lunes, 21 de enero de 2013

CUENTO ENERO 2013


LOS LIBROS AJENOS

Digamos que las cosas empeoraron cuando un anodino funcionario público, llegado de Cali una tarde de miércoles, le comunicó a mi padre que en nombre de la Secretaría de Educación Departamental y a partir de la fecha, sus clases de Filosofía –de las que era el titular hacía veintidós años en la institución educativa de un corregimiento cercano– les serían supervisadas.

Así se inició para él un viacrucis que aquel día no alcanzó a dimensionar en su totalidad y mucho menos a intuir que el propio director de la escuela, considerado hasta entonces por todos como uno de sus mejores amigos, sería el encargado en persona de restringirle su libertad de cátedra, de retrasarle las mensualidades, de atiborrarlo de encargos ajenos a su asignatura, y de exigirle a diario y por escrito los reportes de todas sus clases.

¾Ese Arcadio es un malnacido –musitó mi madre cierta noche, mientras se refugiaba detrás del pocillo caliente.

¾Todo ha cambiado, mujer. Ahora son los tiempos del bambuco y la bala –replicó mi padre, que sabía hacía dónde iba ella.

¾Pues eso no cambia las cosas –alzó la voz mi madre.

Mi padre se quedó observándola en silencio mientras masticaba siete veces la última porción de pan con salchichón, como siempre lo hizo pacientemente con cada bocado suyo. Llevaba varias semanas de lucha consigo mismo para no dejarse provocar por mi madre. Entendía que pelear con ella era complacerlos a ellos. Que eso era lo que ellos querían que él hiciera.

¾Arcadio está cumpliendo con su trabajo –al fin respondió en un tono pausado, que le costó una dificultad enorme–. Él, al igual que yo, tiene que darle de comer a toda una familia –agregó mientras se levantaba del comedor para calificar el arrume de exámenes que lo esperaba. Pero en el fondo, él sabía que mi madre tenía la razón: que ese Arcadio era un malnacido.

En situaciones como aquella, yo procuraba refugiarme en el silencio, mimetizarme como un camaleón si me era posible. Sabía que no era el momento indicado para tomar partido. Aunque adoraba a mi madre y ella me idolatraba como el hijo único que yo era, me amarraba a mi padre una hermandad que rayaba en la complicidad. Nos identificaba algo que ella nunca entendería y que celaba como a la amante del macho de la casa: la Literatura.

Desde que yo tuve uso de razón, la presencia de un libro en las manos de mi padre fue una constante universal, como ver a mi madre con un delantal floreado ante la olla que hervía a fuego alegre. Siempre lo vi leyendo. De día o de noche, siempre lo vi leyendo. Que yo recuerde, no pasó un momento sin que mi padre, así fueran cinco minutos, abriera un ejemplar y tomara sus notas de rigor en el cuaderno de apuntes de turno. Porque es que a él nunca le llegó a faltar uno. Se puede decir que tuvo tantos cuadernos de apuntes como libros.

Mi padre no fue solamente la primera persona que me enseñó a leer, sino el responsable de que mis lecturas las haga entre líneas. La niña del jardín, de Eduardo Carranza, fue el poema que usó para enseñarme las vocales y luego enseñarme las consonantes y luego enseñarme los prodigios de sus permutaciones, que conforman las palabras que encierran al mundo entero.

Por eso, yo comprendía, como si me estuviera ocurriendo a mí, lo que le estaba ocurriendo a mi padre. Y lo admiraba en silencio, como se deben admirar las obras maestras. Sabía que no le resultaba fácil agachar la cabeza para soportar sin una querella las humillaciones a las que a diario lo estaban sometiendo en el trabajo por ser el único maestro liberal de su escuela.       

¾El asunto es bien sencillo –bufó sin mirarme una mañana de sábado, cuando me pidió que lo acompañara a Cartago para que le compráramos a mi madre su regalo de cumpleaños–. Ellos me quieren aburrir.

Por aquellos días, mi padre había comenzado a bajar de peso, pero continuaba con la vitalidad de siempre. Aún así, noté que su mirada no era la misma. Su destello ya no desbordaba la refulgencia desafiante del toro recién salido al ruedo que embiste lo que se pone por delante; más bien, ella reflejaba a la bestia estocada, cuyos ojos vidriosos procuran la querencia.

¾Lo que ellos pretenden es que yo renuncie prosiguió mi padre observando por la ventana del bus intermunicipal los fértiles campos que una maldita violencia sin rostro les estaba arrebatando sus cultivos que nunca habían dejado de crecer con la certeza de la reproducción de los conejos–. Ellos saben que no estaría bien visto que me echaran. Y yo no les voy a dar el gustico de irme –enfatizó con un golpe seco que resonó en el vidrio.

