en la Facultad de Ciencias Naturales y Exactas. Y aunque se tituló summa cumm laude en Matemáticas Puras, a sus veinte años prefirió el Doctorado en Filosofía. Se excusó en que las Matemáticas son la música del Universo, es decir, el lenguaje de Dios y, como simple mortal, él más bien necesitaba hablar el lenguaje de los mortales para explicarles aquel dios, cuya existencia, dicho sea de paso, hacia mucho rato le resguardaba serias dudas. No por ello condenó su segunda carrera a los empolvados anaqueles del Cuarto de San Alejo. Más bien, la supo convertir en su compañera inseparable, en su puta predilecta, a la que arrastraba a todas partes y con quien retozaba hasta que los desenmascarara el crepúsculo.
Desde que en la adolescencia descubriera que la Vía Láctea es apenas una entre cien mil millones de galaxias del Universo y que el sol es una insignificante estrella entre millones de millones de estrellas de cada galaxia, los números estuvieron incondicionalmente de su lado. Que se recuerde, jamás lo vieron pasearse por el campus con un libro de Filosofía bajo el brazo. Su despacho, en el piso seis de Humanidades, permanecía atiborrado pero de pródigos ejemplares matemáticos. Cualquiera que entrara podría toparse con clásicos como Apología de un matemático, de Hardy; Las matemáticas en el Renacimiento italiano, de Casalderrey; El placer estético de las matemáticas, de Lang, y La geometría fractal de la naturaleza, de Mandelbrot, amén de sendos tratados sobre variedades n-dimensionales, estructuras homotópicas, atractores caóticos, teoría de nudos y curvas elípticas modulares.
Lo suyo fueron siempre los asuntos de la lógica sublime, de la razón pura heredada de sus venerados jonios del siglo VI a.C., a quienes recitaba de memoria. Incluso, culminados los pregrados de Filosofía y Matemáticas, se empecinó en dominar la lengua de sus filósofos helenos para “beber del manantial natural y no escanciar agua artificiosa”. Por supuesto, no lo hizo para emular a Freud, que aprendió español para leer El Quijote. En resumidas cuentas, prefirió los linderos de lo enrevesado, desde el modelo para dar con el Bosón de Higgs hasta el dodecaedro regular como la estructura del Universo que sugiere el Observatorio de París. Lo extasiaba saber que comprendía lo que pocos podían comprender.
Pero todo lo anterior no fue un problema comparado con el problema que lo aquejó hasta consumirlo en vida: la Literatura. Desde que tuvo conciencia de una cosmovisión, y eso fue muchísimo antes que cualquier niño promedio, descubrió que le profesaba una manifiesta aversión a la Fantasía, considerada por muchos otros como la máxima expresión de la inteligencia. El carácter ficcional de la Literatura le resultó tan nocivo como un golpe en los testículos.
Por culpa de aquel discernimiento prematuro fue que a los tres años le pareció absurdo que alguien, gozando de un juicio cabal, saliera desnudo a la calle y no se percatara de los señalamientos de las gentes con las que se topaba. Mucho menos, si se trataba de un gobernante pasado de kilos que se empecinó en deambular fuera de sus aposentos palaciegos luciendo apenas la corona, el anillo, el cetro y los botines de cuero con hebillas de oro. No hubo poder humano ni divino que lo hiciera apreciar El traje nuevo del emperador de Hans Christian Andersen. Ni ese día ni nunca buceó en sus aguas, así fuera para asestarle el arponazo fatal. Ni qué decir de los cuentos de hermanos Grimm y de Charles Perrault.
“¡De cuándo a acá una pata confunde a un cisne como su cría!”, chilló ante su madre la vez que ella le terminó de leerle El patito feo. “¡Entiende que la madera es madera y siempre será madera!”, espetó la ocasión en que ella intentó de nuevo con Las aventuras de Pinocho. Desde ese preciso momento, lo indignaron los avatares de Geppetto y su marioneta parlanchina. Obviamente, por aquellos días desconocía a Spinoza -otro filósofo aficionado a las matemáticas y quien se convertiría en uno de sus pensadores de cabecera-, pero desde entonces sin saberlo compartió su adicción al monismo: “Cada cosa corresponde a una idea”.
Después vino el rifirrafe con la denominada Literatura Juvenil. Pero no fue un camino exento de piedras. La repasó por mera curiosidad: no quería que mañana lo cogieran cortico con algo que estaba bajo su control. Así, por sus manos pasaron, sin ton ni son, como platos desabridos, La isla misteriosa, Robinson Crusoe, Las aventuras de Tom Sawyer, La isla del tesoro y Oliver Twist. Se durmió con La cabaña del tío Tom. No alcanzó a terminar Moby Dick y prosiguió con recelo Los tres mosqueteros al enterarse de que ellos sumaban cuatro. Pero fue la poca variabilidad psicológica de sus personajes la que terminó por aburrirlo.
Resulta menester subrayar que entre dichos avatares de pubertad alcanzó a tomarlo por sorpresa El conde de Montecristo, tasada por García Márquez como la historia perfecta, pero Sócrates Samaniego atribuyó aquella coyuntura más a la peritonitis aguda que lo postró en cama durante una semana y media, y que, a su parecer, le menguó las capacidades críticas con respecto a Dumas padre. No aconteció por igual con Verne, aunque no fue por su narrativa.
En este caso, resultó ser el valor profético de De la tierra a la luna lo que lo descrestó. Veamos: en el cohete del francés viajaron tres tripulantes, cosa que aconteció con el Apolo XI lanzado desde la Florida, a sólo 213 kilómetros de lo estipulado en la novela; la velocidad de escape de la gravedad señalada por el escritor en 1865 fue de 11.000 metros por segundo contra la nave de la Nasa de 10.830 metros por segundo; el peso del aparato en aluminio calculado por Verne fue de 10.000 kilos, ante los 12.000 kilos del módulo empleado en julio de 1969.
Por supuesto -ya sobra recalcarlo-, no encontró consuelo mayor en la Ciencia Ficción, que imputó de puras y perversas alucinaciones, pero sí un alivio eventual en la novela policiaca. La causa: el Método Científico. La consecuencia: a sus trece años, la triada Crimen-Enigma-Criminal alcanzó a retenerlo a su merced por un tiempo, como un hipnotista profesional. Por pura casualidad, un mes atrás se había apropiado de una sentencia que llamó poderosamente su atención: “La novela policíaca es un relato donde el razonamiento crea el temor que se encargará luego de aliviar”. La escuchó de quien menos lo esperaba: su profesor de Educación Física, un seguidor del género negro encarnado por Samuel Dashiell Hammett.
Aquella sentencia -atribuida a Thomas Narcejac, un exprofesor de Filosofía francés que pese al éxito de sus crime novels a mediados del siglo XX fue relegado de la memoria humana- no dejó de martirizarlo por tres días. Pero fue la mención del sustantivo “razonamiento” la que lo obligó a desentrañar qué carajos era aquel género novelesco, cuyo profesor de Español le había aclarado que involucraba la dicotomía sombra-duda. En cuestión de un día, para su desgracia, descubrió lo que tanto temía descubrir: que la Literatura podía ponerlo a pensar.
Lo hizo de la mano de una fotocopia del relato corto La carta robada, la única referencia de Poe en la biblioteca del plantel público al que él asistía por las tardes. Su gran mérito radicaba en la prestancia del traductor: Julio Cortázar. Lo había escogido no sólo porque se enteró de que a Poe se le considera el padre de la novela policiaca, sino porque el autor mismo lo cataloga mejor como un “cuento de raciocinio”. Obviando sus desmesuradas descripciones y parlamentos de sobra -los ripios que Quiroga recomienda depurar-, el texto logró lo que ningún otro había logrado. Entre lágrimas de encono tuvo que admitir que lo había conmovido.
Dicha lectura policíaca en efecto, le resultó un golpe bajo, pernicioso para sus réditos. La primera batalla perdida en la Gran Guerra que libraba desde las épocas de El patito feo. “A un hombre se le conoce por sus detractores”, se dijo al día siguiente mientras se bañaba, en pie de guerra dispuesto a enfrentar la línea enemiga como un general de cuatro estrellas, presto cual mariscal de campo para exterminar al adversario. Así, por primera vez en la vida, el hijo se plantó ante los padres para solicitarles textos de literatura.
Ante el jubiloso beneplácito de quienes hacía un buen rato habían claudicado en hacerle entender que en las palabras está contenido el Universo entero, les extendió una depurada relación que le tomó dos semanas confeccionar a punta de enciclopedias y fichas bibliográficas. Pero dada la demoledora realidad de que sus padres no estaban en la capacidad de costearle los sesenta y seis libros que él demandó, sin amilanarse recompuso el listado, constriñéndolo a las existencias de la Biblioteca de la Nación: dos ejemplares de Edgar Allan Poe, seis de Arthur Conan Doyle, tres de Gilbert Keith Chesterton, once de Agatha Christie, dieciocho de Georges Simenon y cuatro de Dorothy L. Sayers. Con ellos, más el tratado Tipología de la novela policial, de Tzvetan Todorov­, se propuso desguazar -cual ladrón de autos- lo más granado del género novelesco culpable de sus escozores.
Durante los diecisiete meses siguientes, disponiendo del escaso tiempo que le regalaban sus inapelables deberes de escolar, abordó sistemáticamente las vicisitudes de Auguste Dupin, Sherlock Holmes, el padre Brown, Hércules Poirot, el comisario Maigret y Lord Peter Wimsey. La resolución de los casos logró doblegar su voluntad en una especie de trance artificial, que a la vuelta de dos años terminó afectando no sólo su apetito, sino su sueño y hasta su salud. Es más, el desarrollo casi que matemático de aquellas tramas detectivescas de estructura cerrada estuvo a punto de hacerlo prescindir de sus más enconadas aversiones.
Para su fortuna, fue descubriendo que el Método Científico -su admirada senda que conduce de la causa a la consecuencia a través de la crítica de la razón- lo eclipsaba el protagonismo del relato con sus procedimientos literarios, que tanto lo enervaban desde que era un infante. Además, a mitad de camino comenzó a fastidiarlo la potestad que detenta el papel de reconvertir en verosímil cualquier cosa. Pero ante todo, lo amargó comprobar que la finalidad del crimen -la misma argumentada por Aristóteles para la tragedia: purificar el corazón mediante la compasión y el terror- se le desdibujaba entre los vericuetos de la trama.
Desilusionado, alcanzó a jurarse no volver a sostener un ejemplar de literatura de ficción. Apenas la coyuntura de cumplir quince años y el toparse con El arte de la guerra, del general chino del siglo VI a.C. Sun Tzu, lo hizo acometer los Clásicos. En su tratado de estrategia militar, Tzu afirma: “Si conoces al enemigo y te conoces a ti mismo, no deberás temer el resultado de cien batallas”. Sin embargo, en esta ocasión Sócrates Samaniego comprendió que su estrategia de abordaje no sólo tendría que ser más novedosa, sino muy sofisticada.
Por un lado, les pidió a sus padres el dinero para gestionar el carné de la biblioteca de la Universidad del Estado. Por el otro, solicitó una cita con el director de la Licenciatura en Literatura. Sin pelos en la lengua, le expuso quién era y le transmitió su recelo general por las Letras y su encono en particular hacia los cuentos para niños. Pero ante todo, lo puso al tanto de sus intenciones. En quince días, volvió a salir del tercer piso de Humanidades con un listado en la mano y una fotocopia con las catorce razones de por qué leer los clásicos de Italo Calvino.
La antología facilitada era de treinta obras. Su valor agregado residía en que a cada una de ellas le sugerían un ensayo para dilucidar no sólo sus dimensiones, sino sus intenciones. Además, aquel selecto material académico estuvo a su entera disposición en la biblioteca universitaria tal como se lo advirtió el propio director, con el que confraternizó pese a que él le dejó muy en claro que una vez culminara el colegio se matricularía pero Filosofía y en Matemáticas, lo más alejado posible de los recursos arbitrarios de la transmutación poética, porque “el pensamiento no resulta un fogonazo, sino una cadena de ideas estratégicas”.
Pero el asunto no paró ahí. A los treinta clásicos de la literatura universal les construyó su respectiva matriz DOFA que su profesor de Matemáticas le enseño a tabular. Así, pudo categorizarles las debilidades, las oportunidades, las fortalezas y las amenazas, que su memoria eidética almacenó con la misma facilidad que almacenó -antes de los cuatro, cual tediosas letanías- el Padre Nuestro, el alfabeto, las tablas de multiplicar y el himno nacional. Desde aquel instante, ahora sí, se juró no tocar una obra de ficción. La Literatura le quedaba, de manera oficial, tan sepultada como lo estaban sus abuelos maternos desde antes de que naciera. Tampoco permitió que le hablasen de las “Sórdidas Entintadas”, como etiquetó a los más grandes personajes femeninos, sin importar que se tratara de Electra o Helena, Beatriz o Laura, Julieta o Dulcinea, Naná o Emma, Carlota o de Jane.
El resto de sus días, Sócrates Samaniego lo sorteó de la manera más honrada posible, además la única que conocía: sumido entre las cuatro paredes del pequeño mundo que erigió sobre dos pilares inamovibles: la construcción de sus propios ensayos filosóficos y la asimilación de teoremas matemáticos ajenos. Fue en una tarde de aquellos días, la de un apacible jueves de primavera, cuando sus trece alumnos de la línea de investigación en Ética Discursiva lo vieron abandonar el aula sin mediar palabra. Durante cuarenta y dos segundos -no más, pero los suficientes-, de cuclillas en el corredor manoteó al aire y gesticuló con ahínco, en una aparente discusión con un niño. Si acaso, unas cuantas gotitas de sudor delataron su alteración mientras prosiguió con la clase como si nada hubiera ocurrido.
Es más, por aquella misma época le concedieron el Premio Schock. El galardón -entregado en Estocolmo cada tres años- lo complementaba un diploma y una dotación de 500.000 coronas suecas. En su caso, la primicia radicó en que por primera vez se distinguía a un filósofo de los países en Vía de Desarrollado, rompiendo con la tradición de exaltar a intelectuales del Primer Mundo. Lo premiaban por su trabajo de un cuarto de siglo en el campo de la Ética Deontología, la denominada “Teoría del Deber”. La Real Academia de las Ciencias de Suecia anunció que lo hacía “Por sus invaluables aportes en delimitar los linderos de la libertad del hombre, un ser si mucho sujeto a la responsabilidad que le impone su conciencia entre la libertad y el utilitarismo, entre los fundamentos del deber y las normas morales”.
La noticia no sólo conmocionó a la Facultad de Humanidades, sino al resto de la Universidad del Estado. Para su pesar, en un abrir y cerrar de ojos se convirtió en el centro de todas las miradas, sin que pudiera volver a deambular desapercibidamente por el campus como tanto le gustaba hacerlo para meditar a solas entre la multitud. Y es que no era para menos. De un día para otro, como por arte de nigromancia, el Premio Schock lo encumbró a la excelsa categoría de los Think Tanks; lo situó, hombro a hombro, entre loss pares con los que jamás soñó interactuar dada su fastuosa condición tercermundista, y de los que apenas si podía admirarles su magna producción, como el caso del estadounidense Saul Aaron Kripke -otro filósofo que estudió matemáticas- y su Teoría de la Verdad, publicada en 1975.
Ahora, de buenas a primera, le impostaban la categoría académica de connotados investigadores de Oxford, Stanford, Princeton, Harvard y Carnegie Mellon. Pero eso no lo desveló, como tampoco resultó el germen de la sonrisita socarrona que lo acompañó desde entonces, pero que los demás sólo atribuyeron al honor conferido. Tampoco lo mantuvo en desvelo el rígido protocolo de la ceremonia en octubre próximo a manos de la princesa Cristina de Suecia -la hermana mayor del rey Carlos XVI Gustavo- en el Konserthuset de Estocolmo. Cosa contraria aconteció con las directivas de la Universidad del Estado, preocupadas por partida doble.
Por un lado, ante el Consejo Superior, les enfatizó que no viajaría a Europa a donde estaba harto de tener que ir a mendigar sus publicaciones, incluidas entre las más prestigiosas del Arts & Humanities Citation Index. Ni siquiera valió la pena que el Director Administrativo -quién lo detestaba, dado el exorbitante sueldo que devengaba por estar pensando nimiedades en vez de aportarle algo práctico- lo amenazara con despedirlo. Mucho menos pesaron las súplicas del Rector, que invocó no sólo el goodwill del alma mater sino el honor de la Nación, teniendo en cuenta que el Schock es considerado un premio análogo al Nobel.
Pero fue su comportamiento cada vez más errático lo que terminó por ponerles los pelos de punta. Desde que le preguntaron el motivo de su negativa para recoger el premio y recibieron como respuesta “Porque tengo que enfrentar al Enemigo”, en cuestión mes y medio las cosas pasaron de castaño a oscuro. Desde entonces, Sócrates Samaniego dejó de ser Sócrates Samaniego.
La primera vez, lo vieron almorzando como siempre a solas en su oficina, pero con dos puestos servidos de lasaña mixta y sus refrescos. Otro día, se le acercó a Dorita, la sempiterna secretaria de Humanidades, para solicitarle una llamada al extranjero. Según ella, él nunca discó un número, pero igualmente habló por teléfono durante casi tres minutos y en una lengua desconocida. Con el pasar del tiempo, no sólo comenzó a incumplir con sus clases pese a estar presente en el campus, sino que dejó de asistir a la Universidad, y cuando reaparecía, lo encontraban exhausto, demacrado, sin afeitarse y bañarse, pero predispuesto a ser soez y maltratar a aquel que se atreviera a interpelarlo. Incluso, en varias ocasiones, presentó heridas superficiales en sus extremidades o algún hematoma en la cara y, en otro momento, hasta se le vio renco. Sin embargo, fue la cita que solicitó con el Rector la que selló su suerte.
Esa mañana -para sorpresa de los presentes- apareció peluqueado, perfumado, con saco y corbata, como nunca había estado en su vida laboral. Además, saludó de manera cordial, que no era una de sus costumbres. Tampoco discutió a solas en la antesala, como venía haciéndolo a diario desde hacía casi tres semanas, especialmente agachado, en la actitud de interpelar a un niño, ni preguntó una vez más si es que acaso ninguno veía a los roedores atraídos por una flauta que no dejaban de interpretar. Lo único que preservó fue la sonrisita socarrona.
Sin preámbulos, en el despacho privado le dejó saber al Rector que por el bien de la Universidad tendría que matarlos uno a uno -empezando por la máxima cabeza- para que no sufrieran, puesto que el Enemigo, pese a que él hizo lo que estuvo a su alcance, se tomaría el alma mater de un momento a otro. Antes de salir, espetó que tampoco se dejaría capturar con vida.
El diagnóstico médico fue unánime: esquizofrenia paranoide en fase activa. Ante su acelerado deterioro y el manifiesto riesgo para el paciente y otros a su alrededor, puesto que no se trataba de un procedimiento rutinario, los siquiatras recomendaron como una medida cautelar la hospitalización involuntaria para su tratamiento con antipsicóticos de depósito. Nueve días después, en las primeras horas de un domingo plácido, lo encontraron muerto en su habitación de reposo, tan relajado como pudo estarlo la Bella Durmiente. Lo único que prevaleció fue la sonrisita socarrona, que ni a la hora de fallecer quiso aflojar del rostro. En el suelo, debajo de la cama, fue encontrada una manzana roja a medio morder.
La autopsia clínica arrojó un paro respiratorio y el informe forense sentenció una “Asfixia celular y concentración de lactato en la sangre por cianuro de potasio mediante ingesta”. La explicación simple y llana para todos fue: muerte por envenenamiento. Ante semejante parte científico, las alarmas del hospital siquiátrico se activaron dado que fue el mismo final que él se vaticinó desde que lo internaron. Y aunque es cierto que nunca habló con los doctores que lo trataron o los enfermeros que lo cuidaron, el infierno que padeció se conoció a través de la única persona a la que él le tenía abierto el corazón desde que eran unos niños: su hermana menor. Así, se pudo establecer la identidad del Enemigo que lo asediaba.
Durante los últimos dos meses, Sócrates Samaniego no sólo tuvo que convivir con Feliz -el más obeso de los enanos de Blancanieves y quien no lo desamparaba ni para ir al baño-, sino que debió superar día tras día pruebas extraídas del mundo de la Fantasía, desde no dejarse engatusar por el Gato con Botas hasta cazar al lobo de Los tres cerditos, por no dejar de mencionar las dos experiencias más traumáticas: arrestar a la bruja de La sirenita y atracar al Ratoncito Pérez.
Pese al denodado esfuerzo de las autoridades, a la fecha no se ha dado con el responsable de la manzana envenenada que acabó con su existencia, cual Blancanieves. Tampoco se ha emitido una explicación racional -pragmática, como tanto le hubiera gustado a él escuchar en vida­- para la zapatilla izquierda de oro puro confiscada en su apartamento con otros elementos probatorios, entre los que se relacionaron una pequeña caperuza de color rojo, una trenza de treinta metros dorada como el sol y un esplendido ataúd de cristal velado por siete farolitos.
Pero lo que descrestó a las autoridades fue una gran casa de pan de jengibre, pastel y azúcar moreno, que ocupaba una de las habitaciones del apartamento. También se halló un corazón de plomo con una lentejuela negra adherida. Éstos dos últimos elementos, según lo que le contó a su hermana menor, fueron los causantes de que el Enemigo se tomara la Universidad del Estado, al él no poder salvar de las llamas al soldadito de plomo y la bailarina de papel.
Lo que sí es un hecho es que, próximo a cumplir una semana en el Cementerio General, Sócrates Samaniego ya engrosa la leyenda urbana de la Capital. Desde el día siguiente a su sepelio, se rumora que entre las dos y tres de la madrugada -el lapso certificado como oficial para su fallecimiento- a su tumba (en el Pabellón 17, Patio 121, Nicho 00071) la frecuentan escrupulosamente personajes infantiles, siempre presididos por un obeso emperador sin ropas. Apenas los aprecian aquellos cuyas almas alguna vez vibraron con la magia de los cuentos para niños.