sábado, 1 de septiembre de 2012

CUENTO SEPTIEMBRE 2012

GATOS CALLEJEROS

Anafiotika es quizás el barrio más pintoresco de Atenas, tendido sigilosamente a los pies de la Acrópolis. Alberga dos pequeñas iglesias y ningún establecimiento comercial. Sus modestas viviendas mediterráneas -todas de un piso y todas de paredes blancas- permanecen encastradas en la ladera de la Colina Sagrada conformando más que calles, sinuosos callejones. Por ellos deambulan cientos de gatos que nadie sabe cómo llegaron. Yo sí lo sé.
Déjenme comenzar por decirles que en la Grecia de mediados del siglo XIX reinaba Otón I, un bávaro impopular que nunca quiso abrazar la fe ortodoxa y cuyas excentricidades las sustentaron los desmedidos impuestos de un gobierno siempre de espaldas al pueblo. Entre sus caprichos estuvo un palacio. Para ello, requirió de abundante y especializada mano de obra que por aquel entonces no existía en lo que alguna vez fue la gloriosa polis de Pericles.
Atraída por la oportunidad, arribó una muchedumbre de obreros proveniente de la Hélade entera. Una vez comenzada la construcción de tres niveles y sobrias líneas neoclásicas en la colina de Boubounistra, la parte más alta del oriente de la ciudad, los albañiles trajeron a sus familias. Fue el caso de los artesanos venidos de la isla de Afani y fundadores del barrio de Anafiotika.
Entre ellos, había uno que llegó solo. Aunque no era autóctono de Afani, sino de la contigua isla de Santorini, en la práctica era como los demás: oriundo de las Cícladas y descendiente directo de los minoicos. En el empobrecido sector ateniense lo identificaban como el gran maestro de la pumita, más conocida como piedra pómez, tan necesaria para alisar el mármol pentélico del nuevo hogar de los monarcas griegos. Era un hombre reservado y en extremo religioso. Si no estaba trabajando, se lo encontraba en la Iglesia de San Jorge de la Roca, erigida en el siglo XV y a cuyo alrededor floreció Anafiotika. Le encantaba colaborar con el pope, porque a diferencia de sus vecinos, él podía leer y escribir.
Durante los siete años de la edificación del Palacio Real, no se le vio hablar con otra persona, a menos que su oficio lo demandara. A los únicos que les dirigía la palabra eran a sus gatos, la única compañía que se permitía, todos de distintas razas: abisinio, angora, burmés, cartujo, korat, mau egipcio, persa, ragdoll, siberiano, sokoke, tokinés y van turco. Pero sus gatos no eran gatos sino gatas, y sumaban doce en consonancia con las nueve musas y las tres moiras.
Juntos desembarcaron en El Pireo -así lo pude confirmar en los polvorientos archivos portuarios- la tarde del domingo 29 de noviembre de 1835, pero él no vivía con ellas ni se encargaba de ellas. Cada noche, eso sí, se congregaban en su morada para cumplir con el ineluctable ritual de cepillarlas como si de ello dependiera la existencia de los trece, mientras disfrutaba de sus ronroneos. Con especial cariño se dedicaba a la burmés, a la más cariñosa, que respondía al nombre de Polimnia, la musa de la poesía sacra. De resto, los doce felinos subsistían como subsisten los gatos callejeros: de lo que sea. Y dado que su propietario era tenido en alta estima por Friedrich von Gaertner, el arquitecto bávaro de la Nueva Construcción, sus vecinos de Anafiotika -a los que no dio pie para murmuraciones- nunca cuestionaron su modus vivendi. Lo que desconocieron fueron sus alcances.
Desde muy pequeño en Thira, la capital de la isla de Santorini, donde nació y creció, se dio cuenta de que tenía un inefable don para los gatos. Con mirarlos, lo perseguían como los roedores al flautista de Hamelin. La excepción la constituían los gatos blancos, que no sólo rehuían su llamado, sino que lo evitan escondiéndose en los rincones más oscuros o escabulléndose por entre los tejados. Y puesto que él fue hijo único, su padre y sus tíos jamás se opusieron a que los gatos los acompañaran mientras trabajan en las canteras de pumita, cuando zarpaban a pescar mejillones y vieiras en el puerto de Oía o cuando realizaban las faenas del campo, entre los cultivos de trigo, cebada, olivos, higos y uvas.
Muy pronto, el niñito estableció que además de atraer a los gatos como un imán, éstos lo obedecían al pie de la letra. Con ordenarles que se fueran desaparecían en el acto o con señalarles un árbol se trepaban a su copa. Lo más sorprendente era verlos retozar juntos en el mar, como si en realidad fueran perros y no gatos. Pero desde aquellos días, él jamás vivió con ellos ni ellos dependieron de su alimento. La única contraprestación era el cepillado.
A la edad de once años, hizo el mayor de sus descubrimientos. En una apacible mañana primaveral, mientras reparaba una puerta, sostuvo las puntillas entre los dientes. Al finalizar el día, tres gatos arribaron con ejemplares similares. Entendió que con apenas morder un objeto y señalarlo, los felinos partían en su búsqueda y no regresaban hasta encontrarlo. Primero, por razones obvias, ensayó con lo que era su naturaleza: los roedores y las aves pequeñas. ¡No hubo pérdida! En seguida, intentó con las frutas. ¡Éxito total! Animado, se dedicó a los objetos del ingenio humano: una peineta, un anillo, una pipa, un pendiente, un estilógrafo. ¡Sin ningún problema! Por último, optó por el kuruş, la moneda otomana por entonces circulante en Grecia. Aquella noche, sin siquiera mover uno de sus dedos, reunió ocho piezas de plata. En adelante, ninguno de los gatos retornó con el hocico vacío u otro elemento no solicitado. Jamás disminuyó su atracción por el metal acuñado. Por supuesto, fue un secreto que él se llevó consigo a la tumba, que no quiso compartir con nadie.
De su padre aprendió la devoción y la piedad. Aunque éste fue un hombre humilde y analfabeto, lo llevó tres veces por semana a la Iglesia de Santa Irene, en el sur de la isla. A partir de su gran revelación gatuna, los felinos le fueron útiles para recolectar el dinero que destinaba en secreto a los más necesitados. Cada vez que acumulaba una cantidad sustancial, se las ingeniaba para dejarla a hurtadillas en la vivienda escogida con antelación, verbigracia la de una familia sin medios para sepultar a su muerto. Una vez asentado en Atenas, utilizó las doce gatas que trajo consigo -claro, ninguna de pelaje blanco- para seguir abasteciéndose de preciadas monedas, sin importar que ahora fueran de cobre para un décimo de dracma, de plata para cinco dracmas o de oro para veinte dracmas.
Al igual que en Santorini, la asistencia de los infortunados prosiguió siendo su objetivo principal, pero esta vez lo canalizó a través de los buenos oficios de la Iglesia de San Jorge de la Roca. La única vez que el pope pretendió saber de dónde provenían las donaciones, él se limitó a repetirle la respuesta de Abraham a su hijo Isaac en la tierra de Moriah: “Dios proveerá”. Y tal como en el pasado, sus doce gatas nunca le fallaron con los encargos en metálico, sin importar que fluyera la ardiente temporada estival o que reinara el frío inherente a febrero. Y así fue durante el tiempo que trabajó en la Gran Construcción. Pero faltando tres días para que ésta culminara, aconteció lo que nunca había acontecido.
Consciente de que otra etapa de su vida estaba por cerrarse, un mes antes se concentró con exclusividad en la recolección de monedas de oro: las de veinte dracmas. Esperaba, con ello, reunir la cantidad suficiente para no fallarle al pope con sus consuetudinarias donaciones mientras estuviese cesante. Fue entonces cuando una gata callejera blanca le trajo una fotografía.
Se trataba de la mujer más hermosa que él hubiera visto. Su gracia excedía con creces la de Atenea, cuyas marmóreas esculturas pululaban por la ciudad. El retrato -obtenido bajo la novedosa técnica del daguerrotipo- era en sepia y ella miraba fijamente al lente. La acompañaba un gran gato blanco, que él identificó como persa por su cara aplanada y el largo pelaje.
Lo primero que pudo concluir fue que aquella mujer no vivía en Anafiotika, puesto que nunca la había visto en el barrio. En segundo lugar, estableció que sería imposible determinar de dónde fue sustraída la fotografía: entendía que ponerse a perseguir a un gato callejero era una causa perdida. Por lo demás, desde que la ciudad pasó a ser la capital en 1834, su población se acercaba a los veinte mil habitantes y seguía en crecimiento. Por supuesto, existía la posibilidad que la mujer no residiera en la ciudad y hasta que ni fuera griega.
Una vez dejó de trabajar, el mes siguiente lo destinó a su búsqueda. Recorrió Atenas de norte a sur y de sur a norte e, incluso, preguntó por ella a los más avezados marineros de El Pireo. Pero nadie supo darle razón y si la conocían, se lo ocultaron. Impotente, tomó tres decisiones. La primera: si alguna vez él llegaba a casarse, sólo sería con ella. La segunda: no volvería a hacer uso de sus doce gatas. La tercera: tributaría a Dios el resto de su vida.
Tras despedirse del pope de la Iglesia de San Jorge de la Roca y llevarse su carta de recomendación, se desplazó al Monte Athos -en el norte del país y donde desde hace mil años se prohíbe el ingreso a las mujeres- para recogerse en el monasterio de Xiropotamos, fundado en el siglo X.
Desde su arribo, se convirtió en un devoto de la reliquia que el lugar resguarda: el mayor trozo existente de la cruz de Cristo. De resto, la contemplación -la bella práctica del silencio mental mediante la meditación y la oración- y la exégesis de las Escrituras coparon casi todos sus esfuerzos. El cuidado de los gatos del claustro ortodoxo fue su tercera preocupación. Sin apremios, se fue aprendiendo cada uno de sus nombres, todos de santos padres de la Iglesia Cristiana de Oriente como Hidulfo, Anfiloquio, Euquerio y Teodoreto. Apenas volvió a darle la cara al mundo exterior cincuenta y cuatro años después, esta vez dispuesto a pasar el resto de los días que le quedaran en la Santorini de su niñez.
Aprovechó el camino de retorno al mar Egeo para visitar Anafiotika por última vez. La única pertenencia que cargaba consigo era una vieja fotografía en sepia. Durante el tortuoso ascenso por el empinado barrio ateniense que él mismo ayudó a forjar, se topó con decenas de gatos callejeros que supuso descendían de sus doce gatas. A punto de coronar la cima que da contra la ladera septentrional de la Acrópolis, ahogado en su esfuerzo de octogenario, se cruzó con un hombre que bordeaba los sesenta años. A pesar del medio siglo transcurrido, éste lo reconoció como el gran maestro de la pumita por los setenta y ocho gatos que lo perseguían como si él fuera su único dueño. Como era de esperarse, los felinos blancos brillaban por su ausencia. Sin apremios, ambos evocaron los viejos tiempos y cual verdaderos viejos amigos se contaron las minucias de sus vidas.
Una vez en la popa de la embarcación que se preparaba para zarpar al sur, escrutó la bahía de El Pireo y divisó la silueta del Partenón. Sabía que no volvería a ver la Colina Sagrada. A su mente retornaron las palabras del hombre de Anafiotika: “La de la fotografía es mi tía”. Aún le costaba creer que la mujer que lo desveló por cinco décadas hubiera vivido en la casita contigua, dedicada a criar a su único sobrino e hijo único de su único hermano, sin nunca haber salido de la vivienda en donde murió hace tres años, a los setenta y nueve. Ni siquiera para asistir a misa en la Iglesia de San Jorge de la Roca.
Una lágrima terminó por escapársele. Era la primera lágrima desde los días de anacoreta en el Monte Athos. A sus ochenta y seis años le partía el alma comprobar que la verdadera vocación de su vida había sido ella y no Dios. De lo que no se percató, fue de la macilenta gata blanca de aires taimados que, sin ningún ronroneo, lo contemplaba socarronamente desde la baranda del puente de mando mientras se acicalaba con la lengua.