A pesar de las infaustas circunstancias que se vivían en el departamento, a cinco años del asesinato de El Caudillo en pleno centro de Bogotá, y tan similares a las del resto del país, mi padre estaba en lo correcto. No resultaba prudente despedir por caprichos al mejor maestro del Valle del Cauca, como llegó a aseverarlo en público el poeta Eduardo Carranza, su condiscípulo y amigo, con quien obtuvo en 1929 el título de Maestro de Escuela Elemental.

Pero la presión sobre mi padre fue aumentado de tal manera como fueron aumentando los muertos sin nombre, los no nomine, cuyos cuerpos sin vida, con la lengua afuera, sin penes y senos, eran tirados a los ríos chorreando sangre y lodo. Sin duda, el pan diario en las zonas rurales como la nuestra, y que en los corrillos les eran atribuidos a los Pájaros.

El acoso a mi padre había alcanzado el extremo de poder catalogársele como una ofensa personal. Sin embargo, él permaneció incólume, como permaneció incólume su dignidad de hombre bueno hasta el último de sus días. Nunca dejó de hacer lo único que había hecho correctamente durante veinticuatro años: enseñarles a los jóvenes más que sobre Filosofía, sobre la defensa de la dignidad humana y de los derechos fundamentales del hombre.

Quizás eso fue lo que le permitió soportar con estoicismo que un par de ineptos inspectores de Educación Primaria y Normal, ambos por supuesto burócratas de turno del Partido Conservador, le indicaran lo que debería hacer en sus clases. “Y, sobre todo, tenga mucho cuidado con Kierkegaard y Heidegger –le advirtió, levantándole el dedo, el más decrépito de los dos empleados estatales–. Nosotros le vamos a estar respirando en la nuca, sin descanso. No vaya a ser que de una de sus clases nos salga otro Gaitán, otro de esos hijos de puta dispuestos a poner patas arriba a este país”. Hasta que llegó el día que tenía que llegar. Hasta que se metieron con lo más sagrado que atesora cualquier bibliófilo.

Era un domingo lento, de finales de agosto, cuando tocaron a la puerta con vehemencia, como desde hacía varios años acostumbraban hacer en las noches para llevarse a los muertos del día siguiente. Pero en esa ocasión apenas iban a ser la tres de la tarde. Detrás de mi madre emergieron siete hombres: dos ataviados con traje oscuro y otros cinco con innegables aspectos de jornaleros del campo: ropas sudadas, manos encallecidas y uñas con mugre. Frente a la casa permaneció aparcado un pequeño camión Ford, de color verde oscuro. En la parte trasera ladraban sin cesar dos perros amarrados a las estacas.

No hubo necesidad de preguntar quiénes eran los dos primeros hombres. Sus modales atravesados, sus vestimentas negras y los bultos de sus armas, hablaron por ellos mismos. Traían consigo una ordenanza de la Alcaldía Municipal. En ella, se estipulaba que por la seguridad del orden público del pueblo, la biblioteca personal de mi padre quedaba confiscada. Nada más.

Apenas los ruegos de mi acongojada madre, que perseveró como si fuera en realidad el hijo suyo al que se estaban llevando para el servicio militar, lograron que uno de los dos hombres de negro se dignara a hablar más de la cuenta. Lo hizo de muy mala gana, a punto de que el camioncito verde partiera con la preciada carga de mil ochocientos ochenta y tres libros embalados en sucios guacales de Cerveza Poker: “¡Olvídense de ellos!”.

Aquella tarde dominical, mi padre no movió un dedo para impedirlo. Sabía que perdería su tiempo. Más bien, para sorpresa de todos, se dispuso a colaborarles a los cinco campesinos, con toda seguridad unos iletrados, que le estaban arrebatando uno a uno sus libros venerados para que al menos no se los siguieran empacando a las patas, como se empacan las panelas.

En el pueblo nunca fue un secreto que su biblioteca, pese a ser un profesor de Filosofía, no contuvo un solo libro de Filosofía y sí lo más granado de la literatura universal, sin importar que se tratase de novela, de ensayo, de teatro, de crítica o de poesía, la Divina Locura como él se refería a esta última para asegurarse de que fuera la máxima expresión de las Artes. Con el paso del tiempo, a mí me ocurrió lo mismo: mi biblioteca personal contiene sólo ejemplares de literatura. Pero fueron los libros dedicados a él los que se destacaron.

Mi padre llegó a poseer ejemplares firmados por los más connotados escritores del país, a quienes conoció en persona, muchos de ellos en el Café Victoria de Bogotá, gracias a los buenos oficios de Eduardo Carranza. No por capricho, su biblioteca personal la presidió siempre una gran fotografía en blanco y negro donde el poeta colombiano aparece en Isla Negra en compañía de Pablo Neruda y Nicolás Guillén. Los tres escritores latinoamericanos posan ante un velero a escala, otra de las aficiones del Nobel chileno.

Sin embargo, el tesoro de mi padre lo constituyeron seis libros que el mismo Eduardo Carranza obtuvo para él con la firma de sus autores. Los cinco primeros, en orden de adquisición, fueron: Canto general, de Pablo Neruda; Ficciones, de Jorge Luis Borges, Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez; La destrucción o el amor, de Vicente Aleixandre, y La familia de Pascual Duarte, de Camilo José Cela. El sexto, el ejemplar más apreciado, la Joya de la Corona de mi padre, era una publicación de María, impresa en 1878.

Esta edición, corregida por el propio Jorge Isaacs en Bogotá, cuando todavía era un congresista del Partido Conservador, y que contenía su firma, fue el último libro que Eduardo Carranza le regaló a mi padre antes de que el maestro viajara a España, donde residió por los próximos siete años, hasta 1958. Se lo dedicó de la siguiente manera: “Qué más loable amparo para la conciencia de un vallecaucano radical que la conciencia de otro vallecaucano radical”.

Pero fue mucho antes de que los siete hombres llegaran a llevarse sus libros, que mi padre sabía quién estaba detrás de todo. Se lo había granjeado como su peor enemigo cuatro años atrás, cuando, sin resquemores y a quemarropa, le dijo que la Iglesia había tergiversado a Aristóteles.

Por supuesto, aquella conducta  pagana –una no romántica y una no católica– debía ser castigada a como diera lugar en nombre de la gloria de Cristo Rey y de la Patria. Desde entonces, el párroco del pueblo lo tuvo entre ojos, y no desaprovechó oportunidad para cubrirlo de ignominia. En su campaña de desprestigio, lo llamó sacrílego, blasfemo y apóstata. Incluso, llegó, cual Sócrates, a acusarlo de corromper a la juventud con poesía erótica, en alusión a la obra de Jorge Gaitán Durán, que en efecto mi padre poseía y admiraba.

Pero los años pasaron y no pasó nada. Pese a los crecientes desmanes de los Chulavitas y de los Pájaros, mi padre prosiguió paseándose campantemente frente a las narices del párroco del pueblo como Pedro por su casa, con las páginas rojas del El Relator bajo el sobaco. Sólo con el segundo mandato de los godos –como él se refería a sus detractores–, que suspendió las Cortes y restringió las libertades civiles, fue que se dieron las condiciones para que se le volteara la torta. Entonces, el párroco del pueblo volvió a sonreír de oreja a oreja. Las añoradas épocas de gloria del general Rafael Reyes estaban de regreso.

Inclusive, por injerencias de la Arquidiócesis de Cali y de los mandamases del Directorio Nacional Conservador, unos pocos meses después el párroco del pueblo fue nombrado Censor de la Iglesia Católica para el suroccidente colombiano. En adelante, cualquier confiscación de material impreso por parte de las autoridades en los departamentos de Putumayo, Nariño, Cauca y Valle del Cauca, pasaría por sus manos para someterla al Índice.

Con semejante potestad entre sus manos, la suerte de mi padre quedó sellada. Sería cuestión de tiempo para que no sólo se lo tildara de cachiporro, como hacía años lo identificaban los más contumaces, sino para que se lo calificara de mamerto y quedara a discreción de los Pájaros, en tiempos cuando en la homilía matar a un liberal era considerado un pecado venial.

Mi padre había comenzado a sospechar del párroco del pueblo desde el preciso momento en que lo conoció, en febrero de 1947. Éste provenía de otro municipio, uno mucho más populoso en el centro del departamento, donde los suyos conformaban un clan de acomodados hacendados, todos de reconocida filiación conservadora y posturas radicales. Se había formado como presbítero en el Seminario Mayor de Bogotá y encarnaba el orgullo colonial de contar en la familia con un hombre de la Iglesia, máxime si llegaba a obispo.

Y no fue porque mi padre les profesara manifiesta aversión a los militares, a los políticos y a los religiosos, ni porque mi abuelo le hubiese enseñado de muy pequeño que no hay godo bueno, que desde el principio él no pudo llevarse bien con el nuevo párroco del pueblo. Más bien, fue la denodada memoria literaria de éste la que terminó por encenderle las alarmas. Pero de manera concreta, resultó ser su transpiración la que lo delató en el púlpito.

Cada vez que el párroco del pueblo advertía en sus sermones sobre la rampante inmoralidad en las Bellas Artes, según él debido a la laxitud de los principios cristianos, en el caso específico de la Literatura lo hacía no sólo con una sorprendente exactitud y unos conocimientos abrumadores, sino que su modulación cambiaba, su rostro se transfiguraba y su mirada se humedecía, como si hubiera entrado en un trance del que apenas podría extraerlo la propia misericordia de Dios. Unos instantes antes era que le afloraba el sudor en la frente y se le manifestaba como inmaculadas gotitas de rocío al amanecer.

En esos momentos, el párroco del pueblo dejaba de ser el párroco del pueblo y se convertía en otro ser humano, uno elevado que ejemplificaba sus graves denuncias recitando de pura memoria, con una gracia infinita, pasajes literarios que sólo podrían ser reconocidos por un experto consumado, por un inteligente estudioso del antiguo oficio de Homero, que llevaba décadas ejerciéndolo. Por sus labios, para sólo citar a la poesía española, fluían sin yerros estrofas seleccionadas sabiamente de Góngora, de Espronceda, de Samaniego y de Gracián.

Pero cuando mi padre intentó saber en dónde había adquirido tales destrezas y cómo es que él había logrado dichos discernimientos, el párroco de pueblo se limitó a responderle que eran sus recuerdos del colegio y el seminario. “Pues esa mierda no se la traga ni su propia madre”, me dijo mi madre que le había espetado mi padre, cegado por el encono. Y cuando intentó saberlo por segunda ocasión, recibió como respuesta, esta vez acompañada de una sonrisita socarrona, que el párroco del pueblo gozaba de la memoria eidética del general Gaulle.

Desde entonces, mi padre se empeñó en desenmascararlo a como diera lugar, hasta que diera con la verdad refundida en el corazón de las mentiras. Porque para él, mentir no era únicamente decir lo que no es, sino decir más de lo que es. Y en eso se les fueron sus últimos años de vida.

Pero dado que mi padre resultó ser un espíritu sensible, uno de esos seres que aman con la cabeza y sueñan con el corazón, jamás logró descifrar las implacables fuerzas que le tocó afrontar. Tampoco el tiempo le dio una espera, como nunca se la da a los más desamparados.

Por ello, a pesar de sus influencias –fueran ellas pocas o fueran ellas muchas–, nada se pudo averiguar sobre la suerte final de sus libros confinados al espíritu inquisitorial del párroco del pueblo. La tarea para todos los que lo intentaron resultó tan estéril como ponerse a develar los secretos ocultos en un texto de alquimia. La tierra se había tragado su biblioteca personal.

“Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, le respondió jocosamente el alcalde del pueblo cuando por fin éste le dio la regalada gana de atenderlo en su despacho de marioneta de turno. “Usted entenderá que existen urgencias ulteriores que la desaparición de unos libros, como por ejemplo, la desaparición de unas personas; no lo cree así, doctor”, aseveró el gobernador ante la intervención en Cali de Carlos Villafañe, otro de los literatos conocidos por mi padre, cuando el octogenario poeta nacido en Roldanillo visitó el Palacio Departamental de la calle diez con carrera séptima. “Por supuesto que haremos todo lo que esté a nuestro alcance, mi estimado Maestro. Faltaba más. Puede usted quedarse tranquilo”, le aseguró el Ministro de Educación Nacional a Eduardo Carranza cuando éste lo llamó expresamente desde España, donde ocupaba el cargo de Consejero Cultural de la Embajada de Colombia. Pero nadie hizo nada.

Y nada cambió hasta el amanecer de un martes, cuando el pueblo se despertó por el alboroto del redoble de las campanas de la iglesia en la plaza principal. Tañían con total desesperación, como si los godos, soportados en la oscuridad, le hubieran echado candela al pueblo entero. Parecía una avalancha, pero de puros ecos. “Que yo recuerde –aclaró mi madre mientras se aferraba a mí y a su rosario de cuentas negras–, yo apenas las había oído resonar así en dos ocasiones: cuando murieron los papas Benedicto XV y Pío XI”.

Al asomarnos a la ventana, todo el mundo corría hacia un lote baldío ubicado en las afueras, contiguo a la pequeña estación del Ferrocarril del Pacífico constituida por un edificio blanco de dos pisos. Apenas iban a ser la tres de la madrugada. Antes de que llegáramos, vimos parqueados en la calle tres carros azules sin placas. Su mera presencia helaba la sangre.

Entre la penumbra, en mitad del terreno sin dueño, distinguimos una elevada pila conformada por libros. Se trataban de encuadernaciones de todas las clases y condiciones, que alcanzaban los tres metros de altura. A su lado, y junto a dos bidones de combustible, como una estatua pedestre de tamaño natural permanecía apostado el párroco del pueblo. Portaba una antorcha sin encender y una sonrisa eterna, que nunca le habíamos conocido.

Lo resguardaban nueve hombres vestidos de negro y con el escapulario de la Virgen del Carmen colgada en el pecho. Todos ellos dispuestos a librar una cruzada más, cuales nueve monjes-guerreros contemporáneos. Cinco cargaban antorchas encendidas y el resto refrenaba a cuatro perros, que le ladraban a una muchedumbre cada vez más excitada por la proximidad del clímax. Sus miradas amenazadoras no dejaban de escrutar a los curiosos.

Entre los nueve hombres de negro, identificamos a los dos esbirros que tres meses atrás fueron una tarde de domingo hasta nuestra casa por la biblioteca personal de mi padre. Y aunque todo el mundo los había visto sentados en la misa de seis, nadie osaba acercárseles.

La gente prefería permanecer en la distancia, sólo pendiente del espectáculo de alborada. Intuía que entre esos hombres de semblantes deshumanizados podrían encontrarse Chispas, Tarzán, Veneno, Saltán, Chimbilá, Lamparilla, Desquite, Capitán o Sangrenegra, tan temidos por sus disecciones del Corte de Corbata y el Corte de Franela. Además, no había necesidad de que fueran interpelados. Todos los presentes sabían de qué se trataba el asunto.

Así como era de dominio público que mi padre poseía una completa biblioteca de literatura universal, y que ésta le fue confiscada por una ordenanza de la Alcaldía Municipal, también era de conocimiento general su vieja enemistad de hacía varios años con el párroco del pueblo.

Mucho menos hubo necesidad de que éste hablara, ni hiciera alusión directa a su investidura de censor oficial. Bastó con su mirada de hielo sobre mi padre y la presencia silente de la pila de libros a su lado, para que en el aire de la madrugada quedaran suspendidas la transgresión cometida y la sanción impuesta. En sus ojos se podía leer con toda claridad la amargura porque un liberal no fuera sancionado en plena hegemonía conservadora.

Al igual que en la tarde del domingo, mi padre no opuso resistencia. Sabía que nadie más lo apoyaría. Comprendía que todos seguían embelesados por el desenlace de los acontecimientos, apenas pendientes del final, como alguna vez lo estuvieron en la Edad Media las multitudes que gustosas presenciaban las quemas públicas de brujas y herejes por parte de la Inquisición.

Así que se limitó a observar impertérrito cómo el párroco del pueblo, ataviado como si estuviera a punto de encabezar una de las procesiones de Semana Santa, encendió el fuego a la elevada pila de libros después de que dos de los hombres de negro la rociaron con kerosene.

Primero, ella ardió con cierta desidia, quizás brindándole a mi padre el tiempo oportuno para que él recapacitara, para luego convertirse en una llamarada elevada y abrasadora, de una hermosura apenas comparable con la manifestación de un ángel en mitad del desierto.

De ella se fueron desprendiéndose pavesas que el viento del valle se encargó de llevarlas al cielo, igual que mariposas negras. “Es como el miércoles 10 de mayo de 1933 en la Opernplatz de Berlín”, susurró mi padre, sin que mi madre y yo entendiéramos de qué nos hablaba.

Aquel amanecer fue la última vez que yo lo vi en pie. Al regresar a casa, cuando el día comenzaba a regalarnos sus primeras pinceladas, se echó en la cama para no volver a levantarse. Había vislumbrado perdidos para siempre los libros que le dieron la paz, la misma que la vida no le pudo dar.

Desde entonces, empezó a adelgazarse. Su salud se fue deteriorando a pesar de que él mismo nos aseguró que apenas una parte de los libros quemados eran los de su biblioteca personal, y que entre ellos, estaba convencido, no se encontraban sus libros venerados: los ejemplares firmados por Neruda, Borges, Jiménez, Aleixandre y Cela, y el libro con la rúbrica de Isaacs.

Yo sabía que sus pesquisas sobre el párroco de pueblo no lo habían llevado lejos, y eso que contó con la complicidad de su hermana mayor, mi tía Inés. Ella era una devota solterona que vivía con mi tía Fátima, la menor de los tres hermanos, a cuatro cuadras de la plaza principal. Y aunque en un principio mi tía Inés no estuvo de acuerdo, pudo más su adoración por él.

Gracias a su estrecha relación desde muy joven con la parroquia –siempre colaborando con el trabajo social: bazares, grupos de apoyo a ancianos, novenas, visitas a los enfermos, talleres de todo tipo, voluntariados–, lo primero que ambos pudieron comprobar fue que el párroco del pueblo no resguardaba en la sacristía nada diferente a la indumentaria sacerdotal, los implementos de la misa y los registros parroquiales. En cuanto a la casa cural, éste apenas poseía la biblioteca de cualquier sacerdote que leyese un poco más de la cuenta: teología sacramental, historia de la Iglesia, cristología, hermenéutica, catequesis, eclesiología, liturgia, ética, hagiografía, patrología y derecho canónico.

Por lo demás, mi padre no encontró nada anormal en su rutina de cura párroco de otro pueblo del norte del Valle del Cauca. Nada de reuniones secretas, nada de viajes sin justificación o nada de horarios nocturnos extendidos o a deshoras. Lo único que lo diferenció de sus insustanciales antecesores, a parte de su cargo oficial de censor de la Iglesia Católica, fueron las donaciones en especie que recibía sin falta cada semana. Y en esto hay que ser justos y reconocer que él las utilizó pródigamente entre los más necesitados de su feligresía.

Dichas donaciones provenían de su familia y de las familias amigas de su familia, por igual potentados finqueros de la región. Ellas arribaban a la parroquia los jueves, en punto de las nueve de la mañana. Las traía un camioncito rojo cargado con cajas y costales de panela, yuca, café, huevos, leche, azúcar, mazorca, arroz, harina, fríjol y lentejas. También llegaban frutas. Lo que mi padre nunca previó fue que detrás del Bien se podía agazapar el Mal.

Ante su delicada condición de salud, me vi forzado a los trece años a hacer parte de una situación de la que yo apenas había sido testigo. Por supuesto, a mí también me había afectado la quema pública de los libros, que partió la historia del pueblo en dos. Me sentía igualmente responsable de su preservación. Al fin y al cabo, desde niño usufructué la biblioteca personal de mi padre, y ella estaba destinada a ser mía como el hijo único.

Yo tenía muy claro que el párroco del pueblo era el único responsable de todo. Sabía que mi padre sospechaba que desde su nombramiento como censor oficial, éste se estaba apropiando de muchos de los libros confiscados en los cinco departamentos del suroccidente colombiano y que resguardaban en la casona de la alcaldía municipal en espera de que pasaran por su lente censor. Mi dilema era el mismo al que se enfrentó mi padre: cómo demostrarlo.

Lo primero que se me vino a la cabeza fue asegurarme en persona de que en el conjunto parroquial no existieran lugares secretos: digamos, por ejemplo, un sótano, una buhardilla, un ático, un cuarto falso, una pared doble. No hay en los pueblos un lugar menos vigilado y más desprotegido que su iglesia, así quede en la plaza principal o al frente de la estación de policía.

A partir de mi tercer cumpleaños, con mi padre siempre cumplimos un ritual que sólo se vio interrumpido por el cambio de cura párroco: subir a la torre de la iglesia para echar al vuelo un avioncito de papel, que por encima de la plaza principal llevara muy lejos uno de mis deseos. No sé si mi padre alguna vez lo supo, pero siempre el deseo fue el mismo: que él nunca llegara a faltarme. Así que desde niño yo conocía al dedillo cómo acceder al campanario y en qué rincón ocultarme hasta que cerraran después de la misa de seis.

Aproveché el día que mi madre se fue a rezarle al Señor de los Milagros por la salud de mi padre y se quedó en Buga, donde una prima hermana suya. Esa tarde, le dije a mi padre que yo me iba a quedar estudiando en la casa de mi mejor amigo, ubicada al otro lado del pueblo. En aquellos tiempos, atreverse a caminar de noche o seguir bebiendo en las ventas callejeras hasta altas horas y no encerrarse con llave desde que reinara la oscuridad, era cometer el más vulgar de los suicidios. Todos sabían que la vida no podía continuar siendo la vida de siempre, y que lo mejor era escaparse de uno mismo para sobrevivir.

Por mi parte, yo entendía que mi madre, con toda razón, me jalaría las orejas por haber dejado a mi padre solo. Pero era la única oportunidad que tenía, y no estaba dispuesto a desperdiciarla.

El silencio imperante me estremeció. Podía escuchar mis latidos como por entre un estetoscopio. Pero lo más desconcertante fue ir descubriendo en la oscuridad las esculturas que engalanaban las capillas y el coro. Con el chorro de luz de la linternita perdían su santidad para adquirir un aspecto opresivo. Parecían cobrar vida cuando sus ojos muertos eran iluminados.

Recorrí sin resultados la nave, el presbiterio y el altar mayor, para buscarles falsos inesperados: un hueco debajo de las bancas o un discreto vacío tras el ábside. No tuve problemas para revisar la sacristía y el despacho parroquial, pero me fue imposible acceder a la casa cural. La puerta de comunicación con la iglesia permanecía clausurada. Lo único que se percibía al otro lado del angosto pasillo era el radio a todo volumen con La Voz Católica.

Aún así, no me quedé intranquilo. Desde muy pequeño yo conocía aquellos modestos aposentos privados, que se limitaban a una habitación principal, un baño, una cocineta, un lavadero y otra habitación, que, según los datos filtrados por mi tía Inés, era donde estaban resguardando las donaciones en especie. Así que sólo me quedó por sospechar de estas últimas.

El siguiente jueves logré escaparme de la escuela para observar desde la plaza principal cómo las descargaban, en punto de las nueve, del camioncito rojo que se estacionaba al costado del despacho parroquial. En realidad, nunca vi nada inusual mientras me tomaba dos kolas Boliche. Por supuesto yo, el estudiante ejemplar que siempre fui, ese día recibí una merecida sanción disciplinaria, cuyo informe hizo que mi madre llorara de rabia por un día.

La semana que siguió no pude inventarme nada, cosa que casi me mata de la ansiedad: no logré comer bien y no logré dormir bien. Por fortuna, el martes de la semana que sobrevino ocurrió algo proverbial.

Antes de que amaneciera, comenzó a llover de tal manera que la creciente del río que surtía el acueducto del pueblo estropeó la bocatoma. El incidente se esperaba que apenas fuera superado por la Sección Especial de Acueductos del Ministerio de Obras Públicas hacia el domingo, en las horas de la tarde. Como era lo indicado, las clases se suspendieron por el resto de la semana para prevenir un mayor problema de salud pública. Yo era libre como el viento.

Ante la magnitud de la emergencia, las autoridades municipales permanecieron atareadas de reunión en reunión, por lo que el párroco del pueblo les encomendó a sus dos acólitos, unos jóvenes de dieciséis años, la recepción de las donaciones en especie. Ese jueves, no dudé un segundo en ofrecerme para ayudar a descargar el camioncito rojo marca DeSoto. Lo hice con un gesto tan desprendido, que nadie sospechó de mis intenciones.

Lo único que llamó mi atención fue un baúl antiguo. Desentonaba abiertamente con el resto de la carga. Yo ya lo había visto desde la distancia dos semanas atrás. Era de madera oscura, con herrajes de bronce. Lo resguardaba un candado grande, de esos de hierro forjado que durante la Colonia fueron más conocidos como Orejas de Oso. En el frente tenía marcadas en letras góticas negras las iniciales MMJV, que supuse fueron las del primer dueño.

A simple vista, se notaba que su contenido no resultaba nada liviano. Y al igual que la vez pasada, el esfuerzo realizado por los dos hombres para cargarlo resultó mayúsculo, como el que se requiere para cargar a los muertos hasta el cementerio, ubicado en las afueras del pueblo.

Me sorprendió que fue lo único que ingresaron a la habitación principal de la casa cural. Tras de sí, por un tiempo, desapareció a puerta cerrada uno de los dos acólitos. Y tal como aconteció el jueves antepasado, el baúl antiguo fue lo único que retornó al camioncito rojo con el mismo esfuerzo de los dos hombres. Así que no me quedó más opción que irme con él.

El único destino posible era la hacienda de la familia del párroco del pueblo. Todo el mundo en el pueblo sabía que el camión de las donaciones pertenecía a ese lugar. Allá tenía que estar lo que yo buscaba.

Me bajé, o más bien me tiré, cuando el vehículo traspasó un portón de madera con un letrero en mayúsculas que decía LOMAS DE MONTEMIRAR. A los lados de la estrecha vía sin pavimentar había extensos cultivos de naranja. El vehículo prosiguió al fondo, en dirección del piedemonte.

Lo seguí cautelosamente por entre los árboles frutales, hasta que se detuvo cerca de la casa principal. Lo único que yo temía en esos momentos era a la presencia de perros bravos, como los cuatro perros de los hombres vestidos de negro dispuestos a acabar con los chusmeros liberales en la madrugada de la quema de los libros. Más que ellos llegaran a delatar mi presencia, lo que me aterrorizaba en extremo era que me fueran a despedazar a dentelladas.

Desde lejos, alcancé a ver que los dos hombres descargaron el baúl antiguo y lo llevaron a la parte posterior, a un galpón de madera, con techos altos y estructura rectangular. Luego, sin afanarse, condujeron el vehículo hacia la zona de producción, donde están las vacas lecheras, los pollos de engorde y las marraneras, además de las instalaciones para el procesamiento del maíz, la soya y las frutas. Muy cerca quedaban también las caballerizas.

Permanecí recostado a la sombra de los naranjos. No estaba seguro de qué debía hacer. Sentía sed y tenía hambre. Además, desconocía qué hora era. Intuía que podrían ser cerca de las dos de la tarde: el sol golpeaba aún con fuerza y no corría la brisa. Tampoco sabía dónde estaba. Lo único que tenía claro era que me encontraba al otro lado del valle, cerca de la otra cordillera. En algún punto del viaje, el camioncito rojo había cruzado un puente sobre el río Cauca. Apenas se me ocurrió consumir algunas naranjas. Me supieron a gloria.

En vista de que nadie apareció, al cabo corrí hacia el galpón. Sabía que los dos hombres lo habían dejado sin llave. Al ingresar, me golpeó una ola de calor que hizo detenerme. La temperatura era como la de los baños turcos. El lugar carecía de ventanas y contaba con una entrada. En un costado vi el baúl antiguo. Continuaba cerrado con su candado colonial.

Lo que encontré en el galpón fue lo que yo esperaba encontrar: libros. Lo que me abrumó fue su cantidad. Nunca había visto tantos libros en un mismo lugar. Todos reposaban sobre mesas de madera, del tamaño de las mesas de billar, pero menos altas. Conté veinticuatro, seis por cada fila.

Por ninguna parte vi una silla. El mensaje estaba muy claro: aquel lugar no era una biblioteca, era una bodega. A mí, más bien me pareció un cementerio de libros sin dolientes. Al fin y al cabo, mi padre me había inculcado con todo el cariñó del mundo que los libros crecen y que, tal como acontece con nosotros los seres vivos, ellos envejecen y mueren.

A los libros los identificaban unos cartones, donde quedaban especificados, de manera invariable, ocho datos: mesa, pila, departamento, ciudad, dirección, nombre, cantidad y fecha. La mayoría de las pilas alcanzaba los cincuenta ejemplares. Conté al menos treinta y cinco pilas por mesa.

Eso me llevó a estimar a vuelo de pájaro la existencia de al menos unos quince mil libros, teniendo en cuenta que apenas eran nueve las mesas ocupadas. Supuse que se trataban de los libros confiscados en tres años por el párroco del pueblo en su excelsa condición de censor oficial. De igual modo, me quedó despejado el contenido del baúl antiguo: libros.

Permanecí admirando lo que veía, pero sin atreverme a tocar nada. El miedo me advertía que no lo hiciera por nada del mundo. Además, me sentía agobiado. El calor me asfixiaba. Aún así, se me ocurrió lo más obvio: ponerme a buscar los libros de la biblioteca personal de mi padre.

No me resultó complicado. Su clasificación era cronológica. El primer grupo de libros estaba catalogado bajo el miércoles 18 de octubre de 1950, por la época en que el párroco del pueblo estrenó su dignidad censora. Cuando encontré los libros de mi padre, quedé deslumbrado. Ahí estaba la fecha maldita: domingo 30 de agosto de 1953. Pero apenas eran setenta y ocho.

Sólo setenta y ocho libros de los mil ochocientos ochenta y tres libros que compusieron su biblioteca personal. Revisé con detenimiento y en dos ocasiones cada título. Conclusión: aquellos libros no eran todos los libros confiscados. Por supuesto, no estaban los libros firmados para él.

Desconcertado, se senté en el piso. Mi padre había tenido razón: el párroco de pueblo era un vulgar ladrón de los libros ajenos. Muchos años después, se filtró que la mayor parte de los ejemplares decomisados fueron a alimentar las bibliotecas de los trece seminarios mayores del país.

Por primera vez, me sentí extenuado. El sopor me envolvía como una toalla incandescente. Cerré los ojos y me recosté bocarriba. Pensé en mi padre. En cuánto yo lo adoraba. En seguida, pensé en mi madre. En el intenso dolor que le debía estar causando mi injustificada ausencia.

El sonido de varios vehículos me hizo levantar. Estuve tentado a llevarme uno de los libros de mi padre. Sería la prueba reina de mi hazaña. Pero el recuerdo de las volquetas cargadas con los muertos sin nombre me lo impidió. Apenas tuve tiempo de refugiarme entre los naranjales. Sólo cuando sobrevino la oscuridad, abandoné los predios de Lomas de Montemirar.

Una vez apostado en la carretera, decidí atrincherarme en una hondonada. Yo tenía muy claro que las noches les pertenecían a los homicidas. Con el alba, comencé a moverme hacia donde me susurró el instinto. En el caserío más cercano supe dónde estaba y lo mucho que me quedaba por caminar. Pero sentía que yo tenía el deber de sobrevivir, porque la violencia no era solamente la historia de los muertos. También la violencia era la historia de los vivos.

Llegué al pueblo para encontrarme de frente con un entierro. El de mi padre. En una noche la pena se lo había llevado. Entre lágrimas, al fin a solas, mi madre me contó que sus últimas palabras fueron las de la última estrofa de La niña de los jardines, el poema de Eduardo Carranza en el que aprendí mis primeras letras y junto al que yo intenté dibujar a los cuatro años lo que canta el texto en verso: Sabes el alfabeto rosado de las rosas, / tu corazón columpia todas las mariposas / y cantan como pájaros en tu hombro los días.

A esas alturas, a mi padre ya no lo desvelaba ni la muerte. Hubiera sido algo inconsecuente con él mismo. Lo que sí lo desveló hasta el último momento, aunque él entendiera que la violencia era la única forma de participación de los pobres, fue que se le hubiese perdido el respeto a la muerte.

Han pasado sesenta y un años desde que vendimos a precio de huevo nuestra casa esquinera con todo adentro, antes de que de pronto nos la llegaran a quemar por cachiporros. Aferrada a mí y a su rosario de cuentas negras, los únicos bienes que mi madre decía que tenía en la vida, abandonamos el pueblo para venirnos a Cali. Sólo regresamos para visitar la tumba de mi padre en su décimo aniversario. Por entonces, los Pájaros ya no sobrevolaban el lugar.

Ahora sonrío. Y no es que me resulte un logro pequeño sonreír. Pero lo hago con la satisfacción que brinda el deber cumplido. Con la complacencia de al menos haber redimido a mi padre cuando a mis trece años comprobé la hipótesis que él sostuvo: que detrás de todo censor hay un hipócrita